La tragedia detrás del ébola

Combatir las raíces de la epidemia es luchar contra la pobreza, el hambre y la desigualdad en África Occidental.

Miembros de la ONG U Foundation prestan atención a familias en cuarentena por el ébola en Monrovia, capital de Liberia. / AFP

La raíz profunda del ébola es la pobreza. En los países más pobres, con servicios de salud más deficientes, difícil acceso al agua potable, escasez de medicamentos y de profesionales capacitados, es donde la enfermedad se incuba y tiene mayor impacto.

El occidente de África es rico en recursos naturales. No obstante, varios países de la región están entre los más pobres del planeta. La disputa por esa riqueza natural ha estado marcada por conflictos armados, luchas territoriales, extracción y tráfico ilegal por parte de grupos armados y compañías gubernamentales. El comercio de diamantes, por ejemplo, está vinculado a una larga historia de corrupción y violencia en Liberia, Sierra Leona y Guinea, las tres naciones hoy más afectadas por el ébola. El tráfico ilícito de piedras preciosas cobró miles de vidas durante las llamadas “guerras de los diamantes” en la década de los 90, y hoy sigue siendo un negocio que se expresa en la riqueza en Europa y la miseria en el continente africano.

Las guerras dejaron a estos países sumidos en la debilidad institucional y sin capacidad para garantizar el derecho a la salud y proveer un sistema que pueda prevenir, contener o eliminar epidemias como la actual. Como apuntan Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, y Paul Farmer, profesor de Harvard, en una columna publicada en el Washington Post, “la crisis del ébola es un reflejo de larga data y crecientes desigualdades en el acceso a la atención básica de salud. Guinea, Liberia y Sierra Leona no tienen el personal, el material ni los sistemas necesarios para detener el brote por su cuenta. De acuerdo con su ministerio de Salud, antes de que estallara la enfermedad Liberia tenía sólo 50 médicos que trabajan en centros de salud públicos que sirven a una población de 4,3 millones”.

Además de la corrupción de los gobiernos locales, la existencia de grupos armados ilegales y los conflictos étnicos y religiosos, las insostenibles políticas económicas de organizaciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional (FMI) han resultado en el endeudamiento y empobrecimiento progresivos de estas naciones. A cambio de “inversiones para el desarrollo” en esas zonas, los organismos internacionales imponen créditos que se traducen en una eterna deuda externa y en la reducción del gasto público, incluyendo el gasto público sanitario.

Pero el ébola no es el principal problema de estos países africanos. Con el impacto mediático de la epidemia, uno podría olvidar que el hambre mata más gente que el ébola . El 17 de octubre, con motivo del Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza, un comunicado de Misiones Salesianas, organización que cumple una labor importante en los países que sufren la epidemia, indicaba que “en 10 meses murieron 4.000 personas por ébola, pero en esos mismos meses murieron unos tres millones de personas por falta de recursos y de alimentos, y nadie habla de la epidemia del hambre y de la pobreza”. En Guinea, epicentro del ébola, hay una población de 11,7 millones de personas, de las cuales 2,1 millones están subnutridas, es decir, no cosumen lo necesario para llevar una vida activa. En Sierra Leona, de 6,1 millones de habitantes, 1,6 millones tienen hambre. Liberia tiene 1,3 millones de personas subnutridas de una población total de 4,3 millones.

El índice de desarrollo humano de la ONU 2014, que mide la salud, la educación y la riqueza de los países, ubica a Liberia en el puesto 175 en una lista de 187 naciones, a Guinea en el 179 y a Sierra Leona en el 183.

El ébola aparece como un agravante de la pobreza estructural de estos países, entre otras razones porque con el cierre de fronteras se afecta el comercio de alimentos y se genera una subida en el precio de productos básicos. Con el miedo generalizado, los colegios cierran sus puertas (muchos se han convertido en refugios para niños huérfanos por el ébola), los profesionales evitan asistir a sus trabajos y los campesinos dejan sus tierras, provocando una caída de la agricultura.

