Periodismo y posconflicto: retos y desafíos para el próximo cuatrienio

hace 50 mins

Un crimen sin nombre

Armenia conmemoró ayer el centenario del genocidio cometido contra su pueblo por el Imperio otomano. Turquía se limitó a expresar sus condolencias.

El presidente ruso Vladimir Putin en Ereván, capital de Armenia, en el centenario de los hechos. Los armenios le piden a Turquía reconocer el genodicio. /AFP

El 24 de abril de 1915 comenzó “uno de los crímenes más graves del siglo XX, cuando un millón y medio de seres humanos fueron exterminados sólo por ser armenios”, denunció el presidente armenio, Serge Sargsian, durante la ceremonia de conmemoración de la tragedia. Descendientes de las víctimas del genocidio, acompañados por los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y Francia, François Hollande, se congregaron en la colina Tsitsernakaberd, a las afueras de Ereván, capital de Armenia, para rendir tributo a sus antepasados.

Han pasado cien años desde las masacres de armenios en Turquía durante las que fueron asesinadas más de un millón de personas. Sin embargo, Ankara todavía sigue rechazando que se aplique la palabra “genocidio” y utiliza todos los medios de presión a su alcance para evitar que se le asocie con un concepto que, como explica Richard Dicker, experto jurídico de Human Rights Watch, “es una alegación tóxica, profundamente vergonzosa para un Estado”. Aunque reconoce las matanzas, asegura que se produjeron dentro del marco de la I Guerra Mundial. Y muchas veces lo consigue: el pasado miércoles, la Comisión de Exteriores del Congreso evitó emplear la palabra durante un homenaje a las “víctimas armenias”. De hecho, 14 de los 28 países de la UE no han hablado de genocidio, España entre ellos, un concepto que aplican la inmensa mayoría de los historiadores cuando se refieren a este caso. Qué es y qué no es genocidio es una cuestión que siempre ha tenido una enorme carga jurídica, pero también emocional, y que ha vuelto a la actualidad, no sólo con el centenario del genocidio armenio, sino también con el auto en el que el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Ruz, procesó a 11 militares marroquíes por genocidio en el Sahara Occidental.

“Hay razones legales y no legales que explican por qué siempre ha habido un debate tan encendido a la hora de definir algunos episodios de violencia masiva como genocidio”, explica Diane Orentlicher, profesora de Derecho Internacional en la American University, experta en justicia internacional que ha asesorado tanto a la ONU como al Departamento de Estado. “Legalmente, la convención sobre genocidio de 1948 define el crimen de manera muy estricta: sólo algunos actos constituyen violencia genocida y, más importante, tienen que haber sido cometidos con una intención muy específica —‘el intento de destruir, totalmente o en parte, un grupo nacional, étnico o racial, en su totalidad’—, lo que es muchas veces difícil de probar”.

La palabra genocidio fue acuñada en 1944 por el jurista judío de origen polaco Raphael Lemkin uniendo la raíz griega geno, que significa raza, y la latina cidio, que significa matar, para nombrar el crimen sin nombre que, para muchos, ha marcado el siglo XX. En su mente se encontraba el asesinato masivo de los judíos europeos y la exterminación de los armenios. La definición se incorporó al derecho internacional en 1948, cuando se firmó la convención contra el genocidio. En las sentencias de Nuremberg no llegó a utilizarse. Como todo lo relacionado con el nacimiento de Naciones Unidas, los equilibrios políticos entre los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, que ya habían dejado de ser aliados, marcaron la definición y la URSS impuso que las persecuciones políticas no formasen parte del delito.

El debate para ampliar el concepto de genocidio a estas persecuciones está sobre la mesa, aunque no ha cristalizado todavía en ningún tipo de iniciativa internacional. El problema para juzgar este delito no está sólo en que haya que probar que se trata de un ataque organizado contra un grupo étnico o religioso, sino en que es necesario demostrar la intencionalidad, la voluntad de exterminio. Claudia Díaz, diplomática de la Oficina del Asesor de Naciones Unidas para la Prevención del Genocidio, explica que “lo más difícil de probar en la definición de genocidio es el elemento de ‘intento’, porque es muy específico. Es necesario demostrar que los actos cometidos tenían como objetivo la destrucción de un grupo como tal. Nunca es fácil porque los perpetradores no suelen dejar evidencias de ello”.

Sólo en el caso de la ciudad bosnia de Srebrenica, donde en el verano de 1995 fueron exterminados unos 8.000 varones, los jueces del Tribunal Internacional de Justicia fallaron en 2007 que “los actos fueron cometidos con la intención específica de destruir en parte el grupo de los musulmanes de Bosnia Herzegovina como tal y, en consecuencia, fueron actos de genocidio”, informa Isabel Ferrer. Con el mismo texto legal en la mano, sin embargo, el propio TIJ eximió de responsabilidad a Serbia como Estado. En 2015, el genocidio asomó de nuevo en La Haya, sede del TIJ, esta vez de la mano de Croacia y Serbia. Ambas se habían acusado mutuamente de haberlo cometido durante la guerra de los Balcanes, pero los jueces rechazaron las demandas.

Los casos de genocidio sobre los que hay acuerdo en la comunidad internacional son muy pocos: el Holocausto contra judíos y gitanos por los nazis, las masacres por parte de los hutus contra los tutsis en Ruanda en 1994 y Srebrenica, en 1992. En el caso de los armenios hay un consenso académico de que se trató de un genocidio, pero no político, ya que muchos países evitan utilizar la expresión.

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