Un “dealer” en la ciudad de México

En una pulquería escondida en un barrio sureño de la capital, un vendedor de drogas habla sobre el negocio que ha disparado la violencia en el país.

El interior de una pulquería, lugar donde venden pulque, un fermento salido del maguey, en México D.F.

“Ese güey era la onda. Hace una semana que me lo mataron y yo aún no lo puedo creer. Estábamos cerca de acá, pisteando chido (bebiendo). Ahora que lo pienso, creo que él ya presentía algo. Me dijo: ‘lánzate por unas chelas (cervezas)’, cuando aún ni nos acabábamos el pomo (botella). Al ir hacia la tienda, escuché dos balazos. Ya se lo traían vigilado. Pobre mi cuate”.

Una pulquería (lugar donde venden pulque, un fermento salido del maguey) escondida en un barrio sureño de la capital, cerca de la Ciudad Universitaria de la UNAM. Tarros de cristal sobre la mesa: la mayoría a medias.

“Ya no me quiero acordar de Jorge. Mejor hablaré de mí. Hace dos años y medio yo estaba muy metido en el negocio. Ahora no tanto: trabajo por mi cuenta, no tengo ‘jefe’.

En ese tiempo moví de todo. Pero lo mío era el polvo (cocaína) y la verde (marihuana). Ganaba bien. Llegué a llevarme $8.000 (más de US$500) cada tres o cuatro días. Pero eso sí, a un precio alto. Andar en esto está cabrón.

En esta parte de la ciudad de México hay mucha droga. Todos están peleando por la plaza, porque conecta directamente con otros puntos de venta importantes, como la universidad o el estadio Azteca”.

Una pareja vecina baila cumbia. Ambos se tambalean. El dueño del lugar cruza el salón y deja en su mesa una bandeja llena de palomitas y una salsa que previene a los comensales: “Muy picante”.

“No puedo decir nombres, pero en el barrio hay cinco bandas que operan fuerte. Dos pertenecen a partidos políticos importantes que controlan Tepito; hay también un güey al que le dicen ‘El Animal’; otro es un empresario chino, y los más fuertes: los Anthrax. Ellos fueron fundados por dos mexicanos y dos rusos. Empezaron en Ecatepec, donde a diario los entrenaban. Les enseñaban desde ser carteristas expertos hasta torturar gente con técnicas avanzadas”.

Entra una oleada de jóvenes con uniforme escolar. Se detienen ante el letrero donde dice: “No se vende alcohol a menores de 18 años”. Todos ríen. Entran.

“Ahora los cinco bandos están bien instalados”, continúa el relator. “Antes aquí operaba el cártel de la Familia Michoacana, pero los sacaron. En las noticias salió cuando mataron a varios de ellos dentro de una pizzería donde se lavaba dinero. Por puro escarmiento, para que los demás supieran lo que les podía pasar. El caso es que la Familia se fue”.

Andrés apura tragos amplios cuando hace pausas en la historia. Pero está entero. O eso parece. Otros yacen recostados sobre sus mesas, vaso en mano. Él menea la cabeza. “A estos les falta técnica”, dice.

Avanza la tarde del sábado. La confesión profundiza y él bebe con coraje.

“Mi mamá es la única que sabía que estaba metido en esto. Y no me juzgó. Cuando lo supo, sólo me arrodilló y me echó la bendición. No me justifico, pero la verdad es que entras en esto porque creces en un ambiente tan malo que deseas estar en otra parte. Obviamente lo hice por mi familia. De pronto te das cuenta de que estás solo y empiezas a pensar que tienes que meterte en algo para sacarlos adelante. Ya no piensas sólo en ti.

En fin, aproveché todo cuando trabajé para mi primer ‘jefe’. Recuerdo que entonces compré dos motonetas, la casa de mis papás, mi departamento, y compré ropa como un loco. Fácil, gasté unos 300.000 varos (US$40.000).

Este negocio da frutos, pero hay que ir con cuidado. Mientras sepas bien cómo funciona, manejes tu adrenalina y tengas claro que en cualquier momento te matan, todo sale bien”.

De pronto Andrés desacelera el vaso y ofrece mariguana “de diez varos (menos de un dólar)” a los jóvenes que se le acercan. Trae la mercancía bien acomodada en el interior de una lata dispensadora de mentas. Luego les da su número de celular, para que lo contacten “cuando se ofrezca”.

“Pues ya entrado en confianza, la verdad es que yo estuve a punto de ser sicario. Pero debes tener un chingo de valor, la sangre muy fría y los huevos para demostrarle al patrón que eres leal.

Esto va por rangos. Se empieza desde abajo como mensajero, llevando y trayendo encargos; luego sigues como cultivador; después viene el cargo de primer cabo, que es como el ayudante de ‘los más grandes’ y al que generalmente mandan a cobrar cuentas.

Está el comandante, que visita todos los puntos y negocia con los aliados, y los sicarios, que sólo matan y cobran por apellido.

Ellos siempre tienen que dar una prueba de que realmente asesinaron: un dedo, una mano o una cabeza. Enseguida viene el coronel, que recibe tráileres con mercancía. Al final se ubican los más altos, que están como cuatro niveles antes del capo, o ‘jefe de jefes’”.

El pulque comienza a hacer efecto. Y él llega más profundo. La rocola amplifica a Vicente Fernández.

“Esos que están arriba son otro pedo (otro nivel), porque sus mentes cambian. Ya no piensan como gente común. Ven la vida como un reto. Ya no se definen por miedos, prejuicios o por sus familias. Ya no sienten, ni se inmutan. Pero todo lo que hacen, lo pagan”.

La orden llega acompañada de una sonrisa de complicidad del mesero, que conoce bien a Andrés.

“Ahora distribuyo solo y, al mismo tiempo, soy encargado de meseros en un restaurante. Cuando estás en esto aprendes a que tienes que renovar tu vida. Antes estudiaba idiomas; terminé inglés e iba a empezar italiano, pero no me iba a engañar: yo sabía que mi oficio es ‘este’ pedo, y no otra cosa.

Y sí. Si tuviera la oportunidad volvería a entrarle como antes. Hasta ahora entendí la mentalidad de los empresarios: mientras más tienes, más quieres. Por eso ya no te importa que lo que vendes destruye a otras personas. Desgraciadamente, para sobrevivir hay que saber tomar buenas decisiones. Y pierdes tiempo si te pones a pensar en el bien y el mal”.

La cuenta llega con una sonrisa aún más complaciente. Andrés paga en automático.

“De hecho, a lo más que he llegado es a dar una buena calentada (golpiza). Le di tal madreada al güey aquél que casi me lo echo. Aquella noche llegué a mi casa temblando. Nunca he matado. Pero sí lo haría, si me llegan al precio.

Carajo, ya volví a acordarme de Jorge. Ese güey era la onda. ¿No te lo había dicho?”.

Su mirada cambia al ritmo de la música de Maná. Los estudiantes salen juntos, abrazados y cantando; la pareja intenta una ronda nueva de pulques; el mesero esquiva la mirada infranqueable de Andrés, que vocifera:

“Sé que tú tuviste que ver algo en lo de mi cuate, güey. Nomás deja que esté seguro, y verás de qué calor es capaz este fierro”.

La pulquería se queda muda, mientras la noche invade las calles calientes de este barrio y Maná rompe el silencio:

“Aquí me tiene bien clavado,

soltando las penas en un bar,

brindando por su amor...”.

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