Terrorismo: ¿por qué importan más los muertos franceses que los afganos?

Ocurren atentados y ataques en Oriente Medio tan sangrientos como en Europa. Sin embargo, el cubrimiento informativo es mucho menor. ¿Con qué criterios se elige hablar de ciertos muertos y de otros no?

Un hombre llora durante el funeral de una de las víctimas del atentado en Kabul (Afganistán), este fin de semana. / EFE

El 12 de noviembre de 2015, en la víspera de los atentados en París, 43 personas fueron asesinadas en Beirut: dos bombas, detonadas por militantes del Estado Islámico, en las afueras de una mezquita y de una panadería. The New York Times y El País, dos de los diarios con más lectores en lengua inglesa y española, reportaron los datos someros y de manera eventual publicaron crónicas sobre el barrio chií donde había ocurrido el ataque. Al día siguiente, las 130 personas que masacró el Estado Islámico en París produjeron toneladas de papel impreso y documentos en red: si bien se informó sobre ambos, la cobertura que tuvo el 13N en París fue masiva, alentada por las redes sociales y por el pronunciamiento general de gobiernos dominantes.

El atentado en París no sólo ocupó más espacio en ediciones impresas y en red, sino que acaparó hasta tal punto el flujo de información que los muertos de Beirut fueron desplazados. En Facebook, la bandera francesa se combinaba con los rostros de los usuarios y el mundo que aparece allí, que es una medida de percepción, parecía por completo afligido, en pleno duelo, por la muerte de cientos de franceses. Otros usuarios preguntaban molestos si los franceses asesinados valían más que los libaneses muertos. Si Francia era más que Líbano. Si presentarse en duelo por París era más valioso y genuino, en un sentido moral, que rendir homenaje a las víctimas de Beirut.

Es el mismo reclamo que hacían algunos tuiteros en 2013, por los días de la explosión de una bomba en Boston, cuando también ocurrió la muerte de 31 personas en Iraq. Dos lógicas fueron expuestas por entonces: aquellos que recordaban a los iraquíes eran señalados de minimizar la masacre en Boston; aquellos que rememoraban a los estadounidenses muertos eran juzgados por su olvido obstinado de los iraquíes. ¿Por qué, en últimas, los medios prestan más atención a unos muertos que a otros? ¿Por qué, a pesar de que está comprobado que la falta de información genera también una carencia de empatía, los medios permanecen, sin mayor debate, en una pretendida jerarquía de la muerte?

Ése es justo el nombre que recibe en los círculos periodísticos ingleses: the hierarchy of death (la jerarquía de la muerte). Según esta guía de criterios editoriales, a la hora de hablar sobre víctimas se tienen en cuenta dos aspectos: primero, la proximidad (la cercanía geográfica del hecho con respecto a los lectores o a la audiencia); segundo, la calidad de la información (el número de fuentes al que es posible acceder en el lugar donde ocurrió el hecho). La jerarquía de la muerte —con todo y su sentido tétrico— ofrece una hoja de ruta práctica: en un mundo donde suceden atentados en frecuencia diaria, lo más sano es determinar sobre quiénes se hablará y por qué. Sin embargo, el criterio se muestra ineficiente, ineficaz y desequilibrado en un entorno globalizado, donde la información parte de múltiples fuentes y cuando, a pesar de que no existan corresponsales en cada lugar del mundo, sí existen formas de acceder a cierta información a través de redes sociales, grupos independientes y diarios locales.

El número de muertos, aunque es un criterio esencial a la hora de publicar, también es falible. El criterio cae por su propio peso cuando se observa el nivel de atención que se les prestó a ciertos ataques por encima de otros. No es una coincidencia que se hubiera reportado más sobre los atentados en Bruselas (donde murieron 35 personas) que sobre el atentado de Lahore, en Pakistán (donde murieron 75), ocurrido seis días después. Tampoco que se hubiera dicho más sobre el tiroteo en la revista Charlie Hebdo, en París (donde fueron asesinadas 12 personas) que sobre el carro bomba detonado en Yemen el mismo día (murieron 38) o sobre la bomba suicida en Nigeria tres días después (donde murieron 19, incluida una niña que fue engañada para cargar la bomba).

