Terror en nombre de Dios, otra vez

Francia sigue de luto por la masacre perpetrada la semana pasada contra semanario satírico Charlie Hebdo. Ayer, al menos 40 gobernantes se sumaron a una masiva manifestación contra el terrorismo en París.

/ AFP

Dios no goza de la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Quien por lo tanto quiere conducir a otro a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, no de la violencia ni de la amenaza… Para convencer a un alma razonable no es necesario disponer ni del propio brazo, ni de instrumentos para golpear ni de ningún otro medio con el que se pueda amenazar a una persona de muerte.

Manuel II Paleólogo, Emperador Bizantino.

Tal y como sucedió tras el 11 de Septiembre, la masacre ocurrida en la sede del semanario Charlie Hebdo en París el pasado 7 de enero volvió a situar en el debate público el temor y el rechazo a la violencia cometida en nombre de Dios. Las sospechas iniciales de que los perpetradores de la masacre eran fundamentalistas islámicos quedó confirmada por un sobreviviente que escuchó invocaciones a Alá y el grito triunfante de que “se ha vengado al Profeta”. Y en uno de los vídeos que captaron momentos del ataque se escucha la frase “Dios es grande”.

Así, Charlie Hebdo se añade a los nombres del World Trade Center, Metro de Londres, Metro de Madrid, y Theo Van Gogh. El 7-E se sumó a las fechas del 11-S, 7-J, 11-M, 2-N. Y ahora, París engrosará la lista que encabezaban New York, Londres, Madrid y Amsterdam. Símbolos del terror, íconos de las victorias de un enemigo difícil de asir porque gana por varios frentes: derramando sangre inocente para aterrorizar, con la difusión mediática advirtiendo a los espectadores, y con la inmolación pública de sus protagonistas, personajes de culto para sus copartidarios.

Charlie Hebdo es también el símbolo de dramáticas ironías: en el epicentro de la Ilustración se impuso la sinrazón, en la cuna de la libertad se impuso el autoritarismo de los Kalashnikov; en la cuna de la laicidad, se impuso el fanatismo religioso; en la cuna de la fraternidad, se impuso el odio, en la cuna de la igualdad se impuso la discriminación de la ira.

Cuando reaparece en ciudades del primer mundo el terrorismo religioso –llámese yihadismo, radicalismo o fundamentalismo islámico- los formadores de opinión se preguntan, como lo hizo Nicholas Kristof, columnista del New York Times, al día siguiente de la masacre: ¿existe algo en el Islam que conduce irremediablemente a la violencia y al terrorismo?

A esta pregunta se suele responder instintivamente con dos sloganes validados por la corrección política: la religión y la violencia son inseparables; y la mejor respuesta ante el terror es proclamar nuestros valores occidentales. Sin embargo, ambas ideas se basan en verdades a medias o en presupuestos erróneos.

En su declaración condenando la masacre, el escritor Salman Rushdie escribió que “la religión, una forma medieval de sinrazón, cuando se combina con armamento moderno deviene en una amenaza real para nuestras libertades”. Y para que no quedara duda de cuál fue, en su opinión, la causa de lo ocurrido, apuntó que “el totalitarismo religioso causó una mortal mutación en el corazón del Islam y ahora vemos las trágicas consecuencias en París”.

Ciertamente, las decenas de atentados terroristas ocurridos desde la revolución iraní de 1979, inicio de los procesos de reislamización, inducen a pensar que la asociación entre religión y violencia es indisoluble. La mejor prueba de ello parecería ser que los propios autores de los actos terroristas reivindican una motivación y finalidad religiosa que, a su vez, es imitada por un ejército de fanáticos.

Sin embargo, la motivación de los autores no debería ser el único criterio de juicio. Entre los factores sociales aparecen la secularización y la deculturación de las religiones como explicaciones de la violencia en su nombre, más que la simple ortodoxia u ortopraxis. La ruptura entre religión y cultura o, dicho de otro modo, la pretensión de los fundamentalistas de establecer unas formas globales de religiosidad militante desconectadas del contexto social y político de los Estados-nación explican porqué los valores y principios de tales contextos no son disuasores efectivos del terrorismo.

En este contexto, quizás no sea casual que Chérif Kouachi, uno de los autores de la masacre del 7-E fuera definido en 2005 por un documental sobre yihadismo de la televisión francesa como un fan del rap más interesado en pasarla bien y en las chicas lindas que en ir a la mezquita. Luego, la versión del militante yihadista está más cerca de un muchacho citadino posmoderno que de un prospecto de imán tradicional.

