Señal de que el diálogo avanza

Los temas de fondo entre Cuba y Estados Unidos siguen a la espera. Abrir embajadas no implica que éstas tengan una agenda de trabajo profundo.

Retrato del 1° de julio: una cubana con una bandera de EE. UU. como pañoleta en la provincia de Holguín (Cuba). / AFP

 

El anuncio de la reapertura de embajadas entre Estados Unidos y Cuba ha seguido el protocolo habitual de la distensión entre ambas naciones. Desde diciembre del pasado año la liturgia es recurrente.

Con palabras medidas y no demasiado copiosas para no crear más expectativas y/o problemas de los necesarios, los dos gobiernos anuncian a la comunidad internacional un avance relevante y que el proceso sigue. En esta semana la formalidad se cumplió mediante cartas dirigidas por cada uno de los presidentes a su homólogo y contraparte para certificar que en las últimas semanas de mes se procederá a reabrir las respectivas embajadas en las capitales del otro país.

Tras el mensaje inicial, bastante ajustado a los tecnicismos propios de la diplomacia, para el público internacional, los dos gobiernos inician los mensajes dirigidos hacia los respectivos ciudadanos. Entonces las palabras son menos asépticas y se concentran los avatares de la política interna. Las retóricas se acomodan a las necesidades de Raúl Castro y de Obama.

En ambos lenguajes, el de las relaciones internacionales y en el de pugna política interna, los gobiernos cubano y estadounidense resaltan constantemente la centralidad de los presidentes. Obama y Castro capitalizan y representan cada hito en el camino. Es lógico. De ellos fue la apuesta y quieren el rédito.

Para Castro, esas formas de avanzar le permiten controlar el ritmo del cambio sin transformación. Los mensajes de las instancias del oficialismo cubano hablan de victoria. La isla no doblegada ante “el Imperio”. La dignidad nacional no sólo preservada sino prevaleciente, gracias a los hermanos Castro, garantes y valedores de la nación. Además, Raúl, como jefe del Estado, se beneficia de la ausencia de equilibrios y balances en el sistema político cubano. En definitiva, no hay y la gestión de la negociación no es discutida. El régimen sigue y se afianza ante los cambios en curso y por venir. No hay ruptura. El castrismo inmóvil y en movimiento a la vez.

Por el contrario, Obama sabe que cuenta con severos críticos en Washington. Desde la Casa Blanca, cada avance en la negociación con Cuba sirve para recordar que el cuadragésimo cuarto presidente de los EE.UU. es el que trae la transformación, el hombre del cambio. Las políticas anticuadas de la Guerra Fría se acabaron. Change made in Obama.

Y frente al cambio, no la continuidad, la inmovilidad. El Partido Republicano manifestando su oposición a cada paso. Los precandidatos a la presidencia expresando su firme rechazo a las “concesiones” –una forma elegante de llamar derrotas a las gestiones del presidente Obama–. Pero esta es una oposición de palabras, de cara al mercado electoral nacional. Las elecciones llegan y hay que debilitar las posibilidades de continuismo demócrata. Mensaje de enmienda a la totalidad. Pero aquí no hay más margen; bien distinta es la situación en el Congreso, donde la mayoría republicana sí vale. Porque cualquier cambio sustancial y de fondo pasa por la aprobación de las Cámaras. Obama adelanta lo que puede desde el ejecutivo, controla el proceso y posterga el momento de pedir a Senado y Cámara, por ejemplo, el fin del embargo. La centralidad del presidente, del ejecutivo, es la forma de garantizar que el diálogo siga y la negociación bilateral no pare.

Y en todo esto, ¿qué supone el anuncio de la reapertura de las embajadas? Pues a la vez poco y mucho. Mucho porque demuestra que el diálogo avanza. Que ambas partes ganan confianza y con prudencia avanzan. Ni Cuba ni los Estados Unidos se estancan; no enfocan la negociación en aquellos aspectos, que no faltan, en los que el acuerdo es por ahora imposible –desde el embargo a Guantánamo a los derechos humanos y las libertades políticas–.

Ya se llegará a ello. Por ahora, normalidad para la normalización de relaciones. Lenguaje diplomático sin vencedores ni vencidos. Los negociadores de ambas partes conocen la importancia de los símbolos y no será uno menor la imagen de la bandera cubana ondeando en Washington, D.C. y la de la bandera de las barras y estrellas en La Habana.

Pero al mismo tiempo, decía que esto supone poco. Porque los temas de fondo siguen a la espera y, sobre todo, porque abrir embajadas no implica que éstas tengan una agenda de trabajo profundo. Los próximos pasos en la distensión se seguirán desarrollando a “alto nivel”, con prudencia.

Incluso, el hecho de que haya embajadas no quiere decir que haya embajadores. En el caso de los Estados Unidos el presidente designa y el Senado confirma. ¿Habrá confirmación con una mayoría republicana? En todo caso, el diálogo de “alto nivel” alrededor de los Castro y Obama sigue. No es poco.

¿Una embajada sin embajador?

Jeffrey DeLaurentis, actual jefe de la Sección de Intereses de EE.UU. en La Habana, sería uno de los candidatos a embajador en Cuba cuando se reabra la oficina diplomática el 20 de julio. DeLaurentis ha participado en los procesos sociales de Cuba desde 1993, cuando hizo parte del equipo consular estadounidense en la zona. De 61 años, DeLaurentis tiene un posgrado en Asuntos Internacionales de la Universidad de Columbia y tiene una gran experticia en el trato con los políticos cubanos. Sin embargo, su posición como embajador podría trucarse por el bloqueo que anunciaron algunos senadores republicanos en EE.UU. El Congreso definirá el futuro del embargo a la isla, activo desde 1961 y punto esencial de las negociaciones entre los dos países, y también tendrá en sus manos la aprobación de la financiación para la apertura de la embajada. Así las cosas, DeLaurentis podría terminar como una suerte de embajador sin título desde su puesto actual, mientras Obama lucha por retirar el embargo.
 

* Licenciado en Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales.

 

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