Un policía en bicicleta

El agente musulmán Ahmed Merabet, ejecutado por los hermanos Kouachi tras la masacre de ‘Charlie Hebdo’, fue sepultado en París. Así lo recuerdan quienes lo conocieron.

La ceremonia del policía en el cementerio Bobigny, único camposanto musulmán de Francia.

“De jóvenes respetábamos. Y no es que no hiciéramos pendejadas. Tomar alcohol o fumar un porro, pero no más. Ni siquiera nos robábamos un caramelo de un supermercado”, dice Ahmed, 41 años, durante los funerales de su tocayo y amigo Ahmed Merabet en el cementerio musulmán de Bobigny. No sólo comparte el nombre y la edad con el policía ejecutado a quemarropa por los mismos hombres que minutos antes habían masacrado al staff de Charlie Hebdo. Como él, creció en Livry-Gargan, un municipio de 40.000 habitantes en la deprimida periferia norte de París. Como Merabet, este Ahmed es hijo de inmigrantes argelinos. “Todos venimos de familias trabajadoras. Creyentes y muy agradecidas. El papá de Ahmed murió cuando él tenía veinte años. Le tocó trabajar para ayudar a su familia, pero aun así estudió para entrar a la policía”, recuerda.

Ubicado en medio de una zona industrial, que a pesar de estar junto a París carece de buenas conexiones con el sistema de metro, el de Bobigny es el único camposanto de Francia dedicado exclusivamente a la comunidad musulmana. Junto a miles de trabajadores, muchos de ellos muertos jóvenes y sin familia como consecuencia de las duras condiciones de los primeros años de la gran inmigración, allí descansan el militar Mohamed Adjani, padre de la célebre actriz francesa, y Selma de Turquía, la “princesa muerta“ de la novela escrita por su hija, Kenizé Mourad.

En el funeral de Ahmed están presentes unas cuatrocientas personas. En su mayoría miembros de la comunidad musulmana, pero también algunos representantes de la comunidad judía y varias decenas de policías de la comisaría del barrio de la Bastilla, a la que Merabet estaba asignado.

“Era un gran deportista que había corrido maratones y practicaba el ciclismo. Hace dos años estuvo en el grupo de policías que acompañó el Tour de Francia”, recuerda uno de sus compañeros. Para Stéphane Wierzba comisario y superior directo de Mirabet, “Ahmed era un ejemplo. Acababa de pasar el concurso para ascender a oficial de policía judicial”.

“El pasado miércoles, Ahmed patrullaba en cercanías de la Rue Amelotl cuando escuchó disparos. Anunció por su radio que iba a ver qué podía hacer mientras llegaba alguna patrulla. No tenía manera de saber que se enfrentaría a armas de asalto”, dice otro de los agentes de la comisaría.

“No saben el dolor que nos produjo la publicación de ese video. Hubiera preferido no verlo porque me queda en la cabeza la voz de mi hermano diciendo que no lo maten”, dice Malek, uno de los primeros en arrojar una palada de tierra al féretro, minutos antes recubierto por la bandera francesa. Tras la primera parte de la ceremonia, en la que se cantan plegarias en árabe, los policías realizan un homenaje arrojando flores y puñados de tierra. La fila es numerosa, pero los dolientes esperan en silencio. “Disculpen el desorden, pero acepten nuestros respetos por su labor”, dice el hombre que trata de abrirles paso entre los otros dolientes. En sus manos sostiene la placa en madera que servirá de lápida provisoria. Su nombre es Attaf Abdel Baki y es el imán de la mezquita de Genneviliers, a la que durante un tiempo asistió también Chérif Kouachi, uno de los atacantes.

“Francia y el islam tienen los mismos valores. Ni la tolerancia ni el perdón ni la libertad son ajenos a nuestra religión, y por eso no nos sorprende que hoy vinieran personas de horizontes tan diversos a rendir homenaje a nuestro hermano”, dice. Para otro clérigo, “a un musulmán nunca le parecerán graciosas esas caricaturas, pero debemos responder con respeto”.

Desde una silla de escuela, a unos cincuenta metros de la tumba, la fatigada madre de Ahmed ha observado toda la ceremonia. Cuando los policías terminan de retirarse, sus familiares la ayudan a caminar hasta la sepultura. Su plegaria dura apenas un par de minutos. Al retirarse la acompañan sus hijos, que llevan una bandera plegada y varias almohadillas con las numerosas condecoraciones póstumas de un hombre al que desde hace una semana no han dejado de llamar héroe. “Hay que buscarles a todas un lugar bien visible en la casa”, dice una de sus hermanas. “¿Alguien vino en carro para que lleve a mi mamá?”.

 

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