El resultado lo anticipó el Banco Mundial, al indicar desde agosto que prevé una caída del PIB de entre 4,5 y 3,5% en Guinea, Liberia y Sierra Leona. También lo advirtió Karin Landgren, representante especial del secretario general de la ONU, cuando dijo que el ébola se convierte en una amenaza para “la salud pública general, la seguridad alimentaria, la integridad física y la economía nacional”.

En Occidente hay un importante punto de comparación: Haití, el país más pobre del hemisferio, donde no existe un sistema moderno de tratamiento de aguas para el consumo humano y donde se comprobó la aparición de un brote de cólera el 23 de octubre de 2010, ayer hace cuatro años. El cólera infectó a más de 600.000 personas y mató al menos 8.600. Naciones Unidas tuvo un papel importante en la tragedia: hay evidencias que sugieren que las tropas de mantenimiento de paz que el organismo internacional llevó a Haití desde Nepal importaron la enfermedad, contaminado el afluente de un río próximo a su base. Los militares estaban en una zona rural, donde vertían sus aguas residuales sin tratar, lo cuál contaminó el sistema hídrico.

Los casos de Haití y el occidente de África tienen otro común denominador: el papel de Cuba, la empobrecida isla del Caribe que frente a estas crisis se ha destacado como uno de los países con mayor compromiso por lograr una solución. Actualmente hay 640 agentes de salud cubanos en Haití y 256 (de 461 que planean enviar) en Sierra Leona, Guinea y Liberia. En lugar de aportar dinero y militares, como lo han hecho EE.UU. y las grandes potencias, Cuba ha aportado lo que más se requiere: médicos bien capacitados en el terreno, aun cuando corren un gran riesgo de contagiarse.

La solución del problema en Haití no es un precedente prometedor para las naciones africanas que hoy sufren la expansión del ébola. Como dice Fran Quigley, profesor y director de la Health and Human Rights Clinic de la Indiana University McKinney School of Law, en un artículo recién publicado en Foreign Affairs, “esta semana se cumplen cuatro años desde que apareció el cólera en Haití, y el aniversario pasará sin reparaciones para los haitianos afectados, ningún nuevo sistema de tratamiento de agua para prevenir futuros brotes y ninguna garantía de que la enfermedad dejará de producir víctimas. Si el ébola va a ser diferente, la respuesta debe apuntar a la raíz del problema: la pobreza profundamente arraigada que ha permitido que se extienda”.

A diferencia del cólera, el ébola superó fronteras y llegó al primer mundo. Viajó hasta Europa y Estados Unidos. Esto altera por completo la respuesta internacional, que ahora contrasta con la determinación que hubiese sido necesaria meses atrás para evitar la mortandad en los países africanos. La ONU, ante esta amenaza, pidió un “espectacular” aumentó de la cooperación de todos los estados. Con la llegada al primer mundo, también se prenden las luces de la industria farmacéutica, por lo general desinteresada en llevar su negocio a los países pobres de África.

Hasta ahora, sin embargo, la respuesta internacional a la crisis pasa por las declaratorias de estados de emergencia, el estricto control en aeropuertos y las campañas de recaudación de fondos para mejorar centros de atención, pero no se ha materializado una respuesta efectiva en materia de salud pública. Esto no es una novedad para los africanos: con el primer brote de ébola en 1976, en Zaire (hoy República Democrática del Congo), donde empezó a transmitirse como consecuencia de las condiciones poco higiénicas de los servicios hospitalarios, y con los posteriores brotes en Sudán, Costa de Marfil, Uganda y Sudán del Sur, ya África aparecía como el olvidado epicentro de una amenaza para la salud y la seguridad internacionales. Las políticas económicas aplicadas por los países del Norte lograron en ese entonces contener la epidemia, pero no solucionar el problema desde su raíz. Ahora el ébola pasa su factura.

 

 

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Daniel Salgar Antolínez

El Mundo

La tragedia detrás del ébola

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