Una tarde de “lobby” en Cartagena: la historia detrás del Plan Colombia

El 28 de octubre de 1998, Washington amaneció en medio de un terremoto político. Acababa de estallar el escándalo sexual más bochornoso de los años recientes: una practicante de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, puso en jaque al presidente Bill Clinton. Un tema de faldas. Y de puros.

El presidente Bill Clinton con el senador demócrata Joseph Biden. / AP

En medio de ese ambiente enrarecido, y cuando el mundo hablaba de un vestido azul que se volvió legendario, llegaron los Pastrana a una visita de Estado a la Casa Blanca para tratar de poner en marcha lo que probablemente definió la presidencia de Andrés Pastrana: el Plan Colombia. El ambiente político no parecía el más propicio. Pero Pastrana sacó un as bajo la manga que Clinton no esperaba.

En la rueda de prensa conjunta, y mientras los periodistas insistían en saber detalles del escándalo Lewinsky y qué había ocurrido entre ella y el presidente en el Salón Oval, Pastrana agradeció la hospitalidad a la señora Clinton en los siguientes términos: “Hillary no es la primera dama de Estados Unidos. Es la primera dama del mundo”. Esa frase, tan generosa en un momento en que ella, tan ambiciosa como poderosa, veía cómo su imperio tambaleaba, fue eternamente agradecida por el entonces mandatario estadounidense.

Luego de cuatro días y tres noches de convivencia, cañonazos en honor a Colombia, una rimbombante cena con invitados especiales y muchas reuniones con los gabinetes de ambos gobiernos, Clinton se comprometió a sacar adelante el ambicioso proyecto en el Congreso de su país.

La visita de Estado es el honor protocolario más alto que un presidente puede ofrecer a otro. Al año, en la Casa Blanca se hacen sólo cuatro visitas de este tipo. Es decir, 16 en total en los cuatro años de mandato presidencial. En 1998, además de Andrés Pastrana, fueron homenajeados Nelson Mandela de Sudáfrica, Tony Blair del Reino Unido y Vaclav Havel de la República Checa.

Esa fecha tiene además una particularidad especial: 30 años antes, cuando el dirigente conservador Misael Pastrana era embajador en Washington, fue testigo de la única visita de Estado que se le había hecho a un gobierno colombiano. El presidente Alberto Lleras Camargo fue invitado en junio de 1969 por Richard Nixon. Andrés Pastrana tenía 15 años entonces y era el hijo del embajador en Washington.

Treinta años después volvió a ser protagonista. A la cena en su honor asistieron Gabriel García Márquez, Fernando Botero y Shakira. Hubo baile al son de Marc Anthony y un menú con tintes caribeños que Hillary Clinton cuidó con esmero, a pesar del escándalo Lewinsky. En esos días Clinton y Pastrana tuvieron tiempo para hablar a solas, compartir inquietudes y hasta consejos. Afianzaron su amistad. Fue Clinton quien le recomendó a Pastrana acercarse al entonces gobernador de Texas: un hijo de expresidente que se perfilaba para reemplazarlo en la Casa Blanca. Pastrana salió de Washington rumbo a Texas a conocer a George W. Bush y esa visita, en cierta forma, garantizó la continuidad de su apuesta presidencial.

Pero lo que verdaderamente fue clave en el destino del Plan Colombia terminó, por coincidencias de la vida y de la política, en manos de una pequeña de tres años: Valentina Pastrana.

Durante la visita de Estado, Clinton se comprometió con el proyecto. Pero era necesario lograr la aprobación del poderoso Congreso estadounidense. Y es ahí donde la hija menor del entonces presidente colombiano jugó un rol importante.

La estrategia para abrirle las puertas al Plan Colombia incluía conquistar a un poderoso senador: Joe Biden, ni más ni menos, el hoy vicepresidente de Barack Obama. Entonces Biden era el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Por su oficina, sí o sí, debía pasar el proyecto de Pastrana.

El problema era que Biden era poco amistoso con nuestro país. Más bien antipático. “Detestaba a Colombia”, le dijo el expresidente a El Espectador. Tuvieron varios encuentros y, a regañadientes, con la mediación de Clinton, Biden aceptó visitar nuestro país. En Cartagena, Pastrana lo convenció de ir a pasar un día con su familia a la isla presidencial, donde Valentina, la chiquita de tres años, hizo lo inesperado.

“Valentina lo conquistó. ‘Yo me quiero ir con el señor’, decía. Lo metió al mar, se le sentó encima, lo ensució de arena…”. La pequeña de tres años consiguió lo que el Plan Colombia no había logrado: conquistar a Joe Biden.

Al regresar de la isla, el helicóptero presidencial se acercó demasiado al avión del senador y terminó dañándolo. Biden no pudo partir hacia Barbados, como estaba previsto. Se quedó una noche más en Cartagena, y entre mariscos, algunos tragos, varias charlas y muchas risas, se comprometió a sacar adelante el proyecto en el Legislativo.

Y lo hizo, con creces. El Plan Colombia fue aprobado por una amplísima mayoría y comenzó desde entonces un proceso sin precedentes de modernización de las Fuerzas Armadas.

Eran inicialmente US$7,5 billones, de los cuales el 60% lo pondría el gobierno colombiano y el 40% restante, supuestamente entre Estados Unidos y la Unión Europea. Los estadounidenses le apostaron todo. Los europeos poco. El compromiso era reducir en 50% las hectáreas de coca, y aunque hoy en día Colombia ha vuelto a ser el principal productor de cocaína en el mundo, el poderío de las Fuerzas Militares no tiene comparación con la flota que había en 1998.

A pesar de las críticas, los cuestionamientos y las dudas en torno al éxito del proyecto, hay una explicación que deja casi sin argumentos a quienes cuestionan la celebración de este 4 de febrero: según analistas, el Plan Colombia resultó exitoso porque evitó que, ante los ojos del mundo, el país siguiera siendo un Estado fallido.

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