'Las revoluciones vinieron para quedarse'

Entrevista con Marcelo Cantelmi, editor internacional del diario argentino 'Clarín', luego de tres meses cubriendo las crisis de Egipto y Libia. Dice que lo más probable es que Gadafi esté en Níger, dirigiendo a los hombres que le quedan.

¿La versión del fusilamiento de diez mercenarios colombianos en Libia ha tenido algún tipo de confirmación?


En Bengasi los rebeldes decían que había latinoamericanos en el bando de Gadafi. Pensábamos que eran pilotos venezolanos que estaban ayudando. También había pilotos argentinos y mercenarios croatas que quisieron rendirse en Ajdabiya a funcionarios franceses. En todo ese remolino apareció la versión de que había colombianos, sin que nunca pudiera confirmarse si eran mercenarios, activistas o militantes guerrilleros con la noción absurda de que Gadafi era un revolucionario. El rumor más fuerte fue en Misrata, el Stalingrado de esta guerra, ciudad martirizada por la brigada del hijo de 28 años de Gadafi. La arrasó con tanques que abrían fuego en las calles, con francotiradores en los techos que, por ejemplo, apuntaban contra las dos entradas del hospital. Cuando la gente entraba herida, ellos la remataban, incluso a los médicos. Allí se dijo que en un techo había una mujer colombiana, versión que hay que colgar con pinzas.


En todo caso, parece lógico que colombianos con experiencia en la guerra terminaran allá.


Parece lógico. Gadafi tenía temor de un golpe y armó un ejército con regimientos que él mismo integró con gente de los países que rodean a Libia; Chad, Sudán, Níger. Era su ejército más importante y con paga muy alta. Ganaban lo que nunca hubieran ganado en ninguna parte. Esas son las lealtades en las que creía Gadafi. Los periodistas que estuvimos en la antigua Yugoslavia supimos que había exmilitares de toda América Latina y también en Irak. Todo por cien dólares diarios versus 300 que recibían los gringos.


Lealtades en petrodólares.


Sí. Cuando arranca el levantamiento en Libia, la izquierda internacional empezó a defender a Gadafi diciendo que el imperio estaba tratando de quitarle el petróleo, pero en la documentación que quedó en las dependencias de seguridad, y que se conoció entre el 21 y 22 de agosto tras la caída de Trípoli, se revela una alianza de años entre Gadafi y centrales de inteligencia estadounidenses y británicas. La CIA le enviaba presos y Gadafi se encargaba de torturarlos para favorecer la política antiterrorista de Bush. La derecha más conservadora de Estados Unidos le dio asistencia durante toda esta guerra.


¿Cuál es el balance de víctimas en Libia?


Entre marzo, cuando arranca la parte más sanguinaria, hasta ahora faltan aproximadamente 50 mil personas en Libia. Desaparecidos producto de una enorme represión al estilo de un Pinochet, incluso con la misma metodología de secuestros en las casas.


¿Cuántas guerras ha cubierto?


Estuve en el Líbano y el norte de Israel, cubrí muchos episodios de la guerra en Colombia para la agencia Reuters y, en Centroamérica, en Nicaragua y El Salvador.


También cubrió este año las revueltas en Egipto.


A Egipto llegué a finales de enero, días después de la primera marcha. Ese fin de semana fue la primera gran represión, que dejó unos 900 muertos, mucho más sanguinaria que la de Túnez, y me quedé hasta la caída de Mubarak.


A El Cairo los periodistas llegaron con visa, pero la presión fue intensa.


Sí, llegué desde Israel por Tel Aviv. Te acosaban en la calle. Había que tener mucho cuidado de no sacar un celular. Lo peor fue cuando armaron brigadas para atacar a los periodistas. En los hoteles rompieron equipos de televisión. Entonces nos alertábamos y nos protegíamos unos a otros. En total 39 periodistas fueron golpeados, incluido el corresponsal de Clarín en París que me acompañaba y un amigo austriaco que estuvo en la cárcel. Nos reclamaban que contábamos una idea falsa de Egipto, pero logramos informar y salir hacia Libia.


¿Cómo fue el cruce del desierto?


Contraté un carro y un guía para una travesía de ocho horas desde El Cairo. Sólo se ve arena, dunas y algún camello. Salí de madrugada, llegué en un atardecer impactante y me encontré con una gran cantidad de refugiados que iban de Libia hacia Egipto. Ningún periodista tenía visa para cruzar. La frontera ya estaba en manos rebeldes y nos dejaron seguir hacia Tobruk y Bengasi. Los periodistas que habían entrado por Trípoli sí tenían visa, y más problemas, porque una vez empezaron a informar de la crisis el gobierno de Gadafi los perseguía como delincuentes. En Tobruk no había internet por lo que sólo restablecí comunicación desde Bengasi, la segunda ciudad Libia, primero desde el hotel, hasta que el gobierno cortó la señal. Y luego gracias a que la gente que dirigía la revolución instaló una antena gigantesca. En torno a ella improvisamos una sala de prensa donde un centenar de periodistas trabajamos durante dos meses. La señal se caía a ratos, pero alcanzábamos a mandar las notas. Yo lo hacía por el Blackberry.


¿En Trípoli fue más complicado?


