Saemaul Undong, la iniciativa coreana para levantar el campo de los escombros

Nadie pensaría que sembrar y construir carreteras es un hecho casi religioso: para los campesinos y granjeros suscritos al programa, fundado en 1970 para impulsar a los más pobres en Corea del Sur (y que se extendió a África y Asia), es un sucedáneo de la superación personal.

Una de las reuniones de Saemaul Undong en Burundi, donde han construido 5.300 escuelas con este programa.
Una de las reuniones de Saemaul Undong en Burundi, donde han construido 5.300 escuelas con este programa.

Entonces la voz de la traductora al inglés se desvaneció porque no había ya qué traducir, puesto que las setecientas personas que ocupaban el domo Yongpyong, en Corea del Sur, copaban con sus alabanzas los dominios del oído como un árbol que engulle el pavimento con sus raíces, y por eso todo cuanto se escuchaba era el guirigay agudo y general de aquellos coreanos y burundeses y ugandeses vestidos de verde, con el logo de Saemaul Undong —una planta de tres hojas, cuya hoja central bien podría pasar por una cabeza y las dos laterales por brazos— bordado sobre la espalda, mientras un coreano robusto de edad media amblaba y serpenteaba la cadera sobre el escenario para darles a los iniciados, a una tropa de foráneos que ignoraban la lengua y a los seguidores pululantes de este anhelo campesino una introducción lúdica a las tentaciones del pop coreano y a la esperanzadora y casi fanática filiación a un programa de agricultura y vivienda que precedió a la rebatiña tenebrosa de 1953.

Estaban a quince minutos de Pyeongchang, un condado del norte de Corea del Sur que la mayor parte del año se encuentra deshabitado y que suele recibir cientos de deportistas en invierno, cuando las colinas se taponan de nieve y los ascensores para esquiar suben jalados por sus rieles hasta las cimas. Habían pasado tres días en un foro en el que discutían sobre las ventajas de haberse inscrito en Saemaul Undong, sobre el hecho de que desde 1970 —cuando fue creado durante la presidencia de Park Chung-hee— haya educado a 60.000 líderes sociales para crear comunidades que se sustenten por mano propia y sobre la fortuna que tuvo Corea de levantarse de entre los escombros de la guerra. Ahora celebraban su clausura: las banderas ondeaban en el domo entero. De Corea —un coreano, que resolvió llamarse Brian para facilitar su pronunciación a los extranjeros, dijo mientras fumaba un cigarrillo de filtro suave que merece llamarse Corea porque es la única Corea libre— el programa pasó a África, Asia y América Central, de modo que hay villorrios y pueblos en Burundi, Guatemala, Tanzania y Vietnam que siguen las directrices de Saemaul Undong. Por tres días, afincados en un hotel internacional con vista a las colinas y que en las madrugadas se dejaba rodear por una neblina copiosa y húmeda, los huéspedes y participantes del foro se conocieron a fuerza de un inglés pedregoso.

“Todos reflexionamos acerca de por qué éramos tan pobres —dice A Khiet Da, líder del poblado Tam Ngan, al sur de Vietnam—. Entonces ahorramos arroz. Cada aldea llevaba el arroz que había ahorrado y formábamos un fondo común. Armamos una asociación para criar cabras, cultivar maíz. Concertamos un fondo común de la aldea. Aprendimos de los doctores que vinieron a la aldea y aprendimos el cultivo del chile. Hay que aplicar fertilizantes diariamente y pudimos crear una fuente de ingresos continua. Logramos una compensación por nuestro esfuerzo. Siempre soñábamos con el futuro de nuestros hijos. Los mayores habíamos vivido una vida muy difícil y comer una comida al día era el mayor objetivo”. En el museo Park Chung-hee, en Seúl, hay una réplica a escala real de las casas campesinas antes de que Saemaul Undong se proyectara sobre ellas: eran estructuras de techo de paja y suelo de tierra, con apenas algunos muebles desastrados y planchas de asar herrumbrosas colgadas de las paredes débiles. Los campesinos artificiales que viven en las réplicas están acongojados. Tras su metamorfosis, los campesinos se alegran: el programa les ha dado un hogar con pisos decentes, paredes pintadas, quizá un televisor. Saemaul Undong significa Movimiento del Pueblo Nuevo. En 1971, 216 campesinos se suscribieron al programa; en 1979 eran ya 6.647.

