La rectificación ante el fracaso

El gobierno de la isla tendrá que demostrar que su precaria situación de DD.HH. no se debió a falencias del modelo socialista, sino al bloqueo.

Un mototaxista cubano exhibe una bandera de Estados Unidos. / AFP

Durante la Guerra Fría, América Latina no pudo abstraerse del siniestro “macartismo” que se apoderó de los Estados Unidos. Las “juntas militares” y “cívico-militares” y los “comandantes en jefe” con la satisfacción del Departamento de Estado y del Pentágono prevalecían en el continente. Se consideraban como “un seguro contra el comunismo”.

Recuerdo una portada de la revista Visión de circulación hemisférica en los sesentas, con la foto de una mesa a la entrada de un salón en el que se celebraba una importante reunión de los 21 países de la OEA, colmada de gorras militares que formaban un conjunto multicolor con escudos, distintivos y escarapelas de todo tipo, con el sugestivo título de “Los militares en el poder”. En este medio, el primero de enero de 1959 Fidel Castro y un grupo de guerrilleros, después de una breve lucha insurgente de tres años, entró triunfante en La Habana, cuando el general de turno, Fulgencio Batista, huyó con sus allegados hacia la República Dominicana. Al poco tiempo, Fidel se proclamó “marxista-socialista” e instauró un régimen socialista a noventa millas de la Florida.

La Unión Soviética y los demás países del bloque socialista rápidamente se hicieron al lado de Cuba. El gobierno de Washington se sintió amenazado y después del chasco de la fracasada invasión que organizó contra Cuba salió fortalecida la Revolución.

Sin embargo, EE.UU. continuó con todo tipo de estrategias para derrocar al régimen cubano: adoptó un “embargo” o “bloqueo” político y comercial a la isla; la CIA planificó centenares de atentados contra Fidel Castro; expidió la “Ley de Ajuste Cubano” para promover una masiva migración hacia su territorio y dar la imagen de una deserción colectiva de la población cubana; ignoró acciones paramilitares de grupos extremistas anticubanos desde su territorio; millones de dólares fueron invertidos en propaganda: desde la fundación de Radio Martí hasta el adelantamiento de acciones encubiertas contra el régimen cubano.

El cálculo de que por esa vía se podía derrocar el castrismo, como había sucedido con tantos gobiernos en los cuatro puntos cardinales, fue errado. Castro no sólo logró solidaridad y admiración de muchos sectores en el panorama mundial, sino que alentó el nacionalismo del pueblo cubano.

En Cuba, desde los pocos medios de comunicación existentes, en los “círculos infantiles”, en las escuelas, en la universidad, en todas partes, se señaló al “imperialismo” y a los “yanquis” —como denominó siempre Fidel Castro a los norteamericanos— como los únicos responsables de los males que agobiaban a la población.

Sin embargo, cuando en nuestro continente, incluso en Colombia, ingresar a la escuela primaria y contar con atención médica básica era un extraño privilegio que sólo podía lograrse por amistades y palancas políticas, todos los cubanos contaban con educación primaria, que aunque deficiente era generalizada, y con servicios médicos, precarios pero de amplia cobertura.

Entre tanto, las agencias de seguridad del Estado cubano reprimían severa y rápidamente cualquier muestra de inconformidad. Ejemplo de ello fue que dos de los más connotados colaboradores y amigos cercanos de Fidel Castro, el vicepresidente Carlos Lage Dávila y el canciller Felipe Pérez Roque, inteligentes y promisorias figuras para el futuro cubano, víctimas de la delación fueron “purgados” de manera fulminante.

Entre tanto…

El presidente Julio César Turbay rompió las relaciones diplomáticas entre Colombia y Cuba, porque había indicios de que el gobierno de la isla había apoyado a los grupos subversivos que operaban en Colombia. El 7 de agosto de 1982 asumió la Presidencia Belisario Betancur. Hubo un giro de la política exterior colombiana.
Los sandinistas estaban de moda. Los ocho “Comandantes de la Revolución” con diferentes pretextos organizaban en la plaza principal de Managua concentraciones con la asistencia de representantes extranjeros, animados por las canciones revolucionarias de Carlos Mejía Godoy.

Con el ascenso de Ronald Reagan a la Presidencia de los Estados Unidos, la posición norteamericana frente a los sandinistas cambió. Sus esfuerzos se orientaron a tratar de desestabilizar el régimen nicaragüense, utilizando a mercenarios para atacar desde Honduras y Costa Rica a fuerzas y objetivos gubernamentales nicaragüenses. Cuba apoyaba a los nicaragüenses.

En una visita relámpago del presidente Belisario Betancur a los presidentes de Venezuela, México y Panamá, a la que acompañé al mandatario colombiano, se consolidó la formación de un grupo denominado “de Contadora” para tratar de mediar y contribuir a la solución pacífica del conflicto centroamericano, en el cual discreta pero efectivamente Cuba estaba presente. El objetivo inicial era frenar las acciones emprendidas contra Nicaragua por parte de los Estados Unidos desde Honduras y Costa Rica y ayudar al logro de la paz en Guatemala y El Salvador, azotadas por cruentos conflictos internos.

Un día en 1985 el canciller Augusto Ramírez Ocampo me llamó telefónicamente a Panamá, donde me desempeñaba como embajador, y me dijo ya a bordo del avión presidencial en el que me recogió en el aeropuerto de Tocumen que íbamos secretamente hacia Cuba para hablar con Fidel Castro para tratar sobre la crisis centroamericana: Castro se constituyó en un miembro ad-hoc del Grupo de Contadora.

