Recuerdos de una infancia en Antofagasta

Chile acude a las urnas para elegir quién será su líder por los próximos cinco años.

Una mujer en Santiago de Chile sostiene una bandera de apoyo a la candidata Michelle Bachelet, favorita para ganar la contienda electoral de hoy. /EFE

La presidencia aún no estaba en los planes de Evelyn Matthei cuando a comienzos de julio acudió al programa televisivo Tolerancia cero. Era la invitada estrella de la edición, la ministra de Trabajo del presidente Sebastián Piñera, ‘la mujer de hierro del gabinete’, aunque relacionar hierro y mujer ya fuera lugar común desde Margaret Thatcher. Sentada en el estudio y respondiendo a las preguntas, Matthei levantó una polvareda: “Yo no estaba en Chile cuando se produjo el golpe militar y me dolió en el alma. Llegué un año después y no podía creer el odio que había (…) Recuerdo que con mi padre hablábamos que incluso en la guerra había formas de tratar al enemigo, que tiene que respetarse la dignidad mínima del ser humano y en ese momento no se estaba haciendo”.

Las palabras parecían correctas para un político en campaña, pero no en boca de una ministra que, además, era hija del general del aire Fernando Matthei, uno de los soportes militares en los años que siguieron al golpe contra Salvador Allende en 1973. En Chile, aún hoy la política está marcada por la caída de Allende y el advenimiento de Augusto Pinochet, un espíritu que a pesar de las décadas parece imposible de exorcizar.

Los días calmaron las reacciones de la gente en las redes sociales, en especial en Twitter, en donde Matthei se mantuvo a la vanguardia y no precisamente con su trabajo como ministra. Pero los días también trajeron consigo una pésima noticia para el oficialismo: Pablo Longueira, quien había sido electo popularmente para batallar por la presidencia desde la orilla del gobierno, renunció a su candidatura. Padecía de una depresión profunda.

Se configuró entonces la realidad con la que los chilenos acuden a las urnas y a la que con Matthei se añadieron ingredientes inéditos: nunca antes en la historia de la democracia chilena dos mujeres eran las máximas aspirantes a la jefatura del Estado. Hoy la hija de Fernando Matthei se enfrenta a Michelle Bachelet, hija de Alberto Bachelet, como la extensión de dos generales que fueran amigos antaño y a quienes la política separó definitivamente. Se miden la exministra de Trabajo y la expresidenta de Chile, la primera un tanto explosiva y la segunda un ejemplo de mansedumbre.


Infancia compartida

Largas deliberaciones entre el oficialismo precedieron la designación de Evelyn Matthei. La conclusión de que ella era la mejor manera de dar batalla a la inatajable Bachelet llegó con el holgado favoritismo que hasta entonces le otorgaban las encuestas a la candidata de izquierda. Contrarrestar la imagen de la exmandataria (2006-2011) quizá fuera más sencillo a través de una de sus congéneres que con un apellido clásico y una corbata ajustada. Si se trataba de un plan b, al menos lo más lógico era tener en cuenta el mayor número de variables.

Hoy parece ser el momento dulce de Michelle Bachelet, como si el tiempo devolviera los beneficios que en el pasado soportaron la fortuna de Fernando Matthei. Luego del golpe, el general llegó a ser director de la Academia de Guerra Aérea (AGA), ministro de Salud, miembro de la junta de gobierno y comandante de la Fuerza Aérea. Su éxito significó el ocaso de su amigo Alberto Bachelet, recluido en prisión por expresar su desacuerdo tras la caída de Allende, torturado por la propia AGA y muerto de un infarto en 1974, retenido por las fuerzas oficiales. Así se resumía la diferencia entre acoplarse y disentir al cambio.

Por eso la vida de las candidatas que hoy se enfrentan está marcada por un sello irrompible. Se conocieron siendo niñas en Antofagasta, cuando la democracia todavía no estaba rota. Bachelet tenía siete años y Matthei, cuatro. Las familias vivían a pocos metros en las viviendas de la base Cerro Moreno y aunque jugaron juntas muchas horas, hoy ninguna de las dos puede decir que su rival, además de contendora, es amiga. Amigas eran las familias, cercanas por muchos años, al punto que resultaba normal que la pequeña Evelyn se refiriera a Alberto Bachelet como “tío Beto”. Y lo mismo sucedía desde el otro sentido. Después de todo el dolor de los años previos, cuando la expresidenta se encontró con el general Matthei, apareció el respeto: “A usted no puedo decirle sino tío Fernando”.

Para entonces ya mucha agua había corrido debajo del puente. El esplendor del general Matthei significó una educación privilegiada para su hija, con clases de piano, temporadas en el exterior y una estancia definitiva en Chile para ir a la universidad y estudiar Economía. En la otra cara de la moneda estaba el exilio de Michelle Bachelet y su madre, su resguardo en Alemania Oriental —donde comenzaría sus carrera de Medicina— y la sensación persistente de impunidad y abuso. La justicia chilena ha explorado la posibilidad de investigar a Matthei por su papel en la dictadura y como jefe del AGA, pero en 2012 y 2013 la Fiscalía no encontró razones suficientes para dar inicio a un proceso. El general siempre se ha defendido: “Acusarme a mí de tener alguna participación en la muerte de mi amigo el general Bachelet, es tan grotesco como acusar a Bachelet de traición a la patria”.

Las dos candidatas no son amigas y discrepan en materia política, pero Evelyn Matthei por ejemplo, no tiene problema en asegurar que por su adversaria siempre tendrá un gran aprecio. Ha sido clara en sus apariciones públicas, en las que tampoco ha reparado en asegurar que como ministra creó 830.000 empleos, más del doble que en el gobierno de su contendora. No es la mejor siendo prudente con las palabras: en momentos de ira ha llegado a llamar a diputados que discrepan con sus puntos “wones de mierda” y a entrar en confrontaciones con periodistas. En palabras del Carlos Larraín, presidente de Renovación Nacional (uno de los partidos de la coalición oficialista): “Es un poquito mal hablada, pero se puede mejorar”.

La ventaja es toda para Michelle Bachelet, a quien los diferentes sondeos le otorgan más de 30 puntos porcentuales por encima de su perseguidora y una alta probabilidad de obtener hoy la presidencia, en la primera vuelta. Goza del mejor escenario, revestida por su buen papel en la presidencia durante el período anterior y el alto posicionamiento de su imagen, que le dejó la dirección de ONU Mujeres. Por más de que Matthei lo desee y advierta que es vencible, extraordinario sería que la batalla se saliera de las manos de los socialistas. Bachelet, analítica y pausada, tiene un carisma difícil de equiparar. Como aseguró la exministra de Trabajo cuando intentó explicar las baja aprobación (40%) con la que Piñera abandona la Presidencia: “Él tiene características personales distintas a las de una Michelle Bachelet; a una es más fácil quererla por la sonrisa, por ser mujer, por esa cosa simpática que ella tiene y que no es propia del presidente Piñera”.

 

 

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