Rohinyás, la vida como clandestinos tras sobrevivir a la trata de personas

El drama de la etnia musulmana rohinyá no termina con los abusos sufridos a causa de la trata.

EFE

  Las penurias de muchos musulmanes rohinyás no acaban tras sobrevivir a las torturas y abusos de la trata de personas, sino que continúan con las deudas contraídas y la vida como clandestinos en Tailandia.

En un ínfimo piso en el norte de Bangkok, viven hacinados cinco miembros de una familia rohinyá, incluidos dos niños, que pasaron por todo tipo de penurias en un peligroso viaje para huir de la persecución en Birmania (Myanmar).

Aliviados por dejar atrás las restricciones en su país natal, pero con unas deudas que ascienden a unos 3 millones de kyat birmanos (unos 2.700 dólares), lo que tuvieron que pagar a los traficantes, entre los que había rohinyás y tailandeses.

"Aquí tenemos muchos problemas. Los niños. Mi marido tiene una deuda que devolver. El trabajo no es regular. La vida no es muy buena", explica a Efe Salima, que utiliza un pseudónimo por miedo a las autoridades ya que carecen de permisos de residencia.

Su marido es el primero que llegó en 2012, después arribó su sobrino Halim hace unos nueve meses y, finalmente, ella con sus dos hijos dos meses más tarde.

Todos viven en una vivienda de una habitación prácticamente vacía, donde duermen en esterillas en el suelo, y cocinan con una hornilla de gas portátil en la parte trasera.

La madre de dos hijos, de 4 y 8 años, señala que llegan a ganar hasta 5.000 bat (unos 148 dólares) a la semana con la venta ambulante de roti, una torta de harina de trigo que condimentan con leche condensada, miel o chocolate.

Pero el dinero se esfuma con el alquiler, las facturas y el pago de la deuda que contrajeron con las mafias que los trajeron a Tailandia.

Viven ocultos de las autoridades porque están indocumentados y tampoco reciben asistencia de organizaciones internacionales.

Sin embargo, la ayuda de algunos locales le ha permitido escolarizar al mayor de sus hijos, para el único que consiguió reunir los 7.000 bat (unos 207 dólares) de la matrícula y los uniformes.

Salima, de 35 años, llegó a Bangkok tras una travesía en el golfo de Bengala y el mar de Andamán en el que fue testigo de torturas, asesinatos y hasta violaciones de mujeres en los barcos fletados desde las costas birmanas.

"Es difícil de explicar. Las mujeres eran violadas allí, incluso murieron y eran torturadas. Algunas mujeres fueron deshonradas por los traficantes. Una situación muy estresante", relata.

En la embarcación apenas podían moverse, no tenían intimidad y escaseaban la comida y los alimentos.

Tras dos meses de periplo, llegaron al sur de Tailandia, donde la encerraron en un campo clandestino en pequeñas jaulas sin techumbre donde apenas podían echarse.

"No teníamos cobijo. Nos daban un plástico para cubrirnos cuando llovía", asevera Salima.

En su opinión, no abusaron sexualmente de ella porque viajaba con dos niños, aunque confiesa que no tiene palabras para explicar el sufrimiento y el trauma.

Aún conserva la "tarjeta blanca", un documento de identidad temporal que el Gobierno birmano revocó recientemente a los rohinyás, a los que no reconoce la ciudadanía.

Halim, de 20 años, también se embarcó en un navío fletado por los traficantes de personas en el estado Rakhine, en el oeste birmano.

El rohinyá dice que de 100 de los 400 ocupantes del barco perecieron en la travesía a causa del hambre, las enfermedades o el maltrato.

"Vi como amigos se hinchaban y quedaban paralizados. Cuando morían los echaban por la borda", señala el inmigrante indocumentado.

En un campo ilegal en Tailandia los traficantes le propinaban palizas con palos casi a diario para que su familia pagara un rescate de 2 millones kyat birmanos (unos 1.800 dólares).

"Somos muy pobres, no tenemos ni 20 bat, ¿cómo vamos a tener dos millones?", recuerda el joven, quien llegó a Bangkok raquítico pero ha ganado peso en los últimos meses.

Su familia en Rakhine pudo pagar una cuarta parte del rescate y, tras trabajar construyendo empalizadas y cocinando para los traficantes, finalmente lo liberaron.

En el futuro, como otros muchos rohinyás, Halim sueña con poder ir a un país como Estados Unidos, Australia o Malasia donde pueda trabajar legalmente, pero de momento se pasa las tardes vendiendo roti a sus supuestos "enemigos" birmanos en Bangkok.

"Algunos me dicen que en Birmania tenemos problemas, pero aquí estamos en el mismo bando", aclara Salim mientras prepara rotis para los peones que terminan su jornada en la construcción, muchos de ellos birmanos y camboyanos también con problemas de papeles.

Con los traficantes que mataron a sus amigos y le torturaron no se muestra tan benévolo: "Sólo les deseo la muerte".

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