Shirley Chisholm, una mujer con coraje

Fue la primera congresista negra de Estados Unidos y la primera mujer afroamericana que presentó su nominación a la Presidencia por el Partido Demócrata.

Shirley Chisholm fue la primera congresista negra de Estados Unidos.
Shirley Chisholm fue la primera congresista negra de Estados Unidos.

En una granja de Vauxhall —un pueblo de Barbados—, una abuela le enseña a su nieta neoyorquina que hay tres cosas en la vida de las que no debe prescindir: la fuerza, la dignidad y el amor. La nieta, que se llama Shirley Anita, nació en Brooklyn, en noviembre de 1924. Es hija de inmigrantes caribeños. Su madre, Ruby Seale, emigró de Barbados a Nueva York siendo muy joven. Su padre, Charles Christopher St. Hill, nació en la Guayana Británica. El padre trabaja en una fábrica de bolsas. La madre combina su trabajo de empleada doméstica con el cuidado de sus tres hijas pequeñas. No es una tarea fácil para la señora Seale. Por eso, ella y su esposo deciden enviarlas al Caribe durante una temporada. Entre 1929 y 1934, las hermanas St. Hill-Seale vivieron en Barbados.

En la universidad, Shirley Anita empieza a desarrollar sus inquietudes políticas y a expresar su preocupación por los problemas de su barrio, Bedford-Stuyvesant, en Brooklyn. Obtiene una licenciatura en humanidades en el Brooklyn College. Después, mientras acude a clases nocturnas de educación primaria en el Teachers Collegue de la Universidad de Columbia, trabaja como ayudante en una guardería. Llega a ocupar puestos de profesora de educación preescolar, de directora de escuela y de consultora educativa para la Oficina de Asistencia Infantil de la ciudad de Nueva York.

Con el tiempo, Shirley Anita descubre que “el estereotipo emocional, sexual y psicológico de las mujeres comienza cuando el médico anuncia: ‘Es una niña’”. Sabe que, para actuar en el escenario político estadounidense, ser mujer, y negra, no es precisamente una ventaja. Pero está dispuesta a luchar. Si no hay un lugar para ella en la mesa de la clase dirigente, “llevará una silla plegable”.

En 1949 se casa con Conrad Chisholm, su primer esposo —se divorció en 1977 y se casó con Arthur Hardwick, Jr.—. Ingresa en la Asamblea del Estado de Nueva York en 1964. Le interesan, sobre todo, las causas que incluyen a los pobres, las mujeres, los homosexuales y los negros. Trabaja en un proyecto de ley para que los empleados domésticos puedan obtener mejores condiciones laborales. Defiende los derechos de los inmigrantes y dirige un programa que provee asistencia académica y financiera a estudiantes universitarios de escasos recursos. En 1968, el año en que Richard Nixon ganó la Presidencia, se convirtió en la primera congresista afroamericana de Estados Unidos. Y aún tenía aspiraciones más elevadas. En una iglesia bautista de Brooklyn, un 25 de enero de 1972, Shirley Chisholm se presentó como candidata a la Presidencia de Estados Unidos por el partido demócrata. Un desafió para la clase política estadounidense: nunca antes una mujer negra había aspirado al cargo.

Entre vítores y aplausos, desde un atril cargado con una maraña de cables y micrófonos, la congresista Chisholm les habló a sus seguidores: “Me presento ante ustedes hoy para repudiar la ridícula idea de que el pueblo estadounidense no va a votar por un candidato calificado, simplemente porque no es blanco o porque no es un hombre. No creo que en 1972, la gran mayoría de los estadounidenses siga albergando prejuicios estrechos y mezquinos”.

Es grácil como una espiga de trigo. Tiene labios gruesos, ojos pequeños, con los párpados ligeramente caídos, y un llamativo lunar en la barbilla. En sus apariciones públicas suele llevar estilosos conjuntos de chaqueta y falda, zapatos de tacón mediano, gafas estilo “ojos de gato” y un peinado impecable. Shirley Chisholm se siente orgullosa de ser negra, pero no quiere ser “la candidata de la América negra”. Se siente orgullosa de ser mujer, pero tampoco quiere ser la candidata de las mujeres estadounidenses. Quiere ser la candidata de la gente.

