Trump, ¿una anomalía?

Entrada la madrugada del pasado miércoles se confirmó que el nuevo presidente de Estados Unidos se llama Donald Trump. Superando la sorpresa y los análisis de la estructura del voto y de la abstención que ha determinado el nombre del nuevo presidente estadounidense, pasamos, sin solución de continuidad, a especular sobre si el presidente que prometió doblegar los usos de Washington, D. C. podrá cumplir sus promesas o si será el sistema de poderes, contrapoderes, influencias e intereses creados el que le doblegue a él.

El fenómeno caudillista, tan reconocible en Latinoamérica, parece haber llegado a  Estados Unidos. / AFP
El fenómeno caudillista, tan reconocible en Latinoamérica, parece haber llegado a Estados Unidos. / AFP

Entrada la madrugada del pasado miércoles se confirmó que el nuevo presidente de Estados Unidos se llama Donald Trump.

En este sentido, la pregunta es si Trump será “normalizado” o si será una anomalía —tanto dentro del Despacho Oval como en el sistema democrático estadounidense—. La ausencia de experiencia en cargos públicos del presidente Trump fuerza a adentrarse en el terreno especulativo de lo que puede ser... y tal vez no se cumpla.

Trump, el populista

En este sentido, la pregunta es si Trump será “normalizado” o si será una anomalía —tanto dentro del Despacho Oval como en el sistema democrático estadounidense—. La ausencia de experiencia en cargos públicos del presidente Trump fuerza a adentrarse en el terreno especulativo de lo que puede ser... y tal vez no se cumpla.

Trump, el populista

A lo largo de los meses se ha insistido constantemente en el perfil populista de la campaña de Trump. En este sentido, si lo que se quería era destacar los elementos negativos de la propuesta —mínima y nunca realmente desarrollada en los discursos, entrevistas y debates— hubiera sido más pertinente resaltar la característica esencialmente demagógica y escasamente apegada a la verdad de sus declaraciones.

Porque, aunque a base del uso y abuso la palabra populismo ha quedado asociada con un estereotipo negativo que no le hace justicia. El populismo lo hay tanto de derechas como de izquierdas y lo hay tanto positivo (cuando facilita la conexión entre el cuerpo de representados y de representantes, favoreciendo la gobernabilidad ) como negativo (cuando se entrelaza con la demagogía). Ah, y el populismo en Estados Unidos ha sido tanto demócrata como republicano.

Pero es que el populismo no es nuevo allí. Se ha dado con cierta normalidad en las elecciones locales y estatales (esa dimensión local del populismo fue diseccionada perfectamente en la clásica película All the king’s Men, dirigida por Robert Rossen en 1949) y, de vez en cuando, en los procesos nacionales.

Algunos de los presidentes más exitosos de ese país han sido populistas —o tal vez fueron especialmente exitosos por haber sido populistas—. Aunque, en cierta medida, se podría caracterizar como populistas —o protopopulistas— a Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln, la sociedad de masas y sus medios de comunicación son una parte esencial de este fenómeno.

Teniendo esto en cuenta, Ronald Reagan y, sobre todo, Franklin Delano Roosevelt demostraron una extraordinaria capacidad para conectar con amplísimos sectores de la sociedad estadounidense por medio de la radio, la televisión y el cine, logrando transmitir su proyecto de país y sus iniciativas políticas.

Cuando el presidente goza de apoyo popular masivo la oposición de las Cámaras y de los gobernadores se ve minimizado y la agenda del presidente tiende a imponerse a la posible resistencia de los otros poderes del sistema político norteamericano.

Lo particular es que el populismo de Trump se ha construido más en elementos divisivos, confrontacionales y negativos —especialmente la idea pesimista de un Estado en total decadencia estadounidense— que en imágenes unificadoras y optimistas (por mencionar otras analogías cinematográficas, las películas del director Frank Capra serían las que mejor representarían ese populismo optimista y constructivo).