Henry Michel Orauya Clemens es un hombre ancho, de estatura media y barba rala que pronuncia Tanzania, su país, con acento en la i. “Los dos pueblos en los que fue introducido el programa fueron dominados en los viejos tiempos por árabes y venían con una cultura que produjo un sistema de propietarios y servidores. Los árabes eran propietarios y fueron servidos por los aldeanos y pedían que la gente trabajara por ellos. Así se emplearon muchas personas de Tanzania. Se convirtieron en sus manos y pies. Se convirtieron en holgazanes. ¿Cómo los íbamos a cambiar? Los perezosos de antaño empezaron a trabajar. Pero había otro problema. Quien trajo el movimiento Saemaul fue un pastor protestante. Parecía que el pastor trataba de evangelizar con el programa como pretexto. Los pobladores eran musulmanes y temían que los obligaran a cambiar de religión”.

Dado que Saemaul Undong fomenta un pueblo nuevo, es esencial, dicen, que se produzca un mindset change. Incluso lo gradúan: mindset change is still low, el cambio mental es bajo. Pero es más que eso, al menos en inglés: es una modificación del set, del equipo, de las piezas que están en la cabeza, de modo que el cerebro del campesino o del granjero se convierte en una suerte de rompecabezas que debe ser rearmado: por eso en los discursos abunda el vocabulario de la promesa conjugado al plural mayestático, estamos trabajando en pos de las generaciones futuras, que nadie quede por fuera, tenemos mucho por hacer, el camino hacia la inclusión, creemos oportunidades, produzcamos beneficios, impulsemos. En el primer día, envuelta en sus ropas tradicionales, la ugandesa Barbra Nyakake subió al escenario mientras sonaba un jazz ambiental, low: “Antes de Saemaul, la condición de nuestra aldea no era buena. No creíamos en cooperación y en trabajar juntos”. Horas después, en un descanso entre conferencias, contó: “Somos todos granjeros. Yo soy granjera. Comenzamos lentamente, con granjeros que no tenían mucho, con actividades que se pudieran hacer de manera sencilla. Construimos carreteras, limpiamos los lugares de la comunidad. Luego creamos el banco, que ahora está avanzando y trayendo más gente. Porque la gente en sus poblados no tiene dinero y cuando ven algo así quieren acompañarnos”.

En Njia Nne y Mfuru Mwambao, Tanzania, los campesinos repararon 21 kilómetros de carretera, levantaron proyectos de irrigación, cultivo de peces y granjas de piñas y rehicieron viejas escuelas y dispensarios. Los 180 de Uganda —eran 25 cuando todo comenzó, en 2010— fundaron un banco que da préstamos con intereses bajos para proyectos de cultivo de maíz y levantar escuelas, y repavimentaron las carreteras para que hubiera más de una entrada a la aldea. En Burundi, con un 35 % de participación del presidente Pierre Nkurunziza —cuyo mandato principió en 2005 y cuya tercera reelección fue rebatida en las calles: 300 murieron y 215.000 fueron desplazados—, 5.300 escuelas han sido construidas. En cada aldea, dijo Elie Nahimana, representante de ese país, hay una granja que pertenece a la asociación de Nkurunziza. En Nbombo Alarba, Senegal, pusieron bancos de madera en la calle para que la gente no se sentara sobre la basura, sobre el suelo sucio, y levantaron una fábrica de arroz para procesar cereal. Es evidente: el campo ha salido adelante. Entonces uno de los asistentes dice que en África los programas de Saemaul Undong tienen un alto contenido político, y que los políticos regionales y nacionales atan los programas a sus victorias. Alguien más preguntó qué pasaría si una de las cooperativas tuviera problemas con el enfoque de un gobierno. ¿Le raparían la financiación? Respondieron: “Es una pregunta difícil, no sabemos cómo será”.

* Invitación del Ministerio del Interior de Corea del Sur.