Sudán del Sur, abismo de muerte para los niños

El conflicto civil que comenzó en 2013 ha producido el reclutamiento indiscriminado, violaciones y asesinatos de menores, que además están desprotegidos por carencia de servicios de salud y alimentación.

Flickr – DFIDUna madre con su hijo en el campo de refugiados de Jamam (Sudán del Sur).
En algún lugar de Sudán del Sur, África, un niño de 13 años llevaba mercancías a un grupo de comerciantes cuando fue secuestrado. Otro más iba a visitar a su familia y no se volvió a saber de él. Un joven atestiguó que, al subir forzado a un camión, vio a seis niños y que en breve les entregaron uniformes y armas y los enviaron a la línea de ataque, sin saber para quién peleaban ni por qué. En las afueras de la zona determinada por las Naciones Unidas para proteger a la población, en medio de una guerra civil que suma ya año y medio, un niño de quince años fue tomado a la fuerza. De allí, apuntan otros testigos, han sido tomados sin ninguna resistencia un joven de 17 años, un niño de 11, uno más de 15 y niños y adultos que caminan por la zona mercantil, reclutados por hombres que en ocasiones no tienen armas sino sólo la pura e insidiosa fortaleza de la palabra amenazante. 
 
Esta lista es singular, pero los métodos son generales. Desde diciembre de 2013, las etnias dinka y nuer se han enfrentado, con grupos paramilitares y oficiales, en una guerra civil que ha dejado al menos 10.000 muertos y cerca de 1.5 millones de desplazados. En medio de esa guerra, una de las poblaciones más afectadas son los niños. La ONU ha llamado la atención sobre su estado en la guerra: han sido víctimas de violaciones sexuales, asesinatos y torturas, y —según reportes recientes— más de un millón se encuentra en peligro de morir por hambruna. “Los supervivientes contaron que (los soldados) dejaban morir a chicos castrados —dijo Anthony Lake, director de la Unicef—, que niñas de apenas ocho años sufrían violaciones colectivas antes de ser asesinadas. (…) La violencia contra los niños de Sudán del Sur ha alcanzado un nuevo pico de brutalidad”.
 
A los niños los atan entre sí antes de ser degollados, los lanzan hacia edificios en llamas, eso cuentan. Dicen también que muchos de ellos toman un arma por primera vez y que aprenden a apuntar con el primer muerto. Dicen que son iniciados en la tortura y los métodos más crueles y que ya de niños sin apenas haber tenido la experiencia común de una escuela porque han sido desplazados y separados de sus familias, han vivido experiencias que nadie en toda su vida habrá de vivir. “Sé qué significa ser un soldado y es muy sucio —dijo un niño reclutado, y después desmovilizado, al diario The Guardian—. Sólo quiero ir al colegio”. Otro más dijo, lacónico: “Mire mi tamaño y el tamaño de este fusil. No es bueno”.
 
A través de los organismos oficiales y de las fundaciones, y de los diarios y revistas que han acudido al lugar, es posible reconocer el impredecible tránsito de su vida cotidiana. Todo comenzó, en realidad, por un asunto personal: el presidente Salva Kiir —etnia dinka— acusó a su entonces vicepresidente, Riek Machar —etnia nuer—, de planear un golpe de Estado en su contra. Machar estaba al lado de Kiir luego de que se concertara la repartición del poder entre las dos etnias principales del país, y como las afrentas personales del estado suelen resolverse con la sangre ajena, ambos mandatarios se encauzaron hacia una guerra civil que dividió a las comunidades del país. O se es parte del Ejército Democrático de Sudán del Sur o se es parte de la oposición. 
 
El punto medio es inaceptable. La guerra civil, alimentada por las ganancias de los yacimientos de petróleo que posee Sudán del Sur —pero cuyas líneas de distribución están en Sudán, de la que se independizó en 2011—, ha apuntado hacia los niños como carne de cañón y grupo de apoyo. Cerca de 5.560 menores habían sido reportados como desaparecidos para octubre de 2014, y sólo 393 habían vuelto con sus familias. 400.000 menores han dejado las aulas por el conflicto. En una crónica de David Smith en The Guardian, un niño cuenta que su aldea fue atacada y él se fugó llevando apenas un par de zapatos. “Pensé que mis papás también estaban corriendo —contó—. Pero cuando alcancé el campo de la ONU, ellos no estaban allí y pensé que quizá estaban muertos. Estaba muy asustado porque escuché muchos disparos y artillería”.
 
En 2014, ambas partes del conflicto se comprometieron a cesar el reclutamiento de menores y se mostraron indignadas con el estado falible de los menores. Sin embargo, un reporte de Human Rights Watch (HRW) apunta que los reclutamientos siguen, y que ninguna de las partes ha creado mecanismos fiables para detenerlos. Ambos ejércitos han firmado compromisos mientras en las aldeas y los puntos más cercados por el conflicto los niños son reclutados para labores como limpieza, transporte de armamento y ataque. El uso de menores de 15 años como activos en un ejército o un grupo ilegal es crimen de guerra. 
 
Las advertencias, aunque certeras, han sido desestimadas. “En Malakal —norte de Sudán del Sur—, las fuerzas del gobierno incluso toman niños que están dentro de las instalaciones de las Naciones Unidas”, dijo HRW. Esta semana, el director de la ONU, Ban Ki-Moon, dijo que es “un imperativo moral y una obligación legal” proteger a los niños en todos los conflictos: en Sudán del Sur, por lo menos 12.000 niños han sido reclutados, según la Unicef. La relación más reciente de esa cifra ocurrió en Malakal, en febrero pasado. Más de 90 niños fueron secuestrados, y aún no se sabe su destino. Un mes antes, en un escenario por completo contrario, 3.000 niños esperaban desmovilizarse y volver a sus colegios.