Sin novedad en el frente de EE. UU.

En una discusión enfocada en Oriente Medio, los candidatos a la presidencia dejaron en claro que, con cualquiera que llegue a la Casa Blanca, la política exterior no dará un giro significativo.

El último debate fue seguido por millones de personas en EE.UU. y el mundo. Según las encuestas, Obama fue el vencedor.  / EFE
El último debate fue seguido por millones de personas en EE.UU. y el mundo. Según las encuestas, Obama fue el vencedor. / EFE

La exitosa serie televisiva Homeland, que sigue las hazañas de la agente de la CIA Carrie Mathison y sus intentos de desbaratar un ataque terrorista por parte de Al Qaeda, abrió su segunda entrega en medio del escenario de un bombardeo preventivo de Israel hacia las instalaciones nucleares iraníes. La segunda temporada llegó en perfecta concomitancia con la parte final de la carrera presidencial estadounidense entre Mitt Romney y Barack Obama. Bob Schieffer, el presentador del último debate presidencial, centrado sobre temas de política exterior, debe ser un gran aficionado de la serie, al punto que les preguntó a los candidatos qué harían en caso de que los israelíes les anunciaran que sus bombarderos están de camino hacia Irán. El mismo Romney encontró la pregunta algo surrealista, y la respuesta de los candidatos sobre el escándalo nuclear iraní fue bastante parecida: que sigan las sanciones económicas, la intervención armada queda sólo como último recurso.

La anécdota dice mucho sobre la baja calidad del debate y sobre la parecida postura de los candidatos respecto a una política exterior que realmente no existe. Las flojas preguntas del presentador están en línea con la postura de los candidatos, que no se lanzaron a conseguir la victoria final. Romney no arrinconó a Obama ni mostró toda la potencial testosterona belicista típica de los Republicanos. Obama, al contrario, intentó llevar continuamente el debate desde temas de política exterior a cuestiones internas ya discutidas al infinito en los precedentes debates.

Aparte de las recurrentes fugas a la política interna, el tercer y último debate presidencial se centró casi por completo sobre Oriente Medio y las cuestiones económicas de China, aunque acabó sin que se profundizara realmente ninguna de las dos cuestiones. Aparte de estos temas, sólo hubo una breve mención a América Latina, con Romney en desesperada búsqueda del voto latino.

Pero sobre Oriente Medio faltaron aquellas preguntas que dan sentido al trabajo de un periodista y que habrían podido aportar interés al debate. De hecho, en medio de tanta superficialidad, los iraníes no salieron del debate demasiado preocupados por una posible intervención militar contra sus instalaciones nucleares y los israelíes se conformaron con las palabras de amor de ambos candidatos.

Al contrario, los palestinos deben haber saboreado algo amargo el primer café de la mañana: sólo los mencionaron una vez a lo largo del debate y no se hizo ninguna pregunta sobre un proceso de paz estancado desde hace años. Una expresión clara del escaso interés estadounidense en implicarse en la búsqueda de una verdadera solución, en línea con el primer mandato de Obama y que se traduce en el mantenimiento del statu quo actual. Al respecto, si Romney hizo suyo a lo largo de su campaña el lema “Irán está a cuatro años de tener arsenal nuclear”, también se le debería recordar a los candidatos que de esta forma Israel está a cuatro años de anexionar por completo el territorio palestino.

Ambos candidatos expresaron poco interés y emoción sobre Oriente Medio, una región que está viviendo un momento sin duda histórico y cuyas sublevaciones Romney definió despectivamente como tumultos, o sea, según el diccionario de la RAE, confusión agitada o desorden ruidoso. Difícilmente habrán tomado estas palabras con alivio allá en las calles de Oriente Medio, donde en los últimos dos años muchos perdieron la vida o la de parientes o amigos para derrocar a los mismos regímenes hasta el momento soportados más o menos directamente por la gran potencia mundial.

El debate ha dejado a los candidatos de acuerdo sobre el necesario despliegue de tropas de Afganistán y la falta de condiciones para una intervención militar directa en Siria. Quien esperaba una vibrante discusión que trazara las líneas base de la próxima política exterior estadounidense, mejor que se conforme con un statu quo que sólo llevará a exacerbar las tensiones. Y los partidarios de la intervención belicista de Estados Unidos de los tiempos del pistolero Bush, mejor empiecen a seguir la serie Homeland.

 

* Profesor de la Universidad del Rosario e investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes.