Sexo, mentiras y feng shui

Nina Wang o “Little Sweetie” era, probablemente, la mujer más excéntrica de Asia y, seguro, la más rica.

Murió en 2007 a los 69 años, dejando 100.000 millones de dólares hongkoneses (24 billones de pesos). Se la conocía por su imagen aniñada: coletas alzadas, minifaldas, calcetines coloreados y la compañía de mascotas. También por su aversión al gasto: organizaba cenas en McDonald’s, no subió el sueldo de su criada en 14 años y podría haber atajado el cáncer de ovarios que la mató si hubiera acudido antes al médico. Y, a la vez, se dedicó a la filantropía y persiguió el Nobel de la Paz, pretendiendo juntar al Gobierno chino con el Dalai Lama.

Poco después de morir apareció en escena Tony Chan, un improbable maestro de feng shui, esgrimiendo un testamento en el que figuraba como único beneficiario. Chan había sido camarero y vendedor a domicilio antes de especializarse en la filosofía que busca el equilibrio de los elementos de la naturaleza. Se habían conocido en 1992, cuando Nina Wang le pidió ayuda en la búsqueda del marido secuestrado, quien nunca apareció a pesar de pagar el rescate.

El fracaso no redujo el fervor de Nina por el feng shui ni por Chan, quien pasó a ser su consejero personal y, según él, amante. Durante años se dedicaron a enterrar monedas, jade y oro a lo largo de la isla en busca del equilibrio cósmico. El tribunal probó su relación y también que Chan recibió regalos carísimos, y que su fortuna se elevaba a 2.100 millones de dólares hongkoneses (500 mil millones de pesos) en 2006. Pero aclaró igualmente que una cosa son regalos y otra, la herencia. Y que la firma de Nina en el testamento no es auténtica, así que al playboy lo espera un juicio por falsificación. El dinero irá a los pobres.

Nina tuvo una de esas vidas apretadas. Nació pobre en Shanghai y se casó con Teddy Wang, su novio de la infancia. Juntos convirtieron la empresa química familiar en un imperio inmobiliario en Hong Kong, donde levantaron cientos de viviendas y centros comerciales. Su marido fue secuestrado por primera vez en 1983 y, tras ser liberado después de permanecer diez días atado a una cama, agredió a su esposa por pagar el costoso rescate. Quizá por eso, cuando de nuevo lo secuestraron, diez años después, Nina pagó la mitad y su marido no apareció.

El mayordomo que siempre la acompañó, aclaró en el juicio que Teddy fue su único amor y que, poco antes de que el cáncer la consumiera, se acercó al muelle donde los secuestradores habían tirado el cuerpo de su marido y lanzó una cinta en la que prometía que siempre lo amaría. En el imponente horizonte de Hong Kong destacan dos rascacielos, la Torre Teddy y la Torre Nina, construidos por Nina después de la muerte de su esposo, como símbolo eterno de su amor.

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