Thatcher, la humanidad de un ícono

Era tan intolerante con generales de derechas que aplastaban las libertades individuales como con socialistas totalitarios. La creencia en el individuo impregnaba todas sus acciones.

Marzo 29 de 1987: Margaret Thatcher, primera ministra británica, saluda a los moscovitas durante una visita a la URSS. / AFP
Marzo 29 de 1987: Margaret Thatcher, primera ministra británica, saluda a los moscovitas durante una visita a la URSS. / AFP

La política es, en gran medida, cuestión de saber hacer las pequeñas concesiones que evitan que la sociedad caiga en un estado de tensión permanente. Lo que distingue a un gran líder del político común es la capacidad de apostar por aquello en lo que no se admiten concesiones. De acuerdo con este baremo, Margaret Thatcher fue una gran líder.

Se mantuvo implacable en su rechazo al socialismo totalitario, e incluso a la versión light de ese dogma. Fue una ferviente defensora de la libertad individual. Inamovible en su fe en la economía de mercado. Patriota visceral y creyente en el Estado Nación. Los tres primeros temas la llevaron a tomar decisiones cuyas consecuencias serán duraderas. Por otro lado, su patriotismo se basaba en una visión un tanto romántica (e incluso anticuada) del Reino Unido. Al final, esto tuvo cierta influencia en su caída del poder.

Ahora es difícil recordar que en las décadas de los sesenta y los setenta la derecha aceptaba de mala gana al bloque soviético por razones de realpolitik y a la izquierda por razones de cuasi solidaridad. Thatcher se enfrentó al Partido Laborista británico —entonces partidario del desarme nuclear unilateral— y apoyó a los Estados Unidos en el despliegue de los misiles nucleares Cruise en Europa. Se ganó el calificativo de “Dama de Hierro” y lo exhibía como timbre de gloria.

Sin embargo, fue esta misma Dama de Hierro la que, tras su reunión con Gorbachov, declaró: “Éste es un hombre con el que se puede negociar”. Es imposible subestimar la influencia crucial que tuvo sobre el presidente Reagan y sobre el posterior proceso que culminó con la caída de la Unión Soviética y la liberación de Europa del Este.

La creencia en el individuo impregnaba todas sus acciones. Durante la Guerra de las Malvinas —conociendo mi interés por Latinoamérica— me dijo durante una votación: “Son dictadores, ¿no? Matan a su propia gente”. Era tan intolerante con generales de derechas que aplastaban las libertades individuales como con socialistas totalitarios que hacían lo mismo.

Su célebre enfrentamiento con los mineros británicos y con todas las inmunidades jurídicas de las que disfrutaba el movimiento sindical nacía, en el fondo, de su fe en el individuo. Le repelía la idea de que alguien no pudiera trabajar si no pertenecía a un determinado sindicato.

Pero, al igual que entonces se había llegado a aceptar a la Unión Soviética, también se había llegado a aceptar al Estado como principal actor económico. Margaret Thatcher hizo lo impensable: privatizó partes de la economía que pertenecían al Estado. En cierto sentido, lideró una contrarrevolución. Recuperó la fe de Europa en la economía social de mercado.

¿Cómo hubiera reaccionado ante la crisis económica que azota al mundo hoy? Lo único que se puede decir con seguridad es que hubiera actuado con coraje y decisión. Al final, sospecho que su fe en el individuo y el diálogo democrático se habrían impuesto sobre sus instintos liberales.

Sin embargo, la cuestión más difícil para ella fue la Unión Europea. Ciertamente, obtuvo el reembolso británico sin el cual la permanencia británica en la Unión habría resultado difícil de defender, y cuya validez continuada es un recordatorio permanente de la necesidad de reformar la política agrícola común. Ciertamente, negoció el Acta Única Europea y estuvo entre los primeros promotores del mercado único. Pero también es cierto que todo el proceso de compartir la soberanía con otras naciones le resultaba difícil y esto, junto con los procesos oscurantistas de la UE, la convirtió en una socia incómoda. Estas tensiones alcanzaron su punto culminante después de la Cumbre de Roma de 1990, tras la cual dio rienda a suelta a su frustración en la Cámara de los Comunes, arrebato que, junto con la tensión interna derivada por una propuesta de ley para establecer un nuevo método de recaudación de impuestos municipales y regionales, provocó la dimisión de Geoffrey Howe, animó a Michael Heseltine a disputarle el liderazgo del partido y del Gobierno y, finalmente, la obligó a dimitir.

En las subsiguientes elecciones internas del partido, ella y sus partidarios consiguieron frustrar las ambiciones de Heseltine y garantizar la victoria del que ella había señalado como su sucesor preferido, John Major. Sería justo decir que el primer ministro Major no gozó del respaldo que podría haber esperado de su predecesora, aunque los ataques provenían más bien de personas de su entorno y de menor calibre que la propia Thatcher.

Y, por último, era mujer. Una mujer de orígenes modestos (su padre era tendero de una pequeña ciudad de provincias) que alcanzó el cargo electivo más elevado del Reino Unido gracias a su inteligencia, su tesón y su valentía. Era una mujer suficientemente fuerte como para no hacer concesiones superficiales a los grupos de presión feministas, y suficientemente femenina como para ir siempre vestida con esmero. Era una mujer que quería a su hijo como todas las madres, pasara lo que pasase.

Era sensible al halago. Una de las primeras visitas que recibió como líder de la oposición fue la del ministro español de Asuntos Exteriores José María de Areílza. El conde de Motrico le besó la mano y, en un perfecto inglés, le brindó un elegante cumplido. Años después, nuevamente durante una votación, me preguntó: “¿Qué fue de aquel ministro de Asuntos Exteriores español? ¿Cómo se llamaba?”. “Areílza, primera ministra”. “Qué hombre más inteligente”. “Sí, primera ministra, desde luego”.

Margaret Thatcher es un ícono. Tuvo la convicción y la valentía de abordar y derrotar las ideas estatistas semisocialistas que impregnaban al Reino Unido y Europa a finales de los años setenta. Pero vale la pena recordar que tras el ícono había un ser humano como Dios manda.

 

* Exministro de Asuntos Europeos del gobierno británico.