Un año convulso en Turquía: intentona de golpe de Estado, purgas y detenciones

Una facción del ejército intentó derrocar al presidente Recep Tayyip Erdogan. La captura del poder no duró más de cuatro horas. La búsqueda de los implicados continúa.

Soldados en la Plaza Taksim en Estambul vigilan el entorno durante el golpe.
Soldados en la Plaza Taksim en Estambul vigilan el entorno durante el golpe. EFE

Aunque el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, tiene muchos enemigos, el día en que una facción del ejército nacional intentó derrocarlo, cientos salieron a las calles a detener el golpe de Estado: sus opositores, aquellos que no lo querían tanto y aquellos que sí lo querían mucho. Ese día, 15 de julio, Turquía se unió: ya el ejército de ese país había derrocado a cuatro gobiernos civiles desde 1960. No debía haber otro más. Era preferible que Erdogan siguiera en el poder.

Era tarde en la noche cuando sucedió el golpe. Había, pese a todo, mucha gente en las calles de Estambul y Ankara, puesto que es común que la vida nocturna, en cualquier día de la semana, sea muy activa. Los militares se tomaron edificios gubernamentales, puentes que conectaban a la capital con el exterior y declararon el control general de las cosas. Un comunicado breve anunció: “El ejército se hizo cargo totalmente para restaurar la democracia (…). Todos los acuerdos internacionales estarán vigentes. Esperamos mantener nuestras buenas relaciones con todos los países”.

Por un momento, Erdogan pareció perdido: dio una entrevista en CNN desde un teléfono móvil y la interferencia en la comunicación hacía pensar en su declive. Pero entonces comenzó un contragolpe: los ciudadanos que se vieron atrapados en los puentes se enfrentaron a los militares, los sacaron de las oficinas públicas, capturaron los tanques y los detuvieron. Hubo balaceras y ataques: en todo el proceso murieron más de 300 personas y 2.100 quedaron heridas. Horas después, Erdogan, quien estaba por fuera del país, aterrizó en el aeropuerto de Estambul y esa fue la señal de que todo volvía a sus manos, puesto que el aeropuerto había estado hasta entonces en poder de los golpistas. Las líneas telefónicas y las redes sociales cayeron, pero lo peor había pasado: Erdogan retomaba su puesto. Y buscaría a los golpistas.

El intento de golpe de Estado en Turquía fue la señal más tangible de la tensión, por un lado, entre los mandos más altos del ejército y el poder ejecutivo —que veía con preocupación su creciente influencia— y, por otro, entre los ultranacionalistas y aquellos que desean un Estado laico y neutral. La facción que lideró el golpe reclamaba el “restablecimiento de la democracia”: aseguraba que el secularismo se había quebrado con la presidencia de Erdogan y que las libertades básicas estaban amenazadas.

Después del golpe, el gobierno aseguró que todo había sido obra de un movimiento liderado por el clérigo Fehtullah Gülen, antiguo aliado de Erdogan y hoy exiliado en Estados Unidos. Según Erdogan, Gülen ha creado una suerte de “Estado paralelo”, con él a la cabeza, que buscara derrocar al gobierno turco. Por eso, por orden de Erdogan, comenzó una purga general de supuestos gülenistas: más de 37.000 personas fueron detenidas y otras 100.000 fueron destituidas de sus puestos públicos, entre ellas profesores, militares y trabajadores de oficinas públicas. Las redes de Gülen, según el gobierno turco, estuvieron involucradas incluso en el reciente asesinato del embajador ruso en Turquía, Andréi Kárlov.

El golpe, en cierto sentido, ayudó al gobierno de Erdogan: aumentó su popularidad y lo convirtió, de pronto, en un símbolo de la democracia (a pesar de las numerosas acusaciones, previas al golpe y formuladas por sus opositores, de que quería cambiar la Constitución para darse más poder). Erdogan salió también como una potencia emergente en la política internacional: algunos meses atrás había firmado un tratado con la Unión Europea para detener la migración desde su país hacia Europa y tenía en sus manos un capital político sin precedentes, que lo convertía en un actor esencial en materias como la lucha contra el Estado Islámico y el bienestar de Europa.

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