Ser o no ser “Charlie”

Entre líos por exceso de dinero, estrés postraumático y escándalos sentimentales, surgen dudas sobre la continuidad del semanario.

Todavía dejan flores en la sede del semanario satírico “Charlie Hebdo” en París. / Ricardo Abdahllah

La calle Nicolas Appert, donde está el edificio que servía de sede al semanario, y la Plaza de la República, en la que convergieron las manifestaciones de solidaridad del 11 de enero, siguen siendo el escenario de los tributos improvisados a los caricaturistas de Charlie Hebdo.

Casi cinco meses después de que los hermanos Kouachi masacraran a la mayoría de la redacción, admiradores de vieja data y turistas de paso por París todavía dejan flores, notas manuscritas o lápices de colores como homenaje a la osadía de Charb y Cabu, a los dibujos elegantes de Honoré y a las curvas de las mujeres de Wolinsky. Frente a la mirada de los policías que aún custodian el lugar, no pocos escriben sus frases directamente en las paredes.

El ambiente es diferente en el piso fortificado en la sede de Libération donde los sobrevivientes, encerrados tras puertas blindadas y bajo la mirada de las cámaras de vigilancia, siguen sacando cada semana una edición de Charlie. Al estrés postraumático que obliga a varios de los sobrevivientes a seguir un tratamiento psicológico y les impide trabajar normalmente, se suman problemas en el manejo de las finanzas de una publicación que pasó del borde de la bancarrota a una salud monetaria rara en la prensa impresa de nuestros días. Si hacía falta un elemento a la telenovela, la tragedia de enero terminó por despertar episodios sentimentales que han sido largamente retomados por las revistas de farándula y la prensa cercana a la extrema derecha: dos tipos de publicaciones que nunca miraron con buenos ojos la línea satírica del semanario.

Las secuelas del crimen

“Ya no seré Charlie Hebdo, pero siempre seré Charlie”, afirmó Renaud Luzier a Libération el pasado 18 de mayo. Así confirmaba los rumores que circulaban hacía semanas sobre su retiro de la publicación. Si era predecible que cuando una redacción es diezmada a balazos habrá llegadas y partidas entre los dibujantes del semanario, su renuncia es significativa: no sólo fue él quien dibujó la portada de “Todo está perdonado” con la que Charlie volvió a circular tras el ataque, sino la célebre ilustración de Mahoma tomándose la cabeza a dos manos mientras dice “Es duro que te amen los imbéciles”, tras la cual fue incendiada la sede de la revista. Luz, como es conocido el caricaturista, había declarado hace unos días que no dibujaría más al profeta “porque estaba harto, porque también en una época Sarkozy me aburrió como personaje y dejé de dibujarlo”.

Luz afirma que no existe un conflicto personal con los demás dibujantes, que se dedicará a proyectos más en la línea de Catársis, el cómic que acaba de publicar.

Según su amigo cercano, el periodista Vincent Bruner, “ya no le es posible encontrar inspiración en la actualidad política y tampoco puede trabajar tranquilo con la protección policial. Luz me daba como ejemplo la idea de ir a una soirée fetichista como la Noche Demonia y tener que convencer a los cinco ‘tombos’ que lo cuidan de vestirse de cuero”.

La dibujante Zineb El Rhazoui, quien se salvó de los atentados por encontrarse en su Marruecos natal, expone un argumento similar. Había realizado para Charlie reportajes sobre los países del Magreb y, por supuesto, tras el atentado de enero no puede realizar trabajo de terreno en esa zona en la que es especialista. La dirección de la casa de su compañero en Marruecos llegó incluso a circular en sitios de internet afiliados al islamismo radical.

“Pero en París la cosa tampoco es fácil”, afirma la periodista, quien dice que desde enero no ha tenido una residencia fija y que ha alternado “entre hoteles y sofás de amigos”, pero que ha cumplido sus obligaciones con el semanario. Sin embargo, el pasado 13 de mayo recibió de la jefa de personal de Charlie , Marika Bret, una carta en la que la dirección la convocaba para una entrevista “previa al despido por falta grave”.

