Un enemigo sin rostro ni territorio

Las imágenes reiterativas del desplome del World Trade Center en la mañana del 11 de septiembre de 2001 quedaron grabadas en las mentes de toda una generación.

Las apocalípticas escenas de neoyorquinos corriendo para escapar de una densa nube de humo y escombros parecerían ser un trágico presagio de la incertidumbre que estaría a punto de inundar el escenario internacional. La destrucción de uno de los más reconocidos íconos de la civilización occidental contemporánea parecería indicar que el mundo que vivíamos ya no sería el mismo. Los miedos de las guerras, el terror y la destrucción volverían a preocupar a las naciones, siempre temerosas del inicio de una tercera guerra mundial.

De cierta forma fue así, algunas cosas cambiaron. Desde Pearl Harbor, en 1941, ningún enemigo externo se había aventurado a lanzar un ataque de grandes proporciones en suelo estadounidense. Ni la China comunista, ni el imperio soviético, ni el Irán de los ayatolás o la Corea de los Kim lo hicieron. El hecho de que haya sido un actor no estatal, Al Qaeda, quien causara tal hecatombe, representó cambios en la agenda internacional. Los actores armados no estatales, llámense terroristas, insurgencias o criminales, pasaron al centro de las discusiones de la agenda internacional. La imagen de las guerras entre estados cedió el paso, tal vez apresuradamente, a la confrontación de enemigos sin rostro ni territorio.

El mundo del ciudadano común también cambió. La necesidad de desarticular redes clandestinas de terrorismo justificó, en varios países, la penetración en la esfera de lo individual por parte del Estado. Monitorear conversaciones, realizar inspecciones e incrementar los puntos de chequeo en aeropuertos y puntos de entrada se convirtieron en prácticas comunes a lo largo y ancho del mundo. Las fobias a los musulmanes y los migrantes de ciertas regiones se dieron rienda suelta. Se intensificaba el debate alrededor de las restricciones a las libertades individuales en aras de la seguridad.

Sin embargo, las grandes transformaciones en las relaciones internacionales y la geopolítica se dieron más como consecuencia de la respuesta de Estados Unidos a los ataques que por los ataques mismos. La reacción global tras los hechos, casi uniforme entre las naciones, fue rodear al presidente de EE. UU., George W. Bush.

Tal vez nunca antes en la historia Estados Unidos había gozado de tanta simpatía por parte de muy diversos actores internacionales, incluso algunos tan distantes como Rusia y China. La estrategia de perseguir a los líderes de Al Qaeda y desarticular su red era apenas lógica y legítima, pero los métodos y las formas de la estrategia comenzaron a resquebrajar tal simpatía.

La construcción de un discurso de una “guerra contra el terrorismo” fue vista por algunos con sospecha. La cooperación policial, la inteligencia militar y criminal, y la lucha silenciosa en contra de agentes clandestinos languidecieron ante una opción militarizada. La idea de derrotar a Al Qaeda a través de una guerra casi convencional, conquistando por la fuerza a Afganistán, fue el inicio de una era de mayor volatilidad en Oriente Medio. Aun cuando derrotar a los talibanes, anfitriones de la cúpula de Al Qaeda, tenía cierto sentido, la extensión de la guerra hacia Irak terminó por causar rupturas en los balances de poder a nivel global.

La ofensiva contra Sadam Hussein fue una guerra opcional, no una guerra de necesidad. Los círculos neoconservadores que rodeaban a Bush lo convencieron de aprovechar el momento para conquistar Irak, una idea que bien se venía discutiendo desde los años noventa. La escasa evidencia reunida en materia de arsenales nucleares, químicos y biológicos, y la supuesta conexión del régimen con Al Qaeda, fueron suficientes para justificar una invasión. Las repetidas negativas de la comunidad internacional a una intervención militar, a través de votaciones del Consejo de Seguridad, fueron ignoradas por la Casa Blanca, que prefirió una “coalición de voluntarios” para lanzar esta empresa por fuera del derecho internacional.

Es por ello que se dan los grandes quiebres. Los europeos no lograron asumir una posición común, dividiéndose ante la coyuntura. Un sector “atlanticista”, más cercano a Estados Unidos, liderado por el Reino Unido, España y Polonia, se sumó a la coalición, mientras otro más “europeísta”, con Francia y Alemania a la cabeza, rechazó tajantemente la acción. Europa se dividió. Por su lado, Rusia y China condenaron la ofensiva, aumentando las tensiones entre Moscú-Pekín.

La idea de una guerra contra el terror vino acompañada de un discurso agresivo del mandatario estadounidense, señalando a Irán, Irak y Corea del Norte de constituir un “eje del mal”. La retórica incrementó el sentimiento de inseguridad entre estas naciones, las cuales apresuraron sus programas nucleares. El miedo de una Teherán con capacidad nuclear motivó la revisión de la estrategia de Estados Unidos, retomándose la famosa idea de la Guerra de las Galaxias, un escudo antimisiles, esta vez con interceptores en Polonia y radares en la República Checa. La idea lastimaba los intereses de Rusia, no sólo por la revisión de históricos tratados de la Guerra Fría, sino por las implicaciones en su “patio trasero”. Llegaron así las relaciones bilaterales a su punto de mayor tensión desde la caída del muro de Berlín.

La apertura de teatros de guerra en Irak y Afganistán, además, fue el mejor pretexto para la expansión y el crecimiento de redes del terrorismo islámico, bajo la justificación de una lucha contra el invasor imperialista. El antiamericanismo nutrió el fundamentalismo, disparándose los actos de terror, incluso en países occidentales. El debilitamiento de Al Qaeda en Afganistán y Pakistán redundó, no en el ocaso del yihadismo, como lo desearon los neoconservadores, sino en la descentralización de sus redes, fortaleciendo franquicias en África, la península Arábiga, Yemen, Siria e Irak.

Junto con la Primavera Árabe, la guerra contra el terror de la administración Bush fue uno de los grandes sismos que transformaron la geopolítica de la región. Las actuales guerras en Siria, Irak y Yemen convocan a jugadores como EE. UU., Rusia, Arabia Saudita, Irán, Turquía y a los países europeos en diferentes escenarios de alianza y oposición. No es del todo erróneo afirmar que el Estado Islámico es consecuencia directa, no de los ataques de hace quince años, sino de las respuestas que el Gobierno de turno formuló.

* Profesor Universidad del Rosario.