Una nueva transición en Cuba

No es extraño que el régimen cubano, acostumbrado desde el inicio de la Revolución a transiciones, haya emprendido otra de carácter económico, con el fin de simplificar el sistema monetario, complejo por la cohabitación de dos monedas, el peso cubano y el peso convertible cubano.

Introducida en 1994, la medida buscó reducir el impacto negativo de la desaparición de la Unión Soviética y del Consejo de Asistencia Económica Mutua (CAME), del que Cuba formó parte desde principios de los 70 hasta 1991, cuando fue abolido ante la debacle del sistema.

En los noventa, y con semejante escenario, Cuba emprendió una serie de reformas entre las que se incluyó la circulación de un peso convertible equivalente al dólar, al que han tenido acceso quienes por sus cargos obtienen dólares. La iniciativa en su momento respondía a la proscripción de la circulación del dólar y buscaba que el Estado tuviera un mayor control sobre los ingresos del sector del turismo, que debían incrementarse cuando el régimen, obligado por las circunstancias, vivió una apertura económica, alimentada por dicho sector y la entrada de remesas.

No obstante, dicha iniciativa tuvo en efecto nocivo a propósito de los objetivos comunistas: en la medida en que la mayoría de asalariados ha recibido ingresos en pesos cubanos y aquellos del sector turismo en pesos convertibles, se ha creado una brecha que con el paso del tiempo ha crecido. Esta distorsión afecta gravemente los ideales de la Revolución por una razón básica: significa la existencia de clases sociales, realidad que atenta contra la utopía socialista, a la cual Cuba no ha renunciado por más crisis y flexibilizaciones que haya vivido.

Algunos consideran que este paso constituye el primero hacia la liberalización y hacia la economía de mercado, lo que resulta cuestionable. Es indudable que Cuba está cambiando, pero así ha sido por lo menos desde los 70. Ante la imposibilidad de producir los tristemente célebres 10 millones de toneladas de zafra, la Revolución entendió los límites naturales de los sistemas económicos y la necesidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes del ambiente interno e internacional.

Claro está, la decisión de unificar el sistema monetario puede significar una apertura, pero no necesariamente una liberalización hacia la economía de mercado. La misma debe ser leída como una apuesta por sanear el sistema productivo de la isla y como un intento de reducir la brecha social que tantas críticas justificadas le han valido al régimen. Desde la salida de Fidel Castro en 2006 del poderoso Consejo de Estado, además de los cambios en el liderazgo del Partido Comunista, el interés por cambiar el curso de la Revolución es patente, aunque ello no implica abandonar el ideal comunista. Se trata, como es obvio, de un propósito de difícil alcance, pero el régimen tiene algo a su favor: la perspectiva histórica de décadas llenas de errores en los sistemas comunistas y capitalistas, que le han permitido a la nueva dirigencia cubana entender que si el régimen no cambia, perece.

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