Tres venezolanos cuentan la tragedia de conseguir comida en su país

Los precios del contrabando son tan altos, que para los caraqueños saldría más barato irse a San Antonio de Táchira y pasar a Cúcuta para hacer compras.

Venezolanos mientras retornaban a San Antonio de Táchira desde Cúcuta el pasado domingo, tras adquirir productos básicos que escasean en sus regiones. / AFP

Venezuela tiene hambre, y encontrar comida se está convirtiendo en sinónimo de supervivencia. Los comités que llegan a vender comida a precios regulados —los precios que determina el Gobierno— se truecan en plazas de lucha: por obtener uno o dos paquetes de arroz o una bolsa de harina pan, los venezolanos se pelean entre ellos y hay quien dice que ha salido gente apuñalada en la intentona. Cuando hay caos, entonces un grupo de colectivos chavistas, armados y como en una suerte de justicia paralela, se encargan de mantener el orden sin que la Guardia Nacional se presente. La comida se vende por raciones y hay poca, de modo que para abastecerse y tener la certeza de que habrá comida para la siguiente semana, es más sencillo —aunque mucho más costoso— acudir a los bachaqueros, como llaman a los contrabandistas en Venezuela.

Los bachaqueros, sin embargo, aprovechan el monopolio para cobrar hasta 10 veces más por cada producto. Un paquete de harina pan, que con el precio regulado cuesta 190 bolívares, puede llegar a costar 2.500. Una paca de 20 paquetes, que en la suma del precio regulado es de 3.800 bolívares, puede llegar a 40.000 en los precios del bachaqueo. El Gobierno de Nicolás Maduro implementó los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) para distribuir alimentos con precios subsidiados, pero según un estudio, realizado por la firma Hinterlaces, el 74% del país no se beneficia todavía de este producto. La escasez está cercana, según estudios privados, al 82%. Conseguir leche, arroz y aceite es tan difícil como hacer las colas extensísimas para comprarlos, que comienzan en ocasiones a las tres de la mañana, si hay buen suerte.

Tres venezolanos nos cuentan el sino que significa encontrar comida y medicinas en Venezuela.

Óscar Lara*

La gente está calmada, pero de vez en cuando salen a protestar y arman su pedo. Por televisión y radio no se dice nada. Está pasando, pero el Gobierno no quiere que se sepa. Hay que hacer unas colas tremendas para comprar comida. Y si hay problemas, te mandan a los colectivos chavistas, malandros en moto, que le meten miedo a cualquier. Entonces envían comida y eso sirve como un baño de agua tibia. En eso se le va a una la vida: haciendo las compras. Y si tienes trabajo, pues hay que comprarles entonces a los bachaqueros, que te venden las cosas diez veces más caras. Es más barato incluso ir hasta la frontera y comprar. Estos bachaqueros se meten en las colas y arman alboroto.

El mercado que hicimos esta semana fue a punta de bachaqueros. El sueldo es bajo y la comida es cara. Todo el mundo tiene las tarjetas montadas (llenas). Harina no se consigue y si la hay, las colas son descomunales. De las tres de la mañana hasta el mediodía para comprar un pollo. Hay que coger los ahorros y comprar comida. La harina, por ejemplo, se vende con el precio regulado a 190 bolívares y pueden llegar a venderla a 2.500. Venden dos unidades por persona. El bulto de 20 paquetes de harina está, más o menos, en 35.000 bolívares, nueve veces más que el precio original.

Si te maltratan en las filas para comprar comida y caes en un hospital, te mueres porque no hay medicamentos. Hay que llevarlo todo al hospital, no hay nada, no hay camillas, ahí te puedes morir. Te ponen una venda sólo si la llevas; no hay gasas, antibióticos. Si los hay, tienen un costo alto, pagas y a veces no te los ponen. Hace poco no conseguí alcohol; ahora no se consigue algodón. Los medicamentos aparecen y desaparecen. Los hipertensos no consiguen los suyos. Tampoco los diabéticos. Al cruzar la frontera, por lo menos no son tan caros.

Los bachaqueros también consiguen medicamentos. Yo compré uno, pero no me hizo ningún efecto. También he sabido que adulteran la comida. Hace poco escuché el caso de un niño que se murió porque su leche en polvo estaba ligada con cal. Para comprar agua hay que comprar, primero, el botellón, que cuesta 7.000 bolívares, y luego sí el agua, que cuesta 600 bolívares (el salario mínimo en Venezuela es de 15.051 bolívares, cerca de US$40).

