Las razones sin razón del voto en EE. UU.

Factores como la ira, el miedo, la ansiedad y el conformismo están moviendo a los votantes en el duelo entre Hillary Clinton y Donald Trump por llegar a la casa Blanca, el próximo 8 de noviembre en una de las elecciones más atípicas en la historia de ese país.

Un hombre vestido de Hillary Clinton interactúa con seguidores de Donald Trump en Toledo, Ohio.
Un hombre vestido de Hillary Clinton interactúa con seguidores de Donald Trump en Toledo, Ohio.AFP

En sus discursos, Donald Trump suele eludir los detalles sobre su programa de gobierno y, en cambio, una tras otra, arroja frases que carecen de sustento, pero tienen una terca obsesión por las emociones. Trump no quiere que sus votantes piensen: quiere que sientan. Que se enardezcan. Que se aterren. Que sepan qué les espera. Su deseo más conspicuo es forjar un infierno virtual y que sus votantes sean los habitantes desesperados de esas tierras imaginadas. “Estados Unidos está siendo destruido pieza a pieza -dijo-, subastado rápidamente al más alto postor. Estamos quebrados, estamos quebrados”. Trump ha enseñado que la política es la capacidad de regular el apocalipsis en beneficio propio. (Vea acá el especial ELECCIONES EN ESTADOS UNIDOS 2016)

Desde las filas republicanas, Trump ha reconocido —como Stalin o Hitler, como Bush o como Uribe, como Mao— que el miedo es a la política como el caparazón a una tortuga: no sólo la protege, sino que se troca en una morada duradera en tiempos adversos. Miedo, castigo, conformidad, ansiedad, arrepentimiento, rabia y carisma: siete razones por las que los votantes votan por quienes votan. Tanto Trump como Clinton lo saben. Justin Holmes, profesor de ciencia política en la Universidad del Norte, de Iowa, dice: “El miedo y la ansiedad son sin duda parte de la historia. De manera objetiva, las cosas no van tan mal ahora, pero la gente está preocupada y en la política lo que importa es lo que la gente piensa, incluso si es inexacto”.

De modo que cuando Trump dice que “(los mexicanos) están trayendo drogas, están trayendo crimen, son violadores, aunque asumo que algunos de ellos son buenas personas”, su propósito es persuadir, no convencer. “Trump está jugando con (y exagerando) algunos miedos de los votantes —dice Holmes—: el crimen (que de hecho es históricamente bajo), el terrorismo y la migración. En general, hay una parte de la población que ve a Estados Unidos en declive, y por eso el lema de Trump, “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo, tiene un fuerte atractivo”. Los votantes, entonces, se ven enfrentados a tomar una decisión al borde del abismo, puesto que todo miedo se basa en el futuro: esto pasará si no votan por mí.

¿A qué le temen, entonces? A los miedos a los que apela Trump de manera constante: la porosa frontera (por la que entrarán sólo “violadores” y “traficantes de droga” y por eso se hace necesario un muro: la consagración de ese miedo), a los musulmanes (que son, para Trump, la fuente del terrorismo), a la caída de la economía, al abandono estatal y a la supervivencia de una clase política que por años los ha olvidado.

Clinton también ha acudido a una estrategia similar. En su página web, especula sobre todo cuanto sucederá si Trump se convierte en presidente con el lenguaje propio del apocalipsis (“para empeorar, nuestro próximo presidente podría ser Donald Trump…”, “si esto no les da miedo, consideren esto…”). El temor es, en este caso, inverso: de ser presidente, Donald Trump desharía todas las libertades que hasta ahora se han logrado. Por eso, uno de los sentimientos que más expresaron los votantes en una encuesta de mayo de este año fue el abandono: se sienten indefensos ante cualquier elección que sea tomada.

Una encuesta realizada por AP-GfK en julio de este año mostró que 82 % de los votantes se sentirían temerosos si alguno de los dos candidatos queda en la presidencia. Un cuarto de ellos tienen miedo de que cualquiera de los dos gane. Dado que tienen miedo de uno u otro candidato, se decantan por el oponente, lo que convierte al voto, por un lado, en una forma de castigo, y por el otro, en el único modo de salvación. Es decir, no votan por fidelidad al candidato, sino porque no hay otra opción. “En realidad, yo no amo a ninguno de los candidatos —dijo Annette Scott, de 70 años y habitante de Nueva Jersey, a la AP—. ¿Qué proponen? Es una elección entre el calor y el infierno”.