Sí. En Trípoli estuve casi un mes con una peor comunicación. La cacería de periodistas ya era total. A un amigo español, el fotógrafo Manu Brabo, lo detuvieron durante 54 días, y al fotógrafo sudafricano Anton Hammerl lo mataron disparándole una ráfaga de ametralladora al estómago. Nunca apareció el cadáver. En Trípoli sabíamos que la mayor amenaza eran los francotiradores de las terrazas. En Bengasi el momento más duro fue cuando Gadafi intentó recuperar la ciudad haciendo disparos de misiles. Nosotros nos íbamos corriendo gradualmente, con el avance de los rebeldes, y para hacer recorridos teníamos un chofer que nos traducía del árabe al inglés.


Usted acaba de salir de Libia. ¿Qué va a pasar con ese país?


Depende de cómo se consolide el próximo gobierno. Tiene cien millones de habitantes y activos por casi 150 mil millones de dólares. Si lo hacen bien estarán de vuelta. El problema es que hay mucha gente pobre por la corrupción. Muchos de los que están en la revolución trabajaron con Gadafi. El extremismo religioso crecerá si no se reparte el ingreso. El modelo de gobierno puede ser una democracia islámica, musulmana, laica, como en Turquía. Por ahora el consejo de transición se comprometió a no meterse en cargos directivos, pero todo seguirá complicado mientras la revolución no termine de ganar las ciudades. En todo caso, los grupos islámicos moderados, similares a los de Egipto, van a exigir participación.


¿Qué espera la gente del común?


Luego de 42 años de dictadura hay muchas ganas de la gente de tener un país con un cierto nivel de ingreso y con un modelo cercano a una democracia republicana que garantice libertades básicas, como ir a cine y a teatro, ya que Gadafi los prohibió.


¿Y qué va a pasar con Gadafi?


Su valor personal ya es mínimo. Quienes lo mantienen vivo también aspiran a conseguir espacio en la nueva estructura gubernamental, aunque no hay ninguna posibilidad de que vuelva el régimen. Creo que está vivo, no en Libia. Lo más probable es que esté en Níger, dirigiendo a los pocos hombres que le quedan. No olvide que en el caso de Hussein se demoraron nueve meses para encontrarlo.


¿Cuál es la imagen de crueldad que le quedó grabada de la dictadura?


Fue en un hospital cercano a la cárcel de Trípoli. Pude contar 82 cadáveres tirados y 18 personas vivas abandonadas, incluido un niño. Había un galpón donde habían puesto a los prisioneros para fusilarlos con las manos atadas. Les lanzaron bombas incendiarias y en el piso había restos de piel y esqueletos vacíos.


¿Gadafi sobrevivirá mientras le dure el oro que convirtió en dinero en efectivo?


Hay pruebas de que se llevó 28 toneladas de oro, menos de 25% de las reservas del Banco Central de Libia. Con ese dinero está pagando su destino. Las cuentas que tenía en EE.UU. y Europa ya están congeladas. Sin embargo, tengo confirmación de que muchas caravanas de blindados han pasado de Libia hacia Níger. En una de ellas pasó Saadi, el hijo de Gadafi que fue futbolista profesional.


¿De qué le sirvieron los búnkeres?


Estuve en el más grande en Ajdabiya. No le sirvieron para nada esos túneles kilométricos con salones, armas, comidas y bebidas. Se supone que eran más un gran escudo para guerras químicas o nucleares. Los encontraron muy fácil. La gente se alcanzó a ilusionar con que allí estaba el cadáver. No había lujos. Vi lujo en el avión de Gadafi, en las casas de los hijos, en la residencia de la hija, un hospital que convirtió en una mansión de ocho dormitorios.


¿Cuál es su balance de las revoluciones en el norte de África?


Vinieron para quedarse. El norte de África cambiará como cambió hace 20 años el este europeo. Hay que entenderlas como una consecuencia de la crisis económica de septiembre de 2008 en EE.UU. Se expandió a todo el mundo, impactando con el aumento del precio de los alimentos, y aceleró la pobreza. Sin esa crisis, sin la caída de la banca de inversión, difícilmente se habría dado este proceso. Para mí fue un acontecimiento que modificó al mundo más que los atentados contra las Torres Gemelas, más que la crisis económica tras la Primera Guerra Mundial. Ahora hay que ver cómo afecta a todos el traslado del foco económico del Atlántico al Pacífico por el crecimiento de China.


¿Suramérica sufrirá también las consecuencias?


La gente ve la crisis de Grecia como algo lejano, pero nos puede golpear en el corazón porque en América del Sur tenemos una enorme llegada de dineros de salvatajes económicos, sobre todo en Brasil, que recibió 40 mil millones de dólares en seis meses. Si hay bancarrota, estallará de una nueva crisis con un efecto enorme en la inflación. Hay que estar atentos porque el crecimiento de Suramérica puede convertirse en una bomba de relojería si no hay pronta solución a la crisis del euro.


Sirte vive crisis de salud: CICR


Después de más de un mes de recibir ataques de rebeldes libios y bombardeos de la OTAN, los habitantes de Sirte enfrentan un grave déficit de insumos médicos y alimentos. Así lo señaló un equipo del Cuerpo Internacional de la Cruz Roja (CICR) que entró por primera vez el pasado sábado a la ciudad natal del perseguido autócrata Muamar Gadafi. El jefe del equipo del CICR, Hichem Khadraoui, indicó las condiciones “extremadamente difíciles” en las que trabajan en el hospital de Sirte, con “cada vez más pacientes, escaso material médico, una desesperada necesidad de oxígeno y con reservas de agua dañadas”. Khadraoui agregó que muchos heridos no pueden llegar al hospital Ibn Sima debido a los constantes bombardeos por parte de la OTAN. “Varios cohetes cayeron en edificios del hospital mientras estábamos allí”, informó.