“Un crimen motivado por el odio”

Dylann Roof, un joven blanco de 21 años, mató a tiros a nueve personas de una comunidad afroamericana en una iglesia de Charleston.

La población de Charleston (Carolina del Sur) llora la matanza de nueve afroamericanos en una iglesia. / AFP
Charleston es una pequeña ciudad de Carolina del Sur. Tiene 127.000 habitantes, de los cuales 36.000 (29%) son negros, de acuerdo con el último censo federal. Aquí se levantó en 1816 uno de los símbolos más importantes de la comunidad afroamericana del sur de Estados Unidos: la Iglesia Africana Metodista Episcopal Emanuel (AME), a donde llegó el miércoles en la noche Dylann Roof, un joven blanco de 21 años. Nada extraño, dicen los fieles que acuden al lugar, teniendo en cuenta que, aunque la iglesia congrega a la comunidad negra, la mayoría de la población de Charleston es blanca.
 
Roof se sentó durante una hora en las bancas de atrás del templo y luego de escuchar la sesión de estudio de la Biblia que hacía el reverendo de la iglesia y también senador estatal de Carolina del Sur, Clementa Pinckney, abrió fuego contra los fieles. Mató a nueve de ellos, incluido el pastor, y emprendió la huida. Catorce horas después fue capturado por la policía, que calificó el suceso como “un crimen de odio”, es decir, “motivado por discriminación racial o religiosa”.
 
Algo extremadamente grave, teniendo en cuenta que en los últimos meses la comunidad negra del país ha sido víctima de crímenes aparentemente motivados por el racismo, particularmente por parte de la policía. El ataque a esa iglesia en particular, un símbolo de la lucha contra la esclavitud, revive la más oscura historia de discriminación racial de Estados Unidos. Según testigos del ataque, Roof preguntó por el pastor antes de disparar y dijo: “Tengo que hacerlo, ustedes violan a nuestras mujeres, se están tomando el país, se tienen que ir”. El FBI abrió una investigación para conocer el perfil del atacante y sus motivaciones.
 
Raza, centro del debate
 
El presidente Barack Obama repudió el ataque y pidió una mayor regulación en la venta de armas en Estados Unidos, donde, según datos extraoficiales, circulan 300 millones de todos los calibres sin mayor control. Pero el primer presidente afroamericano en la historia del país fue más allá y puso el dedo en la llaga de un tema que durante mucho tiempo intentó evitar: “Debemos admitir el hecho de que este tipo de violencia no se observa en otros países desarrollados (...) El hecho de que esto tenga lugar en una iglesia negra genera evidentemente interrogantes sobre una página sombría de nuestra historia”, precisó.
 
En efecto, esta masacre trajo a la memoria de muchos en el sur estadounidense los ataques a iglesias negras. La quema y los atentados contra templos religiosos negros eran una realidad en el siglo XIX y se intensificaron durante la época de los derechos civiles en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Uno de los episodios más conocidos es la muerte en 1963 de cuatro niñas en una iglesia de Birmingham (Alabama) por un ataque del Klu Klux Klan. Pero en los años noventa se seguían presentando; entonces una oleada de ataques llevó a una investigación del Congreso federal. El último caso relevante tuvo lugar en enero de 2009, el día de la proclamación de Obama como presidente, cuando un hombre blanco atacó una iglesia negra de Massachusetts.
 
La herida racial parece estar aún abierta en el país, según lo reconocen los habitantes de Charleston que llegaron a la iglesia después del suceso: “Creíamos que los asuntos raciales estaban superados”, dijo uno de ellos al diario The Post and Courier. Desde 2014, cuando el adolescente negro Michael Brown fue asesinado por un policía blanco, el tema racial está en el centro del debate. No sin razón, pues se han registrado varios hechos similares.
 
Medio siglo después del fin oficial de la segregación racial persisten las sombras en la relación entre blancos y negros, el mantenimiento de disparidades y la alienación de la comunidad afroamericana con la policía, dice la prensa. Un estudio de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) afirma que desde 2002, tan sólo en Nueva York, 5 millones de personas han sido requisadas como parte de la popular política de “pare y requise” (stop and frisk), que fue declarada inconstitucional y discriminatoria en 2013 por una jueza federal. De éstas, 90% no tenía antecedentes judiciales, 50% eran negros, 30% hispanos y sólo entre 10 y 12% blancos.
 
De hecho, hace apenas dos meses Charleston vivió otro polémico episodio racial. Walter Scott, un hombre negro de 50 años que iba desarmado, murió luego de que un policía le disparara ocho veces. El agente fue imputado, pero cientos de miembros de la comunidad afroamericana se tomaron las calles denunciando un patrón de discriminación racial por parte de la fuerza.
 
No hay encuestas oficiales, pero, según un conteo que realiza el FBI, entre 2005 y 2012 murieron casi dos afroamericanos por semana de forma similar. Otros sondeos son aún más reveladores: el 75% de los blancos no tienen amistades negras ni hispanas y no entienden su cultura. Una realidad que al parecer no conocía el presidente Obama al afirmar en uno de sus primeros discursos que “no hay un Estados Unidos negro y un Estados Unidos blanco”.
 
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El hombre que cometió los hechos 
 
Se llama  Dylann Roof y tiene solo 21 años. Es delgado y tiene el pelo rapado. Fue detenido durante un control de rutas en Carolina del Norte, catorce horas después de que disparara contra 9 personas en una iglesia de la comunidad afroamericana de Charleston. Ya había sido detenido dos veces por tráfico de drogas. La dirigente local del movimiento de defensa de los negros NAACP, Dot Scott, señaló a la cadena CNN que “una víctima salvó su vida porque el atacante le dijo 'no te voy a matar (...) porque quiero que puedas contar lo que pasó'”.