Si bien el miedo influencia parte del voto —y en estas elecciones se ha convertido en un elemento esencial—, los votantes también eligen a partir de otras categorías, que se acercan más a la demografía que a la psicología. Las acusaciones de abuso sexual contra Trump, por ejemplo, han producido el descenso de su popularidad entre las mujeres. “Las mujeres están más inclinadas hacia los demócratas —cuenta Holmes—, pero Trump ha agudizado su ira mucho más. En el mejor de los casos, es visto como un sexista y ahora es señalado de haber acosado a al menos 12 mujeres. Mujeres independientes e incluso republicanas se niegan a votar por él”. La gente joven, los latinos y la población afro se inclina más hacia Clinton —aunque hace falta ver qué sucede a partir de la nueva investigación que le abrió el FBI por sus correos personales—, puesto que durante su historia los demócratas han sido percibidos como defensores de las minorías y también porque en Estados Unidos la filiación partidista de cada ciudadano sí cuenta y suele determinar su voto.

Pese a todo lo preciso que pueda ser el cálculo demográfico (y en este caso la población latina y las mujeres tienen una incumbencia directa, casi visceral, en las votaciones), el voto sigue siendo determinado por factores que dependen, en parte, de cuánto han aprovechado Trump y Clinton las desavenencias de su oponente y, en general, del presente económico y social del país. También de las circunstancias propias de cada partido: Trump comenzó su candidatura con un 1 % de apoyo en marzo de 2015, según un estudio del Pew Research Center, y terminó con un 88 % en julio de este año, debido en buena parte a la salida del resto de candidatos y a que muchos de los votantes que quedaron en el aire se decantaron por su programa. Dependiendo del carisma e incluso de la fuerza retórica de los candidatos, los votantes fueron fijándose en uno o en otro según avanzaban las primarias.

Trump, por ejemplo, es un outsider, cuya determinación en contra de la clase política le ha granjeado el gusto de personas sin títulos universitarios, religiosas y que viven, algunos de ellos, en estados pobres y golpeados todavía por la crisis de 2008. “Es verdad que los votantes blancos sin títulos universitarios se inclinan de manera fuerte hacia Trump —dice Holmes—, pero no es exacto que todos ellos estén golpeados por la economía. De hecho, tienen ingresos mayores que el promedio y trabajan en industrias a las que no les va mal”. Esos votos tienen dos razones: el castigo (quitarle el apoyo a la clase política que ellos ven como tradicional y culpable de las desdichas) y la ira.

Norbert Schwarz, profesor de psicología y marketing de la Universidad del Sur de California y quien conoce cómo trabaja la mente al tomar decisiones, dice: “La inequidad social ha incrementado en las décadas recientes y aún más después de la crisis. Esto le dio relieve a la ira, que está siendo canalizada con éxito por Trump, quien a su vez hace que los demás se preocupen. El resultado es un nivel inusual de emociones negativas, incluyendo la ira y el miedo, en ambos lados”. Lejos de ser desventajosas, las emociones negativas resultan fundamentales para que los votantes comprendan, por contraste, por quién tienen que votar. Resaltar los defectos del oponente (como Trump cuando dice que Clinton “es una mujer sucia”) es, al mismo tiempo, inocular una sensación hacia esa persona, incluso física. Entrevistado por la BBC, Jon Krosnik, profesor de ciencia política de la Universidad de Stanford, subrayó ese disgusto hacia uno de los dos candidatos: “Si a usted no le gusta uno de los candidatos, entonces de verdad está motivado para participar: en otras palabras, en realidad el disgusto es lo que motiva a los votantes”. Es justo lo que sucede con los latinos, según Schwarz: “Se espera que ellos voten en gran número este año, mucho más que antes, sobre todo porque lo harán en contra de Trump”.