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hace 3 horas

Un cineasta y una escritora cuentan cómo se hace arte en plena guerra en Siria

En tiempos del conflicto sirio, ser artista es sinónimo de disidencia. Por eso, filmar una película en su territorio, cuya guerra furiosa ya suma más de 250.000 muertos, es casi imposible.

La escritora Kefah Ali Deeb y el cineasta Danny Daoud durante una conferencia en Bonn (Alemania). / Cortesía - Deutsche Welle

Por apóstatas, por ignorar las enseñanzas islámicas, un poeta y su hijo fueron asesinados. Mohamed Bashir al-Aani, autor de tres poemarios, iba a enterrar a su mujer en Deir Er Zor, a las orillas del Éufrates, en Siria. Nadie sabe qué pasó en medio, ni qué sucedió con los restos de su esposa, pero él y su hijo Elías fueron raptados y encerrados en una locación desconocida en septiembre del año pasado. Deir er Zor es territorio del Estado Islámico: nadie sale sin su autorización. Y los militantes yihadistas sabían que Mohamed Bashir era opositor a Al Assad y amigo de la democracia; es decir, en parte también era enemigo de ellos. Seis meses después lo mataron. A él y a su hijo.

Mario Vargas Llosa decía que la escritura es un ajuste de cuentas con el mundo, que quien escribe está inconforme con aquello que tuvo que vivir. Si eso es el arte, es comprensible por qué ser un artista en Siria es irritante: ningún artista conciso y consciente jugará a perpetuar su tradición si la considera malévola o desviada. En una guerra, el arte es sinónimo de disidencia. Por eso, mientras un cineasta que filma en Berlín sólo se preocupa por las variaciones del clima, un cineasta que filma en las calles de Damasco teme la primera advertencia de un agente de seguridad, que requisará su contenido, podrá multarlo o tal vez acusarlo ante un juez.

“No es fácil filmar —dice Danny Daoud, cineasta sirio—. Hay que pedir permisos al gobierno para todo y ser responsable por lo que se filma. Ellos leen los guiones, saben qué vas a hacer, y si no les gusta, no darán permiso”. En ocasiones, las cámaras profesionales han sido reemplazadas por las cámaras de los teléfonos móviles. En abril de este año, el cineasta Amer Matar, de 29 años, inauguró el Festival de Cine Móvil en Siria, proyectado en secreto y publicitado entre amigos. En los 32 filmes, recordó Matar al diario The Guardian, las imágenes son fugaces, no están bien encuadradas y carecen del profesionalismo del cine al que están acostumbrados los espectadores. Pero ése era el modo de presentar la guerra: sin los cortes del régimen.

Danny Daoud ha venido a Bonn a hablar sobre las tensiones entre arte y conflicto. Y parece molesto. “Incluso si tienes permiso, va a haber gente que te pregunte: ¿Por qué estás filmando aquí? —dice Daoud—. Algunos de ellos ni siquiera tienen autoridad para intervenir, pero lo hacen. Estamos en una suerte de caos. Todos pueden decir: soy la autoridad, quiero saber por qué filmas”. Berlín ha recibido a decenas de cineastas que migraron desde Siria; su trabajo suele ser realista, basado en las imágenes de la guerra. El director y guionista Avo Kaprealian, refugiado en Beirut (Líbano), dijo a Al Jazeera: “Sobre todo cuando vives en un área del régimen, filmar es muy difícil. Tenía una sensación de miedo, incluso desde mi balcón. (…) Es tu vecindario y esta gente te conoce. Estás filmando a alguien que podría morir mañana. Era muy extraño”. La escisión explícita y exterior también divide a los artistas en su comunidad: “No puedes decir que estás haciendo algo a favor o en contra del régimen —dice Daoud—. Estás haciendo algo muy realista. Tienes que mostrar ambas visiones y que luego la gente juzgue. Tienes que aceptar el otro punto de vista. Ahora en Alemania hay gente que dice que hace arte por aquellos que están en contra del régimen. Es un error. El mismo error que comete el régimen”.

El gobierno escruta y el gobierno escoge. Una guerra exige a los ciudadanos que se decidan por un bando o por otro (y que determinen, sobre todo, por quién quieren ser atacados). “Quien desobedece, va a la cárcel —dice Kefah Ali Deeb, escritora y activista refugiada en Berlín, en una conferencia organizada por Deutsche Welle a mediados de junio—. Les contaré mi experiencia. Hay poco espacio para el discurso libre. Hablo todos los días con gente en áreas de control del régimen y fuera de ellas. La gente vive con miedo, y no siempre van a hablar en frente de una cámara sin elegir bien sus palabras, porque pueden ser juzgados por ellas”.

Deeb ha escrito libros para niños y en un tiempo editó publicaciones en el Ministerio de Cultura sirio. Sin embargo, cuando se declaró a favor de un proceso democrático en su país, fue encarcelada. “Hoy vivo como refugiada, como otros cientos, y he traído la cultura siria conmigo. Como sirios, creemos que sabemos mucho sobre Europa, porque tenemos muchos libros occidentales traducidos a nuestra lengua. Pero, ¿qué saben ellos sobre nosotros?”. En The Inmortal Sergeant (El sargento inmortal), un documental premiado por la BBC y dirigido por el sirio Ziad Kalthoum, se escuchan los helicópteros de guerra —aquellos desde los que fuerzas del Gobierno han lanzado bombas de barril sobre hospitales— mientras ocurre la filmación: es un traqueteo monocorde. “Un director de teatro está en la cárcel —cuenta Deeb—. Un traductor, que era defensor del régimen, terminó en la cárcel por traducir cierto libro. Nadie está seguro”.

Ayşegül Sönmez, crítica de arte turca y jefa de redacción de Sanatatak, aprecia esa tensión de una manera general: “Tuvimos que elegir entre cultura y religión, como si hubiera una guerra, de modo que estamos del lado de la cultura. Hay muchos ataques sobre ella. En Batman contra Superman, alguien dice que la democracia es conversación. También la cultura”. A la religión, a su interpretación radical, tampoco le importa el valor histórico o cultural del arte: el Estado Islámico ha destruido ciudades de 2.000 años de antigüedad con dinamita. Barriles llenos de dinamita.

*Esta nota fue escrita gracias a la invitación de Deutsche Welle.