Una ejecución polémica en EE. UU.

El 19 de agosto de 1989 un crimen conmocionó a Savannah, Georgia (EE.UU.).

Mark MacPhail, un guardia de seguridad de un restaurante de comidas rápidas, quiso defender a un hombre víctima de un asalto y, luego de pelear con el ladrón, recibió un tiro mortal. Troy Davis, un ciudadano negro que entonces tenía 22 años, fue detenido y señalado como el autor del crimen.


Durante el proceso, nueve testigos del asesinato identificaron a Davis como el autor del disparo, pero también una investigación oficial demostró que el arma homicida también había disparado ese mismo día en otros puntos de la ciudad. No sólo eso, nunca fueron halladas huellas de Davis o su ADN en la escena del crimen.


Aún así, en agosto de 1991 este hombre fue condenado a la pena capital. A pesar de la sentencia, el caso se siguió demorando. Años después, siete de los nueve testigos originales cambiaron sus declaraciones. Una testigo (Quiana Glover), incluso, aseguró que el hombre cuyo testimonio fue determinante en la condena (Sylvester Cole) le confesó en una fiesta que él había sido quien acabó con la vida del agente.


Estos vicios en el proceso han hecho que la aplicación de la condena se aplace en tres oportunidades. También ha provocado que Amnistía Internacional, el expresidente Jimmy Carter, el papa Benedicto XVI, la actriz Susan Sarandon e incluso la Unión Europea pidan que se revise la condena. Pero los pedidos de clemencia han caído en oídos sordos. La Corte de Perdones del Estado de Georgia, última instancia, decidió que Davis debía recibir la inyección letal en una cárcel de Jackson, anoche. El director del Centro de Informaciones sobre la Pena de Muerte (DPIC) de Estados Unidos dijo que ya era muy poco lo que se podía hacer por Troy Davis, quien escribió: “Esta lucha es por todos los Troy Davis que vinieron antes que yo y todos los que vendrán después. No voy a dejar de luchar hasta haber exhalado mi último aliento”.

 

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