Tiquete al miedo en el Día

Este sábado se conmemoraron 71 años del desembarco en Normandía, uno de los ataques esenciales con que los aliados ganaron la Segunda Guerra. Este es el recuerdo de Roy O’Neill, uno de los veteranos.

Para Roy O’Neill devolverse 71 años le tomó varios segundos. El ejercicio de memoria cuesta no sólo por sus 89 años de edad, sino por el peso de los recuerdos. Allí estaba, a sus 20 años, en la Playa Gold el 6 de junio de 1944, rodeado de tropas y ruidos de guerra provenientes de la tierra, el mar y el aire. Estaba literalmente muerto de miedo, con el agua a la cintura, en medio de una marea que se iba tiñendo de sangre a medida que iban cayendo sus compañeros. “Ese día murieron 12 mil y algunos eran amigos míos”, recuerda con la mirada perdida entre la playa y el océano.

Llegó a la ceremonia del brazo de otro de sus compañeros, pues a su edad es difícil caminar sin perder el equilibrio, y en profundo silencio presenció los actos protocolarios donde las gaitas de la Segunda Armada Británica, remplazaron el ruido de la artillería que hace siete décadas taladró sus oídos.

Los 150 mil combatientes de las tropas aliadas que desembarcaron en Normandía no sabían a dónde se dirigían aquel 6 de junio de 1944. Todo se hizo en medio de un gran hermetismo. Habían sido concentrados en el sur de Inglaterra y algunos como Richard Samso, venían de un tiempo de descanso después de haber combatido en África e Italia.

Allí estaban los veteranos acompañados de sus familias, hijos nietos y bisnietos. Uno de ellos nos dijo que viene a este sitio todos los años a recordar a sus compañeros muertos, pues fue gracias a esas muertes que él está vivo. Los sobrevivientes dejaron allí flores y después compartieron sus vivencias con la gente que los buscó para tomarse una foto o preguntarles sobre sus recuerdos de guerra.

Un total de cinco divisiones –dos estadounidenses, dos británicas y una canadiense-, se tomaron por asalto una franja de 100 kilómetros de playas del norte de Francia en lo que se conoció como el Día D. La mayoría de los combatientes eran muchachos entre 18 y 20 años, de esos que hoy uno ve en los colegios terminando grado o 11, o en los primeros semestres de universidad. Doce mil de ellos murieron allí, muchos sin llegar a la playa o alcanzados por las balas mientras aterrizaban en sus paracaídas.

Fue una operación diseñada con precisión de relojero. Así se ve en los documentos de los museos en esta parte de Francia que los visitantes pueden escudriñar. Allí hay fotos de lo que significó la apertura del frente norte que a la postre determinó en buena medida la caída de Alemania.

El recuerdo del enemigo

Pero así como muchos recordaron este día a sus amigos caídos en combate, O’Neill recuerda muy bien a las tropas alemanas. “Nosotros le teníamos más temor a la SS. Ese era un ejército muy organizado. Sin embargo, después que comenzamos la recuperación de Francia vimos batallones alemanes que se comportaban como niñas”, recuerda.

Para contener un posible ataque en las costas de Normandía, Alemania había llamado a uno de sus mejores guerreros, el mariscal Erwin Rommel, quien sembró de minas las playas y plantó espárragos de concreto detrás de las líneas para estorbar el paso de tanques y otros vehículos de guerra. Restos de estos carros de guerra pueden verse hoy el Museo Overland. Los visitantes también pueden observar cómo iban vestidos los ejércitos el Día D.

La guerra mejor documentada

Para la historia, la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto mejor documentado de todos los tiempos. En el Museo de la batalla de Normandía, ubicado en Bayeux, Francia, pueden apreciarse piezas realizadas con la información entregada por los corresponsales de guerra, que al igual que las tropas aliadas tuvieron que desembarcar con sus cámaras listas para captar los momentos más trascendentales de la gigantesca operación bélica.

Para muchos recordar el Día D significa traer a la memoria actos de heroísmo, pero para O’Neill, después de 71 años, es también una forma de exorcizar el miedo que sintió en la playa Gold. “Lo que vivimos aquí no debería repetirse. Ojalá no tuviéramos necesidad de ejércitos, armas ni uniformes… Este sería un mundo mejor”, dijo mientras su mirada se apartaba del mar para mirar el celular que estaba a punto de dispararnos una foto para el recuerdo.

(*) Estudiante de doctorado en Neurociencias de la Universidad de Bochum, Alemania.

 

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