Siria, mirando a Libia

La situación de Bashar al Asad es insostenible en el tiempo. Francia, EE.UU. e incluso Irán, aliado del régimen sirio, piden abrir el diálogo.

Siria no es Libia, pero tampoco son muy diferentes. Hay elementos comunes: tienen desde años un régimen de gobierno de partido único, hay debates sobre libertades políticas y críticas por el favoritismo de ciertos grupos (tribus en el caso de Libia y alawies en el caso de Siria) y, lo más importante, en ambos países han florecido las revueltas árabes, aunque con agendas algo diferentes.

En el caso de Siria hay algunos antecedentes de las protestas sociales como el Manifiesto de los 99, publicado en el año 2000, y la Declaración de Damasco, de 2005, los cuales en esencia representaban la voz disidente de la sociedad frente a la política estatal. Por ejemplo, el Manifiesto propendía por el fin del estado de emergencia, el perdón público para todos los detenidos políticos, la libertad de reunión, prensa y expresión y la liberación de la vida pública, en contra del control social que le imponía el Estado. Este manifiesto es la “carta de bienvenida” de los intelectuales a Bashar al Asad, en ese momento recién llegado al poder.

Durante las recientes protestas, tanto Al Asad como Gadafi han cometido errores similares: la explicación simplista de la presencia de “grupos terroristas”, la “mano oculta” de la CIA como responsable última de todas y cada una de las manifestaciones, la negación de los crímenes contra la población civil que participa de las protestas y la falta de espacios de diálogo político con la oposición.

Esa falta de diálogo político, más la abierta persecución a los primeros grupos de oposición organizados en Bengasi, le valió a Libia la militarización de la revuelta y la lucha armada como alternativa. La situación de Al Asad es insostenible en el tiempo. Resulta curioso que llegan voces desde extremos diferentes pidiendo al presidente sirio lo mismo: la apertura de un espacio de diálogo, piden Francia, con su arrogancia de antiguo poder colonial; los Estados Unidos, sin encontrar un discurso claro frente a la coyuntura general de las revueltas; Turquía, que se erige cada vez más como líder regional, y hasta Irán, que entiende la fragilidad del régimen sirio.

Tanto en Libia como en Siria florecieron organizaciones civiles de oposición: en Libia, el Consejo de Bengasi, y en Siria, un Consejo Nacional. En ambos casos se discutió su legitimidad, pese a que estaban más enfocados en buscar un proceso de negociación que una guerra contra el régimen.

En Libia, el andamiaje jurídico-político de las Naciones Unidas permitió una acción militar rápida y consensuada; en Siria no sería así: ya China y Rusia vetaron intentos de resoluciones contra Siria, en donde existe la única base militar rusa fuera de la antigua Unión Soviética.

Pero las protestas sirias, en principio pacíficas, han tomado un nuevo giro, tanto por la deserción de soldados del ejército sirio que se oponen a disparar contra los manifestantes, como por la aparente entrada de armas al país. Depende de Al Asad, como dependió en el caso de Libia de Gadafi, si empuja a la oposición a la lucha armada. En Libia, el ejército se dividió; en Siria, la oficialidad se mantiene unida, pero las deserciones crecientes de militares de bajo rango empieza a preocupar al régimen. Siria no es Libia, ya lo dijimos, pero recordemos que Mubarak dijo que “Egipto no es Túnez” y Gadafi dijo que “Libia no es Túnez ni Egipto”. Veremos qué dice Al Asad.

*PhD, profesor de la Universidad [email protected]

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