Refugiados por la guerra en Siria e Irak: “Nos convertimos en unos olvidados, en un gran dolor en vida”

Dolor y desesperanza: eso sienten sirios e iraquíes al huir de sus hogares. Hablamos con algunos de ellos refugiados hoy en Jordania.

Un hombre lamenta la muerte de un ser querido en Douma (Siria).
Un hombre lamenta la muerte de un ser querido en Douma (Siria).AFP

Toda entrevista tiene algo de remover dolores, de echar sal en la herida y de nombrar la soga en la casa del ahorcado. Hay preguntas incluso para callar a un árabe: ¿quién es quién en Siria? ¿Volvería a Irak?

Hay muchas formas de aprender, pero tal vez no hay una más humana que hablar con las personas que han estado en la primera fila: conocen el olor de la pólvora y el sonido del dolor. Su experiencia se vuelve universal cuando la verbalizan y la comparten; sus errores (si los hay) no nacen de teorías ajenas a su vida ni de imposturas intelectuales (como diría Alan Sokal).

Las víctimas están ahí con unos testimonios a veces demasiado pequeños para los grandes estadistas, demasiados prosaicos para los grandes teóricos, demasiado cotidianos para los grandes historiadores. Hay cosas que son inefables, pero las víctimas son capaces de volverlas palabras. Y eso es parte del mérito y de la magia.

Es dura la precariedad de vivir como refugiados, sin más futuro que la incertidumbre, sin más realidad que la espera. Las personas refugiadas vienen de Irak y de Siria. Con ellas nos sentamos a recoger fragmentos de recuerdos ante una falta de esperanza que obliga a un texto con un sesgo claro: a favor de las víctimas. A pesar de todo, hay cosas que se mantienen y una de ellas es la hospitalidad árabe.

Huyendo de Mosul

Al fondo se oye el llamado a la oración desde la mezquita. Nos recibe una familia joven de cristianos que vivía en las afueras de Mosul, cuando en junio de 2014 llegó el Estado Islámico “persiguiendo infieles”. Antes tenían “una vida normal, aunque por la situación había un miedo en el aire”.

Progresivamente fueron aumentando los rumores de asesinatos de cristianos y yazidíes, de secuestro de mujeres y de cobro de impuestos a los que no eran suníes. Al tiempo, se fue expandiendo la presencia del Daesh en las zonas rurales. El esposo me dice: “Nos empacamos once personas en un solo carro, y dejamos nuestras casas como a las 4:30 p.m. A la mañana siguiente llegó el Estado Islámico”.

Huyeron hacia el norte, buscando la ciudad de Dohuk, pero quedaron atrapados entre una gran cantidad de gente que huía, algunos a pie y otros en carro. Ella tenía tres meses de embarazo y perdió el bebé. Desde esa primera noche los hombres durmieron en el piso de la iglesia que los recibió y las mujeres en el carro. La iglesia estaba llena y no había agua disponible.

“Nos llegaron noticias sobre los yazidíes cuando estábamos en la iglesia. A los hombres los estaban matando y a las mujeres las capturaban para enviarlas a Siria. Nosotros estábamos aterrorizados”.

Pocos días después, empujados por las pésimas condiciones, algunos se fueron para la ciudad de Erbil y otros a Suleimaniya. Atrás quedaron sus casas como pueblos fantasmas. Su maleta era apenas un poco de ropa y algunos documentos. Ella añade: “Los niños pedían comida y no teníamos absolutamente nada que darles, nada para ofrecerles”.

Los dos recuerdan con gratitud las donaciones de la gente en Suleimaniya: les regalaban comida, almohadas y ropa. Él me dice: “Vivíamos como extraños en nuestro propio país”. Así estuvieron hasta finales de octubre, cuando lograron salir para Jordania, y hoy, casi dos años después, saben que en el mismo sitio siguen viviendo otros desplazados. Él me dice: “Nos convertimos en unos olvidados, en un gran dolor en vida. Lo que más extrañamos es nuestro hogar”.