Teresa Soto*

A veces bajo a ver si puedo comprar algo, pero es terrible. La gente ataca por el hambre. Les compro a los bachaqueros. Lo llaman a uno, le dicen qué productos tienen, también nos contactan por internet. Nos dicen: “Estamos vendiendo una bolsa de harina pan”. No se consiguen leche, arroz ni azúcar. Está pasando lo que no se imaginan. Algunos de mis hijos me han dicho que me vaya del país con ellos, pero tengo otro hijo al que me da miedo dejar solo, y también una nieta. En caso de que tengamos que migrar, vamos a migrar. A los profesionales no los dejan salir del país, porque, como dijo él (Maduro), aquí estudiaron y no se van a ir.

Tengo lupo y el medicamento me lo traen de Colombia, pero es muy caro para mí: 40.000 bolívares. Usted viera las colas en las farmacias. La cantidad de gente que ha muerto y está enferma es terrible.

Un kilo de carne está a 5.000 bolívares, y el salario mínimo es de 15.000. Es un tercio del suelo. Una chuleta, mucho más costosa. Por eso peleas, puñalean. Cuando vienen con la comida, yo ya no bajo a comprar. Me va a tocar viajar a San Antonio del Táchira e ir a comprar allá. Él (Maduro) no quiere que entre nadie al país. Sale más barato irse a Colombia a buscar comida. Aquí la leche se desapareció. Es un sacrificio para conseguirlo todo.

Andrea Espinoza

Para poder adquirir cualquier producto, los venezolanos debemos hacer varios sacrificios. Lo primero que debemos hacer es llegar en horas de la noche a los establecimientos, para comenzar a hacer la cola para el día siguiente. En diferentes horarios, algunas personas van pasando una lista, para garantizar los puestos —por ejemplo a las 9:00 p.m., 12:00 p.m., 3:00 a.m., y 5:00 a.m. y así sucesivamente—, hasta que el supermercado abra sus puertas e informen si hay o llegará alguna mercancía o no.

Estas horas en la madrugada están acompañadas de soledad, desidia, inseguridad, indefensión. Es como estar a la deriva en la selva más peligrosa del planeta, sabes que te estás jugando la vida en ese momento, esta es una realidad que todos conocemos. Una vez que la tienda abre, y en caso de existir mercancía, entregan unos números que te garantizan tu compra. No sabes todavía qué es tu compra porque no sabes qué hay. Sólo sabes que necesitas cualquiera de los productos que vendan ese día. Acompañada a toda esta humillación, nos encontramos con la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin (cuerpos armados), expertos en vulnerar todos nuestros derechos humanos.

Ellos nos extorsionan, nos roban, nos maltratan en su más amplio nivel, con unos índices de impunidad alarmantes. Como es de suponer, cada ciudadano venezolano debe perder un día completo de trabajo para poder adquirir cualquier bien. Esto se ve traducido en inasistencias a los empleos, a las escuelas y a cualquier compromiso estipulado para ese día de la semana. Más preocupante aún es la falta de asistencias a las clases de los niños, en ocasiones, porque sus padres no tienen qué darles de desayuno y hay desmayos frecuentes en las aulas por la falta de vitaminas y nutrientes.

Para adquirir la canasta básica se necesitan más de 12 salarios mínimos. Adicionalmente nos vemos enfrentados diariamente a la delincuencia, inseguridad, falta de respeto, pérdida de valores. Vemos a familias hurgando en los contenedores de basura para poderse alimentar, la pérdida de peso es indiscutible en el país y la desnutrición es nuestro aliado.

Para nuestro grupo familiar, no ha sido fácil (creo que para nadie lo es). Sin embargo, hemos tratado de seguir adelante reinventándonos, cambiando el menú y los hábitos. Hemos aprendido a realizar desodorantes, champús, jabones, exfoliantes y otros métodos alternos para nuestra higiene personal. En materia de cocina, hemos aprendido a hacer arepas de plátano, yuca, zanahoria, avena, y a olvidarnos de la comida frita y cambiarla por la cocción a vapor o al horno. Las harinas ya casi no forman parte de nuestras vidas, así como las pastas y los arroces, esos alimentos dejaron de estar presentes en nuestras mesas, nos olvidamos completamente de los granos, el azúcar no forma parte de nuestra alimentación, las carnes fueron sustituidas por el pescado, y así muchas cosas más.

*Nombres cambiados por cuestiones de seguridad.