“¿Qué piensa su marido de todo esto?”, le preguntan con sorna algunos congresistas. Shirley Chisholm se da cuenta de que sus colegas masculinos tratan a las mujeres que participan en política “como el consejero de la escuela trata a las niñas”, o “como alguien que está jugando a la política a tiempo parcial”. Cree que el Congreso está regido por “un grupito de viejos”. Cuando empieza a seleccionar el personal que va a trabajar bajo su dirección, decide que todas serán mujeres. Más de la mitad de ellas, afroamericanas. Le asignan el Comité de Agricultura. Le parece absurdo. ¿Qué puede saber ella, una mujer de ciudad, con su preparación académica, de asuntos de agricultura? Se implica en la creación del Programa Suplementario Especial de Nutrición para Mujeres, Bebés y Niños, y en la ampliación del programa de cupones de alimentos. Luego pasa al Comité de Asuntos de Veteranos; tampoco se siente conforme, pero asume el cargo como un paso más: “Hay muchos más veteranos en mi distrito que árboles”, dice. Finalmente obtiene lo que quería: trabajar en el Comité de Educación y Trabajo.

Una de las batallas cotidianas de la congresista Chisholm es el machismo: “Me encontré con una mayor discriminación por ser mujer que por ser negra. Los hombres son hombres”, explicó en 1982 a la agencia de noticias Associated Press. Está en contra de los estereotipos que limitan las posibilidades profesionales de las mujeres. Invita a las mujeres a que sean revolucionarias, a cuestionar las actitudes negativas que tienen con respecto a su propia feminidad y a tomar las riendas de su destino. También respalda la legalización del aborto: “Las mujeres siempre los han tenido; los tienen y siempre los tendrán. ¿Van a tener un buen aborto o uno malo? ¿Los buenos estarán reservados para los ricos, mientras que las mujeres pobres van a curanderos?”.

Cuando se pronunció en contra de la guerra de Vietnam, algunos de sus compañeros del Congreso dijeron que se había vuelto completamente loca. Otros le advirtieron que no era prudente que hiciera ciertas declaraciones en público. Para disgusto de la mayoría de sus colegas, Shirley Chisholm jamás se queda callada. Dice que su boca es su mayor activo político. A veces se siente pequeña, “como si estuviera frente a una pared de ladrillos sin fisuras”, como si nadie estuviera escuchando lo que ella tiene que decir, pero cuando habla, con su oratoria firme y elegante, despacha verdades que pinchan como púas. Es capaz de decir: “Nosotros, los estadounidenses, hemos llegado a creer que nuestra misión es hacer el mundo libre. Creemos que somos los buenos, en todas partes, en Vietnam, en América Latina, donde quiera que vayamos. Creemos que somos los buenos en casa, también. (…) A menos que comencemos a luchar y a derrotar a los enemigos en nuestro propio país, la pobreza y el racismo, a hacer que nuestro discurso de la igualdad y la oportunidad sea verdadero, cada vez que hablemos de hacer que la gente sea libre, nos mostraremos a los ojos del mundo como hipócritas”.

Desde el principio, antes de que George McGovern resultara vencedor de la nominación demócrata, Shirley Chisholm supo que tenía pocas posibilidades de ganar las primarias. El camino estaba lleno de baches. Tuvo que quejarse ante la Comisión Federal de Comunicaciones para poder participar en un debate televisivo junto a sus rivales, McGovern y Hubert Humphrey. Fue víctima de varios intentos de asesinato. Algunos políticos blancos de su partido no la tomaron en serio. Algunos hombres negros no votaron por ella porque no era la “candidata de todos los negros”, sino la “candidata de las mujeres”. No contaba con suficiente dinero para financiar su campaña. Tampoco contaba con el apoyo de los medios de comunicación, de personalidades famosas ni de políticos de renombre.

“Me presenté a la Presidencia, a pesar de las pocas probabilidades de victoria, para demostrar la fuerza de voluntad y el rechazo a aceptar el statu quo. La próxima vez que una mujer se presente como candidata, o un negro, o un judío o cualquier otra persona perteneciente a un grupo para el que la población ‘no está preparada’, creo que él, o ella, será seriamente tomado en cuenta desde el principio… Yo me presenté porque alguien debía ser el primero”.

A partir de 1983, y después de siete períodos, Shirley Chisholm dejó de trabajar en el Congreso. Sin distanciarse por completo de la política, volvió a dedicarse a la enseñanza y cofundó el Congreso Nacional de Políticas de la Mujer Negra. Murió en su casa de Florida, el primer día de enero de 2005, a los 80 años. Antes, le había contado a la cineasta Shola Lynch, directora de un documental sobre su vida, cómo deseaba ser recordada:

“Cuando muera, quiero ser recordada como una mujer que vivió en el siglo XX y que se atrevió a ser un catalizador del cambio. No quiero ser recordada como la primera mujer negra que llegó al Congreso. Y no quiero ser recordada como la primera mujer negra que se presentó a la Presidencia. Quiero ser recordada como una mujer que luchó por el cambio en el siglo XX. Eso es lo que quiero”.

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