Vendieron sus anillos de bodas para poder pagar el viaje hasta Jordania. Quisieran volver, pero saben que Irak va de mal en peor. Según ella, es mejor quedarse en Jordania: “Necesitamos un mejor futuro para nuestros hijos”. Él la interrumpe para preguntarme: “¿Cuánto tiempo puede un ser humano vivir bajo el miedo?”. Reconociendo su dolor, trato de explorar qué piensan de las víctimas del Daesh en Europa. Él sonríe casi de manera macabra, me mira a los ojos y me dice: “No comments”.

Con la cruz a cuestas

Ser viejo es, objetivamente, una dificultad, especialmente en la guerra, y peor si eres refugiado. Él trabajaba como conductor entre la universidad de Mosul y las zonas periféricas. Y ella, en casa, cuidaba de la familia. A pesar de la ocupación estadounidense de 2003, me dicen que hasta 2014 tenían una vida decente, incluso unos buenos ingresos.

En 2009 y 2010 hubo amagos de violencia en el norte de Irak y explotaron algunos carros bombas. Cuando iban a Mosul, siempre alguien se quedaba dentro del carro para evitar que le instalaran una bomba. En junio de 2014, el Daesh bloqueó las vías de acceso a Mosul. El 6 de agosto recibieron llamadas telefónicas de amigos y vecinos sobre la proximidad del Estado Islámico, así que huyeron en el bus de transporte estudiantil y por el camino fueron recogiendo a otros desplazados.

Su hijo mayor, más precavido, “se había ido primero hacia el norte y consiguió alquilar un cuarto por US$700 al mes”, me cuenta el viejo, subrayando la codicia y los negocios que aparecen en medio del dolor de los desplazados. Viviendo como desplazados les dolía, especialmente, tener que usar ropa donada por los lugareños.

En su cara se ve el miedo que revive, atrás quedaron sus casas, sus trabajos, sus sueños. El viejo empieza a llorar y la entrevista se detiene mientras todos evitan mirarse a los ojos. Él retoma la conversación: “Llegamos a Jordania con la ropa puesta. Atrás se quedó mi hermano y otros de la familia, los que no tienen cómo pagar un viaje hacia el exterior”. Las noticias que les llegan se podrían resumir en dos palabras: cansancio y miedo.

Salieron huyendo del Daesh y los Peshmerga robaron sus casas ya abandonadas. El viejo interrumpe el relato y me muestra en su celular fotos que le enviaron de su antiguo pueblo. Su casa está destruida por los bombardeos de los países aliados.

Hubo un tiempo, que no me precisaron, durante el cual la televisión mostraba día y noche los pueblos arrasados de Irak. Ella me dice que ya no le gusta ver el noticiero y que hace todo lo posible para no ver imágenes en las que su querido Irak se va destruyendo, pueblo a pueblo. Neven, mi traductora, recuerda los versos de una cantante iraquí que dicen: “Esta tierra, tierra masacrada, ya no es más mi tierra”.

Jóvenes huyendo de la guerra

Los jóvenes sirios huyen de la guerra y del servicio militar. Envían dinero a sus familias y sienten de manera particular el peso de la terrible inflación. Saben el número de muertos, pero siguen más al detalle el precio de las cosas. Les duelen los cortes permanentes de luz y de agua. Hablamos con tres de ellos, entre los 20 y 30 años, provenientes de tres ciudades diferentes de Siria: Homs, Hama y Damasco.

Antes de 2011 caminaban por sus ciudades sin cargar documentos de identidad, porque ni siquiera la al-Mukhabarat (policía secreta) los pedía. En marzo de 2011 todo cambió. El joven de Hama dice: “Los mercados empezaron a cerrar a la 1 p.m. y la gente trataba de llegar a casa siempre antes de las 5 p.m. Aparecieron Shabiha (paramilitares), los francotiradores y los asesinatos”.

El oriundo de Homs cuenta: “Pedí el pasaporte, pero tengo un homónimo que me jodió. Me fui asustado para el área rural del sur y pagué a los guardias para poder cruzar la frontera y llegar a Jordania”.

El de Damasco explica que los llaman a prestar el servicio militar obligatorio y si el joven citado no se presenta “retienen a uno de sus familiares hasta que él aparezca. Había tantos controles militares que dejamos de usar el carro”.

Al comienzo (entre marzo y junio de 2011) “éramos sólo civiles defendiéndonos a nosotros mismos. Hacíamos manifestaciones y lo máximo que teníamos eran algunas piedras”, dice el joven de Damasco. “Después aparecieron, además del ejército y los paramilitares, la guardia de Irán y los de Hizbolá” en las calles de Siria.