Esa naturaleza negativa, agónica, de la propuesta de Trump plantea el problema de la tensión permanente con partes significativas de los ciudadanos estadounidenses —como queda de manifiesto por las protestas públicas en algunas ciudades del país inmediatas tras la victoria de Trump—. Podría pensarse que la mayoría republicana en el Congreso estadounidense le daría margen al nuevo presidente para desarrollar la agenda, al menos al principio de su mandato, pero las heridas abiertas en las primarias del GOP no ayudan.

Cuesta imaginarse a John Kasich, John McCain, Ted Cruz, Paul Ryan y otros prominentes republicanos entregándose a Trump y plegándose fácilmente a su voluntad. El papel de Mike Pence, como vicepresidente, será fundamental para soslayar —o al menos intentarlo— las diferencias entre los propios conservadores.

El presidente electo parece ser consciente de las dificultades para gobernar que supondría mantener en su cargo el agresivo estilo que ha desarrollado en la campaña. En el gobierno se trata de sumar y no de alienar a distintos sectores sociales. Así que en cierta medida, si quiere ser exitoso, deberá ser capaz de conciliar (y reconciliarse) con los representantes del establishment sin dejar de ser la voz de aquellos que se han sentido marginados por Washington, D. C. Un equilibrio difícil y basado en la capacidad de pactar. Por eso, desde que ganó las elecciones, los mensajes y la actitud de Trump son mucho más conciliadores y traquilizadores de lo que había sido toda su retórica previa.

En este punto ya he mencionado a Reagan, quizás el referente al que más se quiere asimilar a Trump. Las diferencias entre ambos son marcadas. Reagan tenía una experiencia en el gobierno de California, había servido en la reserva del ejército y había sido la cabeza de la organización de actores. Es decir, no era un extraño a la vida y actividad política; era un candidato improbable, pero no ajeno al sistema, a diferencia de Trump.

Lo que más los puede unir es que ambos han sido actores —Reagan en sentido estricto y Trump en el sentido laxo, en el que las celebridades pueden ser consideradas como tales—.

Pero la gran diferencia es que Reagan construyó todo su mensaje sobre el optimismo y la confianza en las posibilidades de Estados Unidos, mientras que Trump se ha situado en el lado contrario del espectro. El miedo y la decadencia han articulado la propuesta del futuro cuadragésimo quinto presidente de los estadounidenses.

El eslogan de campaña Make America Great Again remite a la idea de un momento de crisis que necesita un liderazgo personal y singular que permita devolver a Estados Unidos a una pasada y mítica gloria (estereotípicamente asociada con la idealizada sociedad de los años cincuenta, del despegue industrial del país y previa al movimiento de los derechos civiles).

Si el optimismo reaganiano tuvo un efecto expansivo y vigorizante sobre sus conciudadanos que les devolvió la confianza —tras el Watergate y Nixon, tras el asesinato de Kennedy, tras la Guerra de Vietnam, tras la presidencia de Carter— en las posibilidades nacionales es difícil ver cómo el discurso de Trump puede generar la misma tendencia.

Reagan miraba al futuro; Trump parece buscar resguardo en el pasado.

El otro elemento novedoso que incluye el estilo de Trump es la tentación caudillista. A lo largo de la campaña electoral ha desplegado un estilo personalista y autoritario. Se ha presentado como el único que puede salvar al país. Propende a un estilo de liderazgo mesiánico y de “hombre fuerte” cuya palabra es la voz del pueblo y al que ni leyes ni instituciones se le pueden oponer.

El fenómeno caudillista, tan reconocible en Latinoamérica, parece haber llegado a Estados Unidos. De momento, el presidente electo, Donald Trump, parece una anomalía en la vida política estadounidense. Pero, hasta el momento, Trump no ha dejado de sorprendernos y, tal vez, pueda volver a hacerlo.

* Historiador e internacionalista.