Una historia derruida

Las plazas de Patan, Hanuman Dhoka y Bhaktapur, declaradas patrimonio de la humanidad en 1979, quedaron casi destruidas. Una reconstrucción de este tipo, aunque posible, depende de la situación social y política.

Así quedó una de las construcciones de la plaza Bhaktapur, una de las tres zonas de patrimonio cultural de Durbar, en Katmandú. / AFP

El 18 de abril, una semana antes del terremoto, un grupo de ciclistas recorrió el valle de Katmandú. Los ciclistas visitaron sus siete sitios, que discurren por 55 kilómetros: las plazas del complejo de Durbar, donde se divisan las antiguas ciudades de Hanuman Dhoka, Patan y Bhaktapur, y los conjuntos religiosos de Swayambhu, Bauddhanath, Pashupati y Changu Naraya. Se los veía alegres en las fotografías. Tuvieron vistas exquisitas: templos levantados en madera, morteros de barro y ladrillo cocido; techos cubiertos por baldosas de terracota; estupas bañadas de blanco y coronadas por la imagen sólida de Buda; ornamentos de naturaleza hindú, budista y tántrica, ejecutados en bronce; palacios cercados por la naturaleza. Siete días después, de los templos erigidos y la belleza mínima de sus muros quedó una suma arbitraria de polvo y destrozos.

Además del valle de Katmandú, la Unesco ha declarado patrimonio de la humanidad a otros tres sitios en Nepal: Lumbini (el lugar de nacimiento de Buda) y los parques nacionales de Chitwan y Sagarmatha. El terremoto produjo un daño severo (la destrucción casi total) de tres de las plazas de Durbar (Patan, Hanuman Dhoka y Bhaktapur) y tuvo un impacto amplio en el parque de Sagarmatha, donde está el monte Everest. En el resto de sitios, el impacto fue mínimo. La única certeza que tiene la Unesco hasta ahora es que numerosos templos se derruyeron por completo y algunas estructuras están resquebrajadas y en peligro. Más allá del material tangible, la importancia de las plazas está ligada con el desarrollo de las religiones hindú, budista y tántrica, y el decidido valor artístico que se conjugó desde el siglo V d.C. hasta su auge, gracias al impulso de la dinastía Malla, entre los siglos XVI y XVIII. De modo que la influencia de la religión es visible en la arquitectura, con cierta influencia china, de los templos Taleju y Jaganath y la estatua del rey Pratap Malla. Allí están las bases de su religión y, por extensión, de su sociedad.

En los terremotos de 1833 y 1934, varios monumentos también se fueron al suelo. Por entonces, algunos fueron reparados, unos más reconstruidos y otros simplemente se desvanecieron. La torre Dharahara, por ejemplo, también resultó averiada (menos de la mitad de la construcción se mantuvo) en el terremoto de 1934. El entonces primer ministro de Nepal, Judha Shumsher, ordenó su reparación: prácticamente empezaron desde cero.

La Unesco declaró el valle de Katmandú como patrimonio de la humanidad en 1979; se convirtió en patrimonio en peligro en 2003; la calificación sólo cesó cuatro años después, cuando la organización reconoció que el entorno de las plazas tenía límites estrictos e inviolables y que la autenticidad e integridad de seis de los siete monumentos había sido reparada. Después del terremoto del sábado, la Unesco ha dicho que un equipo evaluará el daño real a las estructuras arquitectónicas.

El siguiente paso sería, entonces, la reconstrucción. La Unesco no ha sugerido este proceso; sin embargo, en cataclismos similares ha aportado dinero y equipo especializado. Destruida por yihadistas, la reconstrucción de la mezquita Djingareyber en Timbuctú comenzó en 2014; trabajos similares se llevarían a cabo en la mezquita de Jonás, en el sur de Irak, bombardeada por militantes del Estado Islámico en junio del año pasado. Sea por causas naturales o (la causa más común) por acción humana, las organizaciones intentan recuperar la vida de las estructuras originales hasta el punto que sea posible. Hay casos en que no: el terremoto de Haití, que dejó en ruinas la casa presidencial y la catedral de Puerto Príncipe, produjo una desaparición masiva de monumentos y emplazamientos culturales. Hace menos de un mes, el Estado Islámico destruyó con canecas de explosivos la ciudad antigua de Nimrud, en Irak, y al parecer (ni la Unesco ni ninguna otra organización global han hecho presencia allí) no quedó en pie ningún templo ni escultura. La zona norte del país está tomada por el grupo rebelde: con ese poder, han destruido la arqueología de Hatra, Mosul y Nínive. Ni Estados Unidos, ni Rusia, ni Inglaterra han decidido entrar militarmente a la zona y la Unesco está con las manos atadas. En las últimas semanas lanzó una condena contra el grupo y en febrero la ONU firmó un pacto para detener el posible tráfico ilegal de piezas arqueológicas.

Para el levantamiento del patrimonio de Timbuctú, la Unesco requirió US$11 millones; la reconstrucción tenía también el objetivo de apoyar un futuro posconflicto y sanar las heridas de la guerra a través de la protección de su patrimonio comunitario, de su religión. El caso de Timbuctú fue también azaroso: las condiciones sociales permitieron que la Unesco entrara en la zona. Sin embargo, es en época de guerra cuando más patrimonio es destrozado, robado y traficado de manera ilegal, tres acciones prácticamente irreversibles a pesar de muchos esfuerzos.

En 2003, cuando el Ejército de Estados Unidos entró en Irak, museos, librerías y sitios arqueológicos fueron expoliados; ni Irak ni Estados Unidos habían preparado ninguna legislación al respecto, aunque existen pactos desde la Segunda Guerra Mundial para proteger el patrimonio artístico de las naciones invadidas. En estos casos, la ambición puede más y las posibilidades de recuperar el patrimonio son cada día menores, dado que, después de muchos años, las piezas robadas son vendidas en subastas (privadas y en ocasiones públicas) donde ya se le ha perdido el paso a su proveniencia.

Una catástrofe parecida a la de Nepal ocurrió en las costas del océano Índico en 2004, cuando numerosos tsunamis mataron a 180.000 personas. En Indonesia, Malasia, las Maldivas, Tailandia, Sri Lanka e India se inundaron y estropearon más de 100 bibliotecas públicas y archivos privados que contenían material cultural de importancia. La inestabilidad política de la región, el alcance económico y el grado de pérdida determinaron la recuperación posterior, que resultó en la casi total reconstrucción de las bibliotecas y, en ciertos casos, en la aceptación de la pérdida.

Otros daños

Los monumentos en Nepal ya han sido afectados por causas naturales. En febrero de 2011, un rayo impactó contra el templo Pratapur, justo en la plaza Durbar (valle de Katmandú). La columna central se quebró y las escaleras se dislocaron. El templo fue reparado con ayuda gubernamental, pero el terremoto del sábado lo derruyó por completo. El reciente cataclismo también volvió polvo parte de la localidad de Vasanthapura, en Katmandú, que aunque no estaba declarado como patrimonio, tenía importancia por su arquitectura perteneciente al siglo XI d.C.
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