En ese sentido, el criterio periodístico no sólo valora la cercanía y la calidad de la información, sino también el origen de los muertos y la importancia —las consecuencias— de su guerra. Sí es, de entrada, un criterio racista o que por lo menos divide a los muertos en una pirámide de importancia (y que tiene mucho que ver con el origen y la religión). Sucede también con los asesinatos de afroamericanos en Estados Unidos: este año han muerto a manos de la policía más de 120 y los reportes, salvo en contados casos, han sido someros. De un modo similar, el ataque es declarado terrorista según el origen de los asesinos: el autor de la masacre en el club Pulse, Omar Mateen, era de origen afgano; los autores del atentado en la maratón de Boston, los hermanos Tamerlán y Dzojar Tsarnaev, tenían origen checheno; Adam Lanza, que mató a 27 en la escuela Sandy Hook, era estadounidense. Los dos primeros fueron declarados como terroristas. El tercero no.

Hay dos argumentos adicionales. Los medios hablamos más de Niza y de los ataques en Alemania que de los muertos de este fin de semana en Kabul o de este lunes en Bagdad (12 muertos por un carro bomba) porque, tanto en Kabul como en Bagdad —y en Oriente Medio en general—, el conflicto está normalizado. Ponen bombas todos los días, a veces dos veces al día. Ya todos saben que habrá muertos en Afganistán y en Pakistán, y que en Siria hay una guerra que sólo puede definirse —adivinen— con más muertos. Escribe Owen Jones en The Independent: “Una bomba que cae en suelo estadounidense es de hecho una rareza; cientos de bombas —escondidas en carros o lanzadas desde aviones— han detonado en Irak en la última década. Esperamos que Irak sea bombardeado, y de ese modo las víctimas permanecen sin rostro para nosotros; el impacto emocional de cientos de muertes es casi nulo”.

¿Que el conflicto sea ya una costumbre, un mal con el que deben convivir los locales a diario, disminuye su importancia? ¿Se reportó menos durante los cinco años que duró la Segunda Guerra Mundial? No. Las agencias seguían con asiduidad los combates, las marchas de Hitler sobre Europa, el contrataque occidental (y con menor frecuencia el soviético). Cuando las Torres Gemelas fueron derrumbadas por Al Qaeda, ¿los periódicos australianos o los periódicos franceses determinaron no reportar con tanta profundidad porque no era un país cercano en geografía? ¿Los medios nacionales pensaron que cada muerte era sólo otra muerte porque ya eran demasiadas? No. Había que reportar porque cada uno de esos individuos era una víctima y una víctima cuya historia era importante, y también porque —en buena parte— la estabilidad de Estados Unidos significa la estabilidad de Europa y de numerosos países de Asia y África. Es decir, por una cuestión de geopolítica.

Entre más relevante resulte un país o sus ciudadanos en la política global, mayor importancia tomarán los ataques sobre su territorio o contra sus ciudadanos. El gobierno egipcio, según Amnistía Internacional, ha desaparecido a cientos de sus ciudadanos, pero sólo se supo sobre estas desapariciones cuando la víctima fue un italiano. De los 26 muertos en el ataque en Dacca (Bangladesh), 10 eran italianos y ocho, japoneses. ¿Cuántos periodistas tenían idea, al menos, de que existía una ciudad llamada Dacca?

De modo que la jerarquía de la muerte expresa, también, la hegemonía. Entre otras razones, las muertes de civiles inocentes y desarmados son recordadas según sus implicaciones: importan, en parte, las consecuencias que tendrán sobre los países del llamado primer mundo. Le Monde publicó un perfil de cada uno de los muertos en el atentado en París el 13N. Sin embargo, los muertos de Beirut no fueron recordados como individuos, sino como meras cifras (también existe, por supuesto, una responsabilidad de los medios locales). El cubrimiento del atentado en Lahore mereció en El Espectador sólo un par de artículos —y algunas columnas de opinión— que contaban el hecho y hacían un análisis del contexto. Sin embargo, su edición sobre los atentados de París ocupó ocho páginas y un extenso cubrimiento en los días que siguieron (dos ejemplos: un análisis un mes después de los atentados y una crónica).