Un prejuicio antirreligioso occidental explica, en parte, la idea de que las religiones están vinculadas indisolublemente a la violencia y al fanatismo. Los orígenes de tal asociación se remontan a la Ilustración, cuando la racionalidad instrumental se arrogó el monopolio de lo razonable y moderno, y la religión quedó relegada al universo de lo irracional-mítico y medieval. De allí que Rushdie sitúe el origen de las religiones en la época medieval, desconociendo que los sociólogos de la religión coinciden en situar en los orígenes mismos de la vida humana en sociedad la conciencia de lo sacro y los rituales religiosos.

Esta mentalidad ilustrada, frecuentemente etnocéntrica y arrogante, explica que en su condena de la masacre de Charlie Hebdo algunos se centren más en el aspecto religioso que en el político, cuando en el terrorismo de inspiración religiosa no sólo es difícil desligarlos, sino que, además, el islam se caracteriza por su monismo, esto es, por su falta de distinción entre la política y la religión, una de las cuestiones que lo diferencian del cristianismo, donde se manda a dar al César lo del César, y a Dios lo de Dios.

El uso selectivo y tergiversado que los fundamentalistas hacen de la tradición que tratan de defender pone en evidencia su instrumentalización política de la religión. “Los fundamentalistas musulmanes ignoran el pluralismo del Corán y los extremistas citan sus versículos más agresivos para justificar la violencia, haciendo caso omiso, intencionadamente, de sus invocaciones, mucho más numerosas, a la paz, la tolerancia y el perdón”, hace notar Karen Armstrong. Luego, no todos los musulmanes son fundamentalistas (Bruce).

Asimismo, el vínculo indisoluble entre religión y violencia soslaya la dimensión política del terrorismo, una de sus notas esenciales. Ciertamente, la religión cumple un poderoso rol en actos como el de Charlie Hebdo, pues ofrece las tradiciones y los símbolos que posibilitan el derramamiento de sangre y de actos terroristas catastróficos (Juergensmeyer), y ofrece un nuevo lenguaje para las antiguas orientaciones políticas; un lenguaje que resulta subjetivamente más convincente (Habermas). Pero su uso, insistamos en ello, es instrumental, heterodoxo y ocasional.

Los terroristas son abanderados de la sinrazón, del odio y del fanatismo. Por eso sus actos demenciales no traen ningún mensaje razonable. Sin embargo, Occidente haría bien en repensar los valores que están amenazados por un enemigo que no da tregua y que está agazapado en las entrañas de las sociedades modernas, laicas y democráticas de las que nos ufanamos tanto que solemos olvidar que en el resto del mundo no las consideran un modelo a seguir.

El fundamentalismo –islámico, cristiano o judío– es una patología de la religión. Y lejos de ser típico de la fe, es “una aberración” (Armstrong). Pero Occidente no sólo ha construido y padecido las patologías de la religión, sino también las de la razón: las ideologías, los nacionalismos, el nihilismo, el secularismo, el terrorismo y los totalitarismos, entre otros.

Considerar que las religiones son formas de la sinrazón desconoce que buena parte de los asesinatos en masa en la historia de la humanidad han tenido motivaciones meramente seculares y se justificaron con sofisticadas teorías que fueron elaboradas y difundidas por publicaciones como la que fue atacada el 7-E. El holocausto, los totalitarismos y las dictaduras buscaron depurar su universo circundante de aquellos que consideraron indeseables. Como indeseables fueron considerados por los enajenados militantes del fundamentalismo islámico los periodistas y caricaturistas del semanario francés.

A pesar de que la oportuna solidaridad global ante la sinrazón eclipsó las críticas por los excesos de algunas sátiras del semanario francés, no es momento tampoco para que los occidentales posemos de racionales, pacíficos y liberales sin tacha. La falta de empatía del secularismo arrogante (Nussbaum) con las tradiciones religiosas, las contradicciones internas y externas de las democracias liberales y su cultura de los derechos humanos, y el doble estándar de solidaridad de nuestras élites cuando la sangre se derrama en París o en Baga son patologías de la razón moderna que también atentan contra los valores de nuestra civilización. 

*Director del Programa de Ciencias Políticas, Universidad de La Sabana. Autor del libro “La religión en la razón pública” (Editorial Astrea, 2014).

Temas relacionados