Posteriormente, durante la administración Barco se gestó con Cuba una cordial amistad. Un día intempestivamente, cuando viajaba en una avioneta con el canciller de Cuba, Isidoro Malmierca, y su señora después de una de las reuniones de coordinación sobre Centroamérica, le dije que lo invitaba a Colombia: el ministro aceptó. El avión cambió de curso y aterrizamos en Bogotá. Era como si hubiera llegado a Colombia “Frankenstein”.

Le ofrecí una comida en el Palacio de San Carlos a la que asistieron todos los expresidentes de la República y los jefes de los partidos políticos. Barco lo invitó a un almuerzo privado en la Casa de Nariño: las relaciones con Cuba se restablecieron de facto, porque los dirigentes de los partidos no se atrevían a apoyar el restablecimiento de las relaciones ante las infalibles críticas de El Tiempo y de otros medios.

Cuando mi antiguo compañero de gabinete César Gaviria iba a asumir la Presidencia, me preguntó sobre los principales tópicos de la política exterior colombiana. Le dije que uno de ellos podría ser el restablecimiento de las relaciones con Cuba. Gaviria con pragmatismo y valor lo hizo. Designó a un cónsul general y posteriormente nombró como embajador a Ricardo Santamaría.

Más tarde, ya como embajador de Colombia ante las Naciones Unidas durante la administración Samper, como presidente del Buró de Coordinación del Movimiento No Alineados, trabajamos con Cuba, expresidente del Movimiento.

Andrés Pastrana, al día siguiente de asumir la Presidencia de la República, me llamó a Nueva York y me dijo que aceptara la embajada en Cuba para que lo ayudara a concertar un proceso de paz en Colombia, similar al de Centroamérica. Le pedí tiempo para tomar una decisión, pero mi ánimo y el de mi familia era el de no aceptar. Ya tenía un compromiso con Patricia Lara como columnista de la revista Cambio 16.

El tiempo pasaba y yo no manifestaba mi aceptación. Un día el portero del edifico donde vivo me llamó por el citófono y me dijo que en la recepción estaba un señor que se llamaba Gabriel García Márquez, que quería hablar conmigo. Gabo me dijo que tenía una doble misión: la de Pastrana de que debía aceptar la embajada en Cuba y la de Fidel Castro que, informado de mi posible nominación en la Embajada, había otorgado anticipadamente el beneplácito antes de que yo hubiera aceptado la Embajada. Salí para Cuba: de ahí viene mi relato.

Tiempo para sorpresas

Ahora el presidente Obama ha dado los primeros pasos para una indispensable rectificación. No podía ser para menos. La resolución que anualmente presenta Cuba en la Asamblea General de Naciones Unidas para condenar el embargo, en este año obtuvo 188 votos a favor y 2 en contra: Estados Unidos e Israel. Como si fuera poco, fue el papa Francisco el que medió discretamente durante varios meses para lograr el acercamiento entre las partes.

Esto es, toda la comunidad internacional sin distingos de tendencias, y ahora con el aval de la iglesia Católica, descalifica la conducta de los Estados Unidos. Aunque el Congreso norteamericano pudiera negar la aprobación del conjunto de leyes que regulan el embargo —cosa que no creo—, colocaría al país en una reaccionaria visión ante el mundo.

Aunque habrá opositores en EE.UU. y en todos los países, la situación actual es diferente. Hace varios años el Pentágono expresó que Cuba había dejado de ser una amenaza militar contra su país. Los cubanos que viajan a EE.UU., en su inmensa mayoría no lo hacen por motivaciones políticas, sino por razones económicas, como lo hacen mexicanos, centroamericanos, dominicanos, chinos y colombianos.

Incluso, a pesar de que en el exilio cubano existe un numeroso grupo que fue víctima de la persecución y de la incautación de sus bienes y mantiene un visceral rechazo contra el régimen, las nuevas generaciones tienen actitudes diferentes y aprueban la normalización de las relaciones cubano-norteamericanas.

El camino para que la población cubana pueda recibir los beneficios del levantamiento del embargo es muy largo. El turismo es quizá el primer renglón de la economía cubana. Los visitantes, que han fluctuado entre 2’500.000 y 3’000.000, proceden en su gran mayoría de Canadá, de algunos países europeos y de América Latina.

Como los norteamericanos tienen severas restricciones para viajar a Cuba, el turismo de esa procedencia, que es el más productivo y codiciado para los países visitados, se reparte en el Caribe entre República Dominicana, Jamaica y otros destinos en el área. Los cubanos han esperado que cuando esas medidas se levanten, los turistas podrían llegar hasta 8’000.000 al año, modificando así sustancialmente la vida del país.

Pero también hay intereses por la parte norteamericana. Hace algún tiempo, Washington tuvo que acceder a las exportaciones a Cuba de granos y otros productos agrícolas desde algunos estados del centro y el sur de EE.UU., que veían afectados sus intereses por la política hacia Cuba. No faltaron los que afirmaron que los Estados Unidos se iban a quedar respecto a Cuba, a la zaga de sus competidores comerciales, como sucedió con el bloqueo a Irán que sacó del juego a las empresas petroleras norteamericanas, en beneficio de sus rivales europeas.

Naturalmente que el gobierno socialista de Cuba, una vez levantado el embargo y las demás restricciones de que ha sido víctima por parte de los Estados Unidos, debe demostrar ante la comunidad internacional que lo ha apoyado y especialmente ante su propio pueblo que la precaria situación económica y los graves problemas de los que han venido padeciendo, se derivaron del bloqueo y no de las graves falencias del socialismo cubano.

Tendrá el desafío de acabar con las severas restricciones internas y las medidas policivas cotidianas impuestas para “salvar la Revolución”, ya que sin existir la permanente amenaza a la seguridad del Estado por parte de los “yanquis”, deben eliminarse.

*Militar y diplomático. Embajador de Colombia en Cuba 1999.