Un pozo de incertidumbre

La caída en los precios del petróleo pone a Venezuela en una situación incómoda que la obliga a reaccionar sin perder de vista las elecciones legislativas del próximo año.

Un pescador navega frente a una torre petrolera del lago de Maracaibo , en el estado de Zulia. / AFP

El precio internacional del petróleo ha sido para Venezuela una suerte de trampolín inesperado. En los últimos 15 años se convirtió en la fuente combustible del propósito político de la Revolución bolivariana, como si la economía mundial se alineara para dar alas a un proyecto que de seguro no le resultaba muy simpático al modelo imperante y sus protagonistas, que rigen los grandes mercados. Así que de repente Hugo Chávez comenzó a sumergirse en esa especie de El Dorado que estaba debajo de sus suelos, un recurso de siempre que en 1998 valía US$8 por barril y que 10 años después bordeaba los US$130. ¡Eureka!

El gobierno chavista tenía dinero para casi todo y petróleo suficiente para llenar toda su imaginación. Sus programas sociales, las llamadas Misiones, avanzaban a todo vapor: más de 450.000 viviendas construidas en los últimos años para familias sin recursos, atención de salud en los barrios impartida por médicos cubanos, alimentos a bajo costo en mercados socialistas locales...

Había tanto dinero que se garantizaron recuerdos futuros en tierras inhóspitas para Caracas: el barrio Simón Bolívar, de 100 casas y una escuela en Bamko (Malí), una clínica para la atención de enfermos en Gambia, sistemas de calefacción para 200.000 familias de las comunidades ancestrales de Maine (Estados Unidos) y generosas donaciones a naciones como Irán, China e Indonesia. Todo esto millonariamente financiado en prosperidad.

El petróleo no ha dejado de ser la principal fuente, pero en los últimos meses su precio internacional ha disminuido los bríos de la riqueza venezolana. Apenas la semana pasada el barril se vendía a US$68.08, 30 menos que el promedio del año anterior. Si se comparara ese valor con el de los últimos años del siglo pasado, el viento, sin duda, aunque menos potente, seguiría siendo favorable. No obstante, hace tiempo ya que los juicios en Venezuela dejaron de hacerse desde la sencillez. Hoy el país se compara a sí mismo desde una abundancia que ya no es la misma de antes.

No luce acertado poner a Venezuela en una única plaza entre los afectados por la caída de los precios. En general, todos los países petroleros invierten las horas en pensar planes de choque. El factor diferencial aquí es que las críticas y los posibles estragos son más estridentes en una nación cuyas divisas dependen en 96% del crudo y que tiene en esa industria algo así como el 50% de sus ingresos totales. Todo esto sin contar que el 80% de las exportaciones venezolanas son justamente en petróleo.

El economista venezolano Luis Oliveros, especialista en política petrolera, explicó a este diario que “por cada dólar que cae la cesta petrolera venezolana (la cotización del precio en el mercado internacional), el Estado deja de recibir US$620 millones. Así que si el precio el año pasado fue de US$98, este año la cesta debería promediar US$90. Esto significa que serán US$5.000 millones menos por ingresos de divisas”. Esa cifra multiplicada por 12 (US$60.000 millones) fue el total que Hugo Chávez gastó entre 2005 y 2010 en programas de asistencia internacional, y hoy los opositores se frustran al pensar qué se podría hacer ahora con ese dinero, ellos que tanto criticaron el rol de Chávez como padrino universal.

En la postal que la prensa venezolana no oficial, o sea opositora, y analistas críticos de las políticas económicas del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) presentan, pareciera recrearse al presidente Nicolás Maduro en un balcón frente al mar mientras comienza a ver un meteoro que cae velozmente en el horizonte. Coinciden en que aún hay tiempo de reaccionar, pero dudan de que el turista lo hará a tiempo. El propio Maduro anunciaba días atrás la creación de una Comisión Presidencial para la Racionalización y Reducción de Gasto, encargada de revisar los gastos suntuarios del Gobierno, a manera de paliativo para el temblor en las finanzas. El mandatario anunció que se avecinaba un recorte de salarios para la cúpula del Gobierno, incluido el suyo, y la noticia contrastó con la de hace un mes, cuando incrementó en un 45% el sueldo de los militares. “Ni un bolívar —aseguró enfático— se va a tocar de las misiones. Al contrario, es tiempo más bien de reorientarlas, optimizarlas y ampliarlas”.

El margen existe. La inercia del mercado en todos los meses y años anteriores no hace prever una caída radicalmente abrupta de los precios. La semana pasada el promedio fue de US$68,08 por barril, pero muy difícilmente la media de 2014 estará por debajo de US$90. Las proyecciones apuntan que en 2015 la media anual podrá acercarse a US$70, o sea, bajo el cálculo citado por Oliveros, US$12.000 millones menos de ingresos para Caracas.

El especialista no tiene duda de que Maduro tendrá que tomar medidas más allá de los gastos suntuarios. Podrá aumentar el precio de la gasolina, que es irrisorio desde hace décadas (con US$0,35 se llena un tanque), podrá unificar el sistema cambiario (hoy Venezuela cuenta con tres tasas diferentes de cambio, de acuerdo con el sector en el que se realicen las transacciones), podrá fortalecer la institucionalidad para diezmar la corrupción y hasta privatizar algunas empresas estatales costosas y con fallas en la operatividad. Cualquiera de esas decisiones, o todas juntas, resultarán impopulares para sus copartidarios o para el electorado: en 2015 los ciudadanos elegirán una nueva Asamblea Nacional.

“Es una situación complicada para el presidente Maduro”, puntualiza Luis Oliveros. “Su popularidad se establece cercana al 35% y su gran problema es que hasta simpatizantes de Chávez lo responsabilizan al comparar las épocas”.

Al final, como es común en Venezuela, los asuntos públicos son vistos desde el lente político oficialista/opositor: o se cree en el socialismo del siglo XXI o se cree que todo el Gobierno —sin excepción— es incompetente. Patriota o apátrida, revolucionario o capitalista, periodista independiente o terrorista de la palabra. De repente una confrontación centrada en el ser y no ceder ha desenfocado los debates sobre el deber ser y los ha agrupado en el mero hecho de conservar o tomar el Gobierno. “Nos acostumbramos a que el poder es una especie de rehén de unos pocos”, dice Oliveros.

Hugo Chávez ganó contundentemente las últimas elecciones que peleó, el 7 de octubre de 2012. Su programa, el Programa de la Patria que promulgaba como su evangelio para su siguiente período, fue labrado bajo el pilar petrolero y para un plazo de seis años: 2013-2019. El mismo programa, idéntico, calcado, inalterado, fue la bandera de Maduro para reemplazar a su antecesor, y entonces una eventual y seria caída del precio del petróleo era un mal chiste o una pesadilla improbable. Chávez murió y sus herederos buscan alternativas para hacer frente a los espectros que van apareciendo en el sendero. El próximo año los espera una nueva batalla por el control de la Asamblea Nacional y el petróleo ya no valdrá lo mismo.

 

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