Las raíces del conflicto

El reconocimiento de Palestina como Estado, aunque simbólico, permite abrir oportunidades para negociar la paz.

El pueblo judío fue discriminado por milenios, especialmente por los cristianos europeos. La discriminación que padeció en Europa hizo que desde finales del siglo XIX muchos judíos buscaran crear su propio estado en Palestina. La horrible persecución padecida durante el dominio Nazi alemán fue el detonante para esa creación, producto del justificado temor judío y del complejo de culpa europeo.

Sin embargo, no era un pueblo homogéneo. Las divisiones entre sefardíes y asquenazíes y entre ortodoxos, conservadores y reformados con respecto a la religión y su papel en la sociedad eran grandes pero no rompían el espíritu de cuerpo. Pero desde su perspectiva, tenían todos los derechos a esa tierra, justificados por las escrituras antiguas.

Los palestinos eran un conjunto de grupos de diversas religiones con estructuras políticas arcaicas, sin mucha tecnología y capital, que habían sido colonia otomana desde 1517 hasta 1917 y que al terminar la primera guerra mundial se convirtieron en protectorado inglés. Este conjunto de “tribus” o clanes no tenía la organización política, la cultura cívica, los recursos, y las conexiones con los centros del poder mundial para enfrentar una invasión de desplazados europeos modernos y negociar un acuerdo razonable. Desde su perspectiva, al terminar la Segunda Guerra Mundial iban a dejar de ser colonia, pero tuvieron que enfrentar a otros colonos que, estos sí, llegaron a crear un Estado.

El conflicto que surgió entre los dos pueblos es un ejemplo clásico de un choque cultural entre dos víctimas en el que ambas partes tienen fuertes argumentos que los convencen de la justicia de sus posiciones. Además, el atraso e incompetencia palestinos y el poder de los judíos, acompañado de su temor generado por la horrible experiencia del Holocausto, han generado durante 63 años una enorme cantidad de agravios en ambas partes que han llevado a una profunda desconfianza mutua y a la suscripción de una serie de acuerdos parciales que, en opinión de ambas partes, han sido objeto de incumplimientos.

Entre tanto, la estrategia israelí ha sido la de “crear hechos”: han conformado posiblemente una de las fuerzas armadas y de seguridad más eficientes del mundo, se han apropiado con serios visos de ilegalidad de una gran porción del territorio, controlan las fuentes de agua, limitan la movilidad de los palestinos, etc. La estrategia palestina es la de un pueblo humillado, frustrado, que busca tener dignidad. Sus ataques a Israel han generado pocas víctimas, pero el valor de cada una es enorme a juzgar por los recursos que Israel está dispuesto a utilizar para que no haya ninguna.

Después de 63 años de la creación de Israel, y de una guerra fría intolerable para ambos bandos, la polarización es muy fuerte y la solución ideal para cada contendor es que el otro desapareciera como por arte de magia. Por ejemplo, muchos israelitas están convencidos de que la meta de Hamás es recrear el antiguo Califato de Jerusalén, mientras que muchos palestinos están convencidos de que la meta israelí es desplazarlos y apoderarse de la Rivera Occidental y de la Franja de Gaza.

El desafío actual es el de lograr que los dos grupos convivan civilizadamente. La evidencia indica que la solución no vendrá desde adentro, porque políticamente los líderes tanto israelitas como palestinos están atrapados por la necesidad de tener el apoyo de las extremas políticas que se oponen a una conciliación con enemigos irreconciliables. En Estados Unidos, el presidente Barack Obama también está atrapado porque el anacrónico sistema electoral le requiere ganar la elección en Nueva York, Florida y California, estados en los que los judíos pueden determinar el resultado, y porque el estamento militar y las grandes industrias y el sector financiero tienen una fuerte afinidad con Israel.

Hoy, lo que más le conviene al mundo y a los Estados Unidos es un Estado palestino democrático que conviva con Israel. El reconocimiento de Palestina como Estado, aunque simbólico, permite abrir oportunidades para negociar globalmente la elusiva paz en Oriente Medio.

Las negociaciones bilaterales o trilaterales, incluyendo a Washington, no han avanzado durante mucho tiempo. El debilitamiento de EE.UU. y la Primavera Árabe requieren un enfoque más amplio, en el que Naciones Unidas, la madre de Israel, desempeñe un papel más activo. Esto no resolvería en el corto plazo todos los problemas de la región, pero por lo menos permitiría que se abriera una esperanza para salir del pantano y frustración actual.

Desde la perspectiva colombiana, el reconocimiento de Palestina sería consistente con la política seguida desde los años cuarenta y con el espíritu inclusivo de la Constitución del país. La pregunta entonces sería: ¿Hay intereses coyunturales que justifiquen oponerse a la creación del Estado palestino? Sin ser parte del alto Gobierno no es posible conocer los acuerdos de caballeros que se hayan hecho y que justifiquen esa posición. Por ejemplo, ¿será el rechazo al Estado palestino útil para la aprobación del TLC con los Estados Unidos?

* Columnista de razonpublica.com

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