Trump: el candidato que no debería serlo

Los señalamientos de abuso sexual que han hecho seis mujeres contra el republicano son la punta del “iceberg” de su campaña, en la que ha animado también el odio racial, la misoginia y la evasión fiscal.

El candidato republicano, Donald Trump, durante un evento público en Lakeland, Florida. / AFP
El candidato republicano, Donald Trump, durante un evento público en Lakeland, Florida. / AFP

Donald Trump es la prueba irrefutable de que Estados Unidos sí necesita ser grande de nuevo. Es posible que cualquiera de los candidatos que lo precedieron y de aquellos contra quienes compitió tengan una idea mejor formada de qué significa ser presidente o, al menos, político. Sin embargo, su campaña se ha diseñado bajo el precepto riguroso de que los argumentos racionales son un embeleco prematuro que de nada sirve ya para convencer a los votantes: Donald Trump es candidato a la Presidencia de Estados Unidos aunque seis mujeres lo acusen de haberlas tocado sin su consentimiento, aunque haya confesado que evade impuestos (“eso me hace inteligente”, dijo) y aunque la única de sus ideas que ha sobrevivido a su contradicción itinerante es la obviedad de que su país tiene un lastre económico y necesita ser de nuevo el sueño infinito que solía ser. (Vea acá el especial ELECCIONES DE ESTADOS UNIDOS 2016)

Ante todas las acusaciones, Trump ha desglosado una explicación que deshonra la razón: ha dicho que “estos alegatos carecen de mérito o verdad”, y su estrategia más común ha sido espetar que los medios están aliados con Hillary Clinton para que él pierda la Presidencia. Desde que comenzó su campaña, ha acusado a todos, menos a sí mismo, de pergeñar su caída, a pesar de que siempre vaya en ascenso y nada parezca tocar su popularidad. Más que molestos por sus presuntos abusos sexuales, que merecen una investigación detallada (y también menos oportunista: es un tema con un claro sesgo político), sus seguidores en los mitines se han mostrado apenas avergonzados: ven a Trump como al joven que una noche salió de su casa sin permiso de sus padres y decidió grafitear la puerta de una casa ajena y fue descubierto en su felonía. Mi niño, arrepiéntete y no lo vuelvas a hacer.

Dos mujeres, Jessica Leeds y Rachel Crooks, afirmaron en The New York Times que el célebre empresario se sobrepasó: a Leeds le tocó los senos y las piernas y a Crooks la besó en la boca. Nada fue accidental, dijeron ambas. Mindy McGillivray dice que acarició su nalga. Natasha Stoynoff, periodista de People, dice que se abalanzó sobre ella durante una entrevista y que la besó y la acarició hasta que pudo repelerlo. “¿Tú sabes que vamos a tener una aventura, cierto?”, le habría dicho Trump.

Tasha Dixon, que lució la corona de Arizona en una edición de Miss Universo, recordó que Trump solía entrar a los camerinos del concurso mientras las mujeres estaban desnudas, sin permiso de nadie, y que la gente que trabajaba para el magnate les pedía a las concursantes que fueran tan agradables con él como fuera posible. Cassandra Searles, que fue Miss Washington, dio un relato similar.

El Partido Republicano ha tomado una actitud similar a la de sus votantes. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, dijo que no defenderá a Trump. Nunca dijo que desdeñaba su campaña, ni que debía ser investigado por aquellas acusaciones, ni tampoco le retiró su apoyo: sólo dijo que no lo defendería. Ryan salva su capital político. Los Bush, gamonales sin competencia en el partido, apoyaron a Clinton pero prefirieron eludir una crítica seria contra Trump.

Hay, claro, razones para criticarlo. Y no sólo ahora: Trump ha construido una habitación poblada de invectivas y faltas a la ética que en principio parecieron divertimentos y luego se convirtieron en la áspera realidad de un candidato que, Dios bendiga a América, representa a una parte gruesa del electorado.

Trump dijo que México sólo enviaba a Estados Unidos ladrones y violadores, “y seguro a algunas personas buenas”, y que había que levantar un muro para prohibirles el paso en la frontera. Dijo que era necesario vetar la entrada de los musulmanes, dado que un migrante árabe equivale a un suicida con experiencia de detonador masivo. Lo apoyan el Ku Klux Klan y los neonazis y en sus discursos nunca ha habido una palabra para condenar el ideario de ambos grupos. El candidato a la Presidencia de los Estados Unidos dijo hace unos años en una entrevista: “Ya sabes, no importa qué escriban (los medios) sobre ti mientras tengas un bello y joven pedazo de culo a tu lado”.

Las acusaciones por abuso sexual son, en ese sentido, el tiro final para una carrera presidencial vacua cuya estolidez está probada. Y aunque sean el tiro final, no detienen al magnate. Ni los medios ni Hillary Clinton se han dado cuenta de que Trump sí representa a los veteranos que se sienten olvidados, a los desempleados que llevan años llenando formularios de empleo, a los latinos que sienten que lucharon con brío para migrar y que no quieren que otros la tengan fácil. En algunas de las encuestas de esta semana, Clinton rebasa a Trump por dos puntos. En otras, él la supera por dos o tres puntos. Con o sin escándalos sexuales, Trump es inamovible.

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