La sorpresa electoral: Donald Trump se convirtió en presidente de EE. UU.

Estados Unidos no fue ajeno a la revolución que se gestó desde las urnas este año: el magnate republicano, el más improbable candidato, ganó la Casa Blanca, que ocupará a partir del 20 de enero.

El presidente Barack Obama se reunió con el mandatario electo, Donald Trump, el 10 de noviembre en la Casa Blanca.
El presidente Barack Obama se reunió con el mandatario electo, Donald Trump, el 10 de noviembre en la Casa Blanca.AFP

“Lamento no haber ganado estas elecciones, pero siento un gran orgullo y gratitud por esta maravillosa campaña en la que trabajamos juntos. Creo en Estados Unidos. Y si creemos en nuestro país debemos aceptar el resultado. Trump será nuestro presidente, le debemos una mente abierta y la oportunidad de ser nuestro líder”.

Con esta frase, la demócrata Hillary Clinton (la mejor candidata en la reciente historia de Estados Unidos por su experiencia y preparación) aceptaba la derrota frente al más improbable candidato: el republicano Donald Trump.

El 8 de noviembre sucedió lo que encuestas, periódicos y buena parte de Estados Unidos consideraban imposible: la estrella de un reality-show (El Aprendiz), el polémico empresario inmobiliario, el hombre que expuso los desastres del Partido Republicano (tras unas primarias vergonzosas) ganaba la presidencia de la primera potencia mundial.

El magnate se quedó con 304 votos electorales, mientras que Clinton sumó apenas 227. Un triunfo contundente de Trump, al menos en el sistema electoral estadounidense, que establece que aquel que sume 270 votos electorales de 538 se queda automáticamente con la Casa Blanca. El resultado popular, en el que Clinton arrasó con más de 2’800.000 votos de diferencia, terminó siendo apenas una anécdota.

El gran mérito de Trump fue haber capitalizado lo que los políticos tradicionales ignoraron durante años: el cansancio y malestar de buena parte de la población con décadas de políticas que no los representan. El presidente electo de EE. UU. supo llenar el profundo vacío de líderes desde el día en que, con todo en contra, se postuló a las primarias republicanas.

En pocos meses hizo polvo a todos los candidatos que el partido pudo alguna vez haber concebido. Se volcó contra senadores, familias con profundas raíces políticas como la Bush y terminó saliéndose con la suya.

Donald Trump entró en 2016 en la historia política de Estados Unidos y, según él, reescribirá la historia de una nación que hoy es un desastre.

“En la Presidencia y el Congreso la incompetencia es increíble, la infraestructura del país está en ruinas, se desperdiciaron billones de dólares en guerras inútiles en Oriente Medio, se aisló a Israel —“nuestro único aliado real”—, se negoció un inservible tratado nuclear con Irán, todos los países con los que se firmaron tratados de libre comercio están llevándose los empleos y las ganancias, la clase media es cada vez más pobre y, como si fuera poco, Estados Unidos se convirtió en el basurero del mundo, a donde van a parar todos los criminales, violadores y malas personas de otros países, lo que representa un buen negocio para los presidentes del resto del mundo, pues se deshacen de lo peor”.

El próximo 20 de enero, cuando Donald Trump empiece su mandato, comenzará una nueva era en Estados Unidos. A partir de 2017, los republicanos tendrán mayor dominio que el de cualquier partido desde la Segunda Guerra Mundial. Además de controlar la Casa Blanca, las dos cámaras del Congreso, y la mayoría de las gobernaciones y legislaturas estatales, la vacante dejada en la Corte Suprema por la muerte de Antonin Scalia ya no podrá ser surtida por Barack Obama.

Desde que ganó en las urnas, hace 46 días, el magnate republicano se ha tropezado un par de veces con los límites del poder, pero sigue actuando como si estuviera en campaña: mantiene una retórica incendiaria que divide al mundo y al país. “¿Qué? Yo no hice nada para dividir a los estadounidenses, estaban ya divididos”, responde muy molesto cuando los medios le dibujan el país que él delineó con su campaña incendiaria y que comenzará a comandar.

La gran incógnita en Washington y el mundo es qué hará cuando tenga que actuar como Presidente. Sus nombramientos siembran dudas, sobre todo su relación con el presidente ruso, Vladimir Putin, cuyo papel en las elecciones fue confirmado por las agencias de inteligencia del país. ¿Cambiará Trump una vez llegue a la Casa Blanca? Dicen quienes lo conocen que en 70 años poco ha modificado su carácter.

 

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