La riesgosa polarización en Honduras

El triunfo del oficialista Juan Hernández revive viejas disputas entre el conservatismo y la izquierda.

Manuel Zelaya. / EFE

El resultado de las elecciones de Honduras confirma las dificultades que atraviesan algunos regímenes democráticos en la región. De paso, recuerda que los comicios, aunque requisito indispensable para la democracia, no garantizan por sí solos el Estado de derecho como condición.

El triunfo del candidato oficialista Juan Orlando Hernández ha revivido las disputas entre el conservatismo hondureño, y la izquierda representada por Ximena Castro (ex primera dama) en la oposición desde el golpe a Manuel Zelaya a mediados de 2009. Aunque se pensó que la disputa entre ambos sectores estaba zanjada, en realidad no ha habido tal, y la polarización tiende a exacerbarse.

Dos hechos de la política hondureña hablan de la precariedad de su sistema político y de las pocas garantías que éste ofrece en términos democráticos y que tienen al país al borde de una crisis que profundizaría problemas de una altísima complejidad. En primer lugar, la constitución hondureña en su artículo 374, devela una rigidez que aunque busca dotar de estabilidad al régimen, ha conseguido todo lo contrario en los últimos años. El texto reza así: “No podrán reformarse en ningún caso […] artículos constitucionales que se refieren a la forma de gobierno, al territorio nacional, al período presidencial, a la prohibición para ser nuevamente Presidente de la República, el ciudadano que lo haya desempeñado bajo cualquier título y el referente a quienes no pueden ser Presidentes de la República por el período subsiguiente”.

Resulta extraño que una constitución no permita reformar de ninguna manera aspectos básicos del Estado. De allí que en 2009, Zelaya hubiese buscado la polémica transformación a través de una consulta y que resultó en el golpe de julio de ese año. En segundo lugar, la manera como Manuel Zelaya volvió a Honduras despertó dudas sobre la transparencia del acuerdo que le permitió tal retorno. En su momento y por la mediación de Colombia y Venezuela (del entonces canciller Nicolás Maduro y María Ángela Holguín), Zelaya pudo regresar ya que el ejecutivo se comprometió a que se anularán los procesos en contra del expresidente por corrupción. Como era de esperarse, varios sectores de la política hondureña expresaron inquietud por un pacto que violaba la autonomía de las cortes, sin que ello hiciera mella en la decisión alejada de consideraciones judiciales, y afincada en lo político.

Por eso, la situación actual hondureña es muy riesgosa. Por momentos, los dos candidatos reclamaron la victoria y aunque las autoridades electorales anunciaron el triunfo de Hernández, la exprimera dama se negó a reconocerlo. Esta división puede conducir a Honduras a una nueva crisis política, que se sumaría a problemas graves de seguridad pública (la tasa de homicidios más alta del mundo en Tegucigalpa) y pobreza. Lo más complejo de la situación reside en lo siguiente: al igual que en otras regiones donde la democracia es precaria, los partidos políticos sólo se preparan en elecciones para detentar el poder, y jamás contemplan la posibilidad de ejercer de forma digna la oposición. Enfermedad que la hace daño a Honduras actualmente.
 

 

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