Los tres huyeron mucho antes de que apareciera el Estado Islámico, pero les llegan macabras noticias. En una de ellas les cuentan de un niño de once años que, por no hacer el ayuno en el mes de Ramadán, fue crucificado en Raqqa. Otras noticias dan cuenta del estricto código de vestimenta que impone el Daesh, y de castigos como cortar el brazo a los fumadores. El joven de Homs tiene familiares en una zona controlada por el Daesh y me dice que allí el ejército busca la excusa de la presencia de grupos radicales para atacar a los civiles. Los tres concuerdan en que el Gobierno solía usar la excusa de la presencia de grupos armados para atacar pueblos, allanar casas y matar civiles.

No hay esperanza: “Incluso en cien años, Siria no volverá a ser lo que era antes. Incluso hoy, si el régimen cae o sigue, no hay esperanza. Hay demasiados grupos con sed de venganza”, dice el de Damasco. El de Homs completa la frase: “La comunidad internacional no ha hecho nada, sólo hablar de cómo dividir Siria”. Al comienzo de la guerra se identificaban con el Ejército Libre Sirio, pero hoy “ya no se sabe quién es quién ni por qué pelean”.

Viuda y refugiada

Espero fuera del apartamento, mientras ella se pone el velo. Nos recibe en compañía de sus tres hijas. Viene del área rural de Damasco, de un pueblo donde “cada uno tenía tierra y negocios, especialmente tiendas de muebles. Era una región autosuficiente”. Su esposo era piloto de la Fuerza Aérea de Siria. Ahora, en el exilio, sabe lo que es pagar arriendo.

“Cuando empezaron las protestas (marzo de 2011), todos los viernes la gente se preparaba para las manifestaciones. Yo vivía al frente de la plaza del Pueblo y veía cómo el ejército atacaba a los manifestantes golpeándolos o matándolos. Detenían a todas las personas entre 14 y 45 años, estuvieran o no en las manifestación, incluso mujeres. Los jóvenes rápidamente se dieron cuenta de que esas manifestaciones pacíficas no funcionaban y decidieron armarse”.

La respuesta del Estado no se hizo esperar: detenían incluso a los que ayudaran a los heridos, rapaban a las mujeres en áreas públicas “y si era bonita la violaban”. Su pueblo es muy conservador “y esos ataques al honor dispararon la rabia”. Empezaron a verse “allanamientos por parte de soldados iraníes con tan sólo la presencia de uno o dos sirios”.

Ya no se trataba sólo de mantener la protesta sino “de defender la casa. Los jóvenes compraban armas al mismo ejército y hacían explosivos manuales. Eran grupos muy organizados, todos reunidos bajo el nombre de Mártires del Islam”.

En agosto de 2012 sucedió la masacre de Daraya: por lo menos 300 civiles fueron asesinados. “Mi mamá, mi hermana, yo y mis tres hijas vimos la masacre. Mi esposo, que era militar, planeó desertar y que huyéramos con toda la familia. Su hermano, de 24 años, fue asesinado por el Gobierno en diciembre”.

“Después de la masacre todos los jóvenes del pueblo se fueron a la clandestinidad. Las mujeres cocinaban para ellos y nuestro corazón estaba con los rebeldes. No había agendas religiosas. Mi marido era muy celoso, pero me dejaba estar cerca de los hombres porque sabía que sólo buscábamos defendernos”.

Los dos acordaron una clave para hacerle saber a ella en caso de que él fuera detenido, lo que ocurrió en febrero de 2013. Ella dejó el pueblo y empezó a huir de casa en casa. Su nombre entró en la lista negra y, con suerte, logró llegar a Jordania. El 22 de agosto de 2014 apareció el cuerpo de su marido.

Mientras me cuenta su dolor, mantiene la dulzura en su rostro. En una de las esquinas de la sala veo una bandera del Ejército Libre Sirio como un símbolo de esperanza. Le menciono a Daesh y me responde: “Daesh busca desfigurar el islam, convertirlo en muerte. Una mujer no puede andar sola en sus zonas, así esté buscando ayuda porque su niño esté muriendo. Eso destruye la imagen de nuestra religión”.