Aunque es cierto que el volumen de publicaciones aumenta según la cercanía del hecho —hay que recordar el cubrimiento del The New York Times después del atentado del 11 de septiembre de 2001—, también existe una reducción y una normalización de las masacres que se cometen por fuera de ese círculo hegemónico de la información. La frecuencia de los atentados y su ubicación son, por lo tanto, criterios que caen por su propio peso: aunque existe al menos un tiroteo a diario en Estados Unidos, los medios siguen reportando en extensión y plenitud cada uno de ellos. Noticias Caracol abrió este lunes su edición de mediodía —como noticia en desarrollo— con un tiroteo en Estados Unidos. Pero, en un sentido formal para el criterio periodístico, suceden siempre y carecen de novedad. En conjunto, los atentados en Europa —tanto por parte de individuos como de grupos extremistas— resultan hoy también comunes y normales. Si seguimos el criterio, no deberíamos publicar mayor cosa sobre ellos. Pero no: cuando se homogenizan las muertes, se desatienden conceptos básicos como la compasión y la comprensión.

La normalización de esos conflictos se da justo porque existe una escala del dolor. Porque Afganistán no tiene la misma influencia en asuntos económicos ni políticos que Francia. Porque, como actor global, tiene un puesto menor. De ese modo, el criterio periodístico se convierte en un criterio económico y político de manera tácita. Reportamos sobre quienes tienen el poder y, por lo tanto, pueden usarlo para crear un desbalance, para provocar un desequilibrio. Atacan en París y Hollande redobla los bombardeos sobre Siria; atacan sobre Afganistán y el gobierno afgano tiene poco que hacer.

Existen más fuentes de información en ciertos países, en parte, porque el acceso de los medios occidentales es mayor. Sin embargo, unos pocos periodistas se arriesgan incluso en zonas de conflicto como el sur de Kordofán, en Sudán, donde se libra una guerra hace cinco años y un grupo de reporteros independientes, agrupados bajo el nombre de Nuba Reports, arriesga su vida por informar. De un país tan cerrado como Corea del Norte se pueden obtener reportes. Las fuentes están extendidas por todo el mundo: líderes sursudaneses están en las universidades e instituciones de Estados Unidos, los sirios se refugian en Europa, los cubanos pasan por la frontera con Panamá. No sólo el trabajo en terreno es capaz de descubrir una verdad.

El comentarista Roy Greenslade escribió en The Guardian: “Las muertes de personas no blancas en el extranjero —y también diría que en casa— nunca reciben el mismo estatus en los medios occidentales y blancos. Las muertes de árabes y musulmanes (y, en opinión de los medios, no existe ninguna diferencia) son pasadas por alto porque son antioccidentales, anticristianas o anticapitalistas, o las tres al mismo tiempo, y por lo tanto no merecen simpatía alguna”.

Discriminar por cercanía geográfica es, en sí mismo, una señal de que existen muertes más valiosas: de que entre más cercano, más fuerte y extendido es el luto. Sin embargo, la cercanía —al menos en términos de información— no depende de la mera geografía: es también un producto del grado de detalle que contiene esa realidad que se describe. Una crónica, un perfil, una relación de los hechos con voces de víctimas y testimonios es más cercana, en emoción, veracidad y análisis, que la pura ubicación en el mapa. Que sean sirios o franceses es, en últimas, francamente irrelevante: si los principios del periodismo son nobles, todos los seres humanos deberían contar —lejos de su religión o su ubicación geográfica— como historias dignas de ser contadas e interpretadas.

La ocultación de ciertos conflictos —¿quién sabe qué sucede con el gobierno semidictatorial en Eritrea? ¿O con Boko Haram, tan sangriento como el Estado Islámico?— produce, por extensión, una ceguera general. Todo depende de cómo se defina, según el tino hegemónico, aquello de lo que se va a hablar: Siria sufre un conflicto, pero Francia no —siguen siendo contingencias temporales, a pesar de que ya haya más de 200 muertos por atentados—. Los muertos sirios son cifras; los franceses son caras vivas, con historias propias, hijos, parejas que han dejado. “Dividir el sufrimiento humano en jerarquías —escribe Owen Jones— permite que las injusticias continúen sin escrutinio ni obstáculos, y distorsiona nuestra comprensión de la realidad de los conflictos. Mina el sentido universal y compartido de humanidad. Es, en últimas, una manifestación de un prejuicio”.