El dinero

Aunque la dirección rectificó que la intención de la carta enviada a El Rhazoui no era despedirla, quedó en evidencia que existe una división entre “directivos” y “empleados” y fue percibida al menos en parte como una respuesta a la carta abierta publicada en el diario Le Monde por El Rhazoui, Luz, el médico y columnista Patrick Pelloux y otros doce colaboradores del semanario, en la cual los firmantes pedían un cambio en la estructura de Charlie como empresa y una participación colegiada en las acciones.

“Cuando el periódico iba mal, todo mundo prefería ser empleado porque eso garantizaba una entrada fija y sin riesgos. Ahora es normal que todos quieren ser accionistas. No se les puede juzgar por eso, pero también entiendo la posición de los que se habían arriesgado invirtiendo en el diario durante los malos tiempos”, opina un colaborador ocasional de Charlie que prefiere no ir más allá en la polémica.

A finales del año pasado, Charlie pasaba uno de los períodos más difíciles de su historia. Si en otros momentos habían sido la censura o las amenazas, ahora el problema era que, aunque los suscriptores seguían siendo fieles, las ventas en kiosco no paraban de caer. La ola de solidaridad que siguió a la masacre trajo mucho dinero. “Tal vez más del que podíamos manejar. Es normal que todo mundo tenga sus reivindicaciones, pero es muy triste que la gente tenga la impresión de que nos estamos matando entre nosotros por los ‘beneficios’ de la tragedia”, opina Richard Malka, abogado del diario.

Entre donaciones y aumento en las ventas, la suma llegaría a los 30 millones de euros. Según Malka, siempre ha estado claro que las donaciones, que corresponden a una quinta parte de la cifra, han ido y seguirán siendo entregadas a las familias de las víctimas. El manejo de las utilidades de la publicación, cuya circulación después de la euforia de las primeras “ediciones de los sobrevivientes” parece estabilizarse alrededor de 100.000 ejemplares, es más complicado.

Antes de los hechos de enero, los accionistas propietarios de Charlie eran Laurent Riss Sourrisseau, Eric Portheault y Charb. Más que una repartición de las ganancias, Riss, herido en el atentado, y Portheault, que salió ileso escondiéndose bajo un escritorio y actualmente es el gerente del semanario, se han mostrado interesados en invertirlas para crear una fundación para defender la libertad de prensa.

Las pasiones

Si la parte de Charb fue heredada por sus padres es porque el dibujante no sólo era soltero y sin hijos sino porque públicamente no dejaba de afirmar su libertad sentimental. Por eso fue una sorpresa para la familia Charbonnier que, tras los atentados, Jeannette Bougrab, afiliada al partido derechista UMP y quien fuera secretaria de la Juventud durante el gobierno de Nicolás Sarkozy, se presentara como “compañera” del dibujante. Mientras la familia afirma que Charb sostenía varias relaciones duraderas pero sin exclusividad, Bougrab llegó a declarar ante un escriba público las cartas, fotografías y dibujos que probarían el afecto que el asesinado director de Charlie mostraba por ella y su hija. La publicación Le Point afirma que Bougrab pasó incluso por un intento de suicidio y que pidió y logró ser nombrada en un cargo como agregada cultural en la embajada francesa en Helsinki “para escapar de París”.

En las entrevistas de presentación de Malditas, su más reciente libro, en el que habla de las mujeres que han marcado la historia, Bougrab no ha dejado de atacar a varios de los sobrevivientes. Sus más duras declaraciones han sido contra Luz, a quien ha tildado de “cobarde que se salvó gracias a un guayabo” y de “demostración viviente de que el trasplante más difícil es el de cojones”. Al haber decidido no dibujar más a Mahoma, Luz habría “concluido el trabajo de los hermanos Kouachi”, según Bougrab.

“A la gente le fascina vernos como héroes en caída libre. Todos invocan el espíritu de Charlie para cualquier cosa, y nosotros somos los únicos que tenemos el pudor de no hacerlo”, afirma Luz en la entrevista dada a Libération. El jefe de redacción de Charlie Hebdo, Gérard Biard, que estaba en Londres el día de la masacre, parece hacerle eco cuando dice que “apenas somos periodistas. No queremos ser símbolos de nada”.