Tiananmen, 25 años

El paso de los tiempos del maoísmo a una economía que se convierte en una de las mayores del mundo.

El 4 de junio de 1989 el Ejército chino arremetió con violencia contra la protesta prodemocrática de universitarios y obreros en la plaza de Tiananmen.

En la primera semana de junio de 1989, China vivió la mayor conmoción de su historia reciente. El día 4, las manifestaciones masivas en la plaza de Tiananmen, en el centro de Pekín, llegaron a su punto culminante y su desenlace abrupto. En los meses posteriores, la imagen recurrente del joven activista enfrentado solo, desguarnecido, a los tanques bombardeó la opinión pública mundial para construir una representación oprobiosa del régimen comunista, sólo comparable a la campaña de desprestigio previa a los Juegos Olímpicos de 2008. En ambos casos, el Gobierno encontró la fórmula para trastocar la protesta ciudadana en aceptación tácita del régimen imperante.

Apreciar el desenlace de Tiananmen un cuarto de siglo después exige, en primer lugar, su inscripción en el contexto del devenir chino tras el establecimiento de la República Popular por los comunistas de Mao Zedong, en 1949. En su afán por recorrer una vía independiente de los dictados del “socialismo real” impuesto desde Moscú, la cooperación con la URSS se quebró en 1956. Un esfuerzo singular fue requerido por la dirigencia china, con el fin de acelerar la industria, por medio del programa del Gran Salto Adelante de 1959, que al descuidar la producción agrícola desencadenó la hambruna que segó la vida de unos 10 millones de personas. La respuesta a este desastre no fue menos penosa. Para aglutinar a su alrededor las fuerzas nacionales, Mao y su equipo alentaron “la revolución dentro de la revolución”, con la cual se abjuró del pasado confuciano y su primacía de los mayores y los planes centralizados. El país fue entregado a la capa casi adolescente. Fue una década de desfogue hormonal, pero improductiva, que dejó un nuevo cúmulo de pérdidas. Sin embargo, el proyecto de preservar a la gran sociedad china de las injerencias de doble “capitalismo liberal y de Estado”, materializado en las cabezas de los bloques antagónicos de Estados Unidos y la URSS, se mantuvo incólume.

Pasados los tiempos azarosos del maoísmo, el cuerpo dirigente comunista retomó el legado confuciano del punto de oro y viró hacia un centro político y económico, con un talante pragmático. Por esa voluntad, en 1971, aceptó el trato con el Tigre de Papel, durante la “diplomacia del ping-pong”, de modo que Nixon promovió, a cambio, la recuperación del asiento chino en el Consejo de Seguridad. Asimismo, el acuerdo con los estadounidenses retiró las barreras para que la República Popular fuera aceptada por la comunidad internacional como un socio fiable y su economía recibiera un estímulo sin igual en la forma de inversiones industriales y pedidos de sus manufacturas. El modo como ese aparato productivo se conectó con el mercado global es parte de la historia contemporánea, dado que no pasa un día sin que usemos al menos un objeto made in China.

En segundo lugar, y en contraste con las reformas que desde 1985 forzó Gorbachov en la URSS con el propósito de desbaratar el comunismo y convertir la federación soviética en un apéndice de la Comunidad Europea, los comunistas chinos optaron por un proceso gradual de apertura económica y política. Echaron adelante las reformas que facilitaron la inversión y el comercio internacional, pero sólo en las zonas económicas especiales de la sección costera. Una vez asimilada esa práctica, ampliaron las áreas disponibles para el capital extranjero; al 2014, más de la mitad del territorio sigue aún vetado a la inversión foránea. Se previó, asimismo, que las reformas políticas tuvieran un inicio posterior y más lento.

El tercer elemento, asociado al movimiento político chino de los 80, fue el despliegue triunfalista del ideario anglosajón liberal, consagrado en el orden económico en el llamado Consenso de Washington y en el político en las libertades ciudadanas de expresión y desplazamiento. Por cierto, esa fue la misma receta que aplicó Gorbachov en la URSS, con resultados ingratos. Sobre la base del inminente desplome soviético, el gobierno chino se aseguró de restablecer la legitimidad del Partido Comunista con medidas más efectivas.

Cuatro son los frentes de acción por medio de los cuales la cúpula china afianza su mandato. En la política interna, entre otros recursos, se debilitan las fuerzas contestatarias con extensa labor de inteligencia, control de la información, la movilización de la población han (la etnia mayoritaria) hacia los territorios independentistas del Tíbet y Xinjiang e inversiones cuantiosas en las provincias rebeldes. El costoso tren directo Pekín-Lhasa es un ejemplo de esa política. En el ámbito económico, China prosiguió su plan de crecimiento que busca fortalecer las arcas gubernamentales y recibir los réditos de la opinión pública. Así, de estar por fuera de las 40 economías mayores en 1949, desplazó a Japón del segundo lugar en 2010 y tomará el primer lugar a fines del presente año.

Esta renovada capacidad china activa dos frentes adicionales de acción, en lo político y lo estratégico. Por una parte, Pekín se convirtió en el eje de la integración asiática, ensamblado en torno a la zona de libre comercio operada por China, Japón, Corea, Australia, Nueva Zelanda e India, junto con los 10 países del sudeste asiático, que da lugar al mayor bloque económico jamás visto, cuya riqueza conjunta es 40% superior a los grupos rivales de Norteamérica y Europa. Esos socios atenúan cada vez más sus críticas al autoritarismo chino. Más allá de su espacio contiguo, China es hoy el país más influyente en los asuntos africanos.

Por otra parte, la contraposición política y militar con Estados Unidos y sus aliados en la OTAN, Pekín fomentó la cooperación con Moscú, como se ha visto en el Consejo de Seguridad en el último año, cuando esa alianza abortó los planes para invadir Siria o atacar Irán. El instrumento institucional de la cooperación militar sino-rusa es la Organización de Cooperación de Shanghái, una estructura económica, política y de defensa, con base en Pekín, diseñada para el control concertado de la extensa zona de Asia Central, que alberga la segunda reserva de hidrocarburos y es área de interés estratégico compartida por ambas potencias.

En los próximos años, con el ingreso de India a la escena mundial como gran jugador, se pronunciará la influencia asiática en el ordenamiento global. Por un tiempo, el liderazgo chino no podrá ser desvirtuado por sus vecinos. Sin embargo, en un par de décadas la concertación con Nueva Delhi será imprescindible para el Estado chino, abrumado en ese momento por el anquilosamiento de una sociedad envejecida, un sistema productivo ineficiente y un costo excesivo de sus fuerzas armadas. Así como el budismo indio permeó la sociedad china hace 2.000 años, es probable que su componente político de alternancia partidista la influya de nuevo, mientras el capital chino será vital para el aparato productivo del mayor contingente humano.

 

* Profesor Universidad Externado.

Temas relacionados