Siria, entre los fusiles y los votos

Se da por descontado el triunfo de Bashar al Asad

El cartel en la ciudad de Homs, con la imagen del presidente Al Asad, dice: “Construimos juntos”. / AFP

Luego de tres años de guerra, catorce de gobierno de Bashar al Asad (sumados a los treinta años de su padre) y décadas de un régimen de partido único, Siria vivió unas elecciones cuya principal novedad fue el multipartidismo. La última elección había sido hace cincuenta años (los anteriores comicios fueron referendos para continuar con el poder).

Un total de 24 personas se presentaron para ser candidatos, de los cuales sólo tres cumplieron con los requisitos establecidos, dentro de los que figuran: ser musulmán, no tener otra nacionalidad y haber vivido en Siria en los últimos diez años, con lo cual quedaron descartados muchos nombres de la oposición.

Los candidatos eran: el presidente Bashar al Asad, Mahjer Hajjar y Hassan Al-Nouri. Al Asad está en el poder desde 2000 y competía por un tercer mandato de siete años. Hajjar, que tiene el apoyo de los cristianos, es líder de un pequeño partido disidente del Partido Comunista que cuenta con sólo dos parlamentarios. Y Nouri es el tercer candidato, aún más desconocido que Hajjar.

Los puestos electorales se instalaron en la parte controlada por el gobierno pero, obviamente, no en las zonas bajo control rebelde. Y en las zonas estatales, el miedo y la propaganda movilizaron a parte de los votantes. Las consignas para alentar a la participación incluyeron la amenaza de que el país se dividiría sin Al Asad y se jugó con el miedo de los chiíes a un gobierno suní, temor que se nutre de las acciones de Al Qaeda contra la población civil.

Según los datos disponibles, hay 7 millones de desplazados y 2,5 millones de refugiados, lo que significa que más del 45% de la población ha cambiado de lugar de vivienda debido al conflicto. En los campos de refugiados se extendió el rumor de que quien no votara, no podría regresar a Siria, lo que explica parte de la participación electoral en el exterior a través de las embajadas sirias.

El contexto de las elecciones es muy complejo: 162.000 muertos, miles de detenidos, reportes de violencia sexual, torturas y uso de armas químicas. Además, se calcula en 3.000 el número de muertos en combates entre los diferentes grupos que luchan contra el gobierno, lo que muestra una alta fragmentación militar y política. En el plano internacional, Rusia le arrebató el liderazgo a Estados Unidos con la decisión de mediar para la destrucción de armas químicas por parte del régimen, dejando a Estados Unidos sin argumentos sólidos ni “líneas rojas”.

El multipartidismo llega tarde, fue fruto de una reforma constitucional de 2012 y es tal vez el “único logro” de la oposición hasta el momento de cara a reformas institucionales, pero los requisitos para ser candidato parecen haber sido formulados pensando en cerrar el paso a potenciales figuras de la oposición. Los otros dos candidatos no ofrecían peligro alguno y más bien legitimaron con su presencia el triunfo de Al Asad, mientras la realidad de la guerra hace imposible hablar de prácticas democráticas.

No hubo una oposición real en las urnas, no hubo posibilidades físicas de votar en todo el país y no hay un contexto que permita hablar de un proceso legítimo. Remover a Al Asad del poder parece cada vez algo más difícil de lograr: ni las propuestas de un gobierno de transición (que incluya la salida del actual presidente) han tenido eco, ni la lucha armada ha triunfado, ni tampoco lo ha hecho la vía electoral. Hoy, Siria sigue desangrándose entre los fusiles y los votos.

 

*Profesor Universidad Javeriana @DeCurreaLugo

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