Vendaval religioso en el campo chavista

El eslogan que el presidente de Venezuela repitió por años en sus múltiples discursos: "Patria, socialismo o muerte", fue cambiado por un piadoso "Viviremos y venceremos".

I. El santo patrono de los venezolanos es un médico católico de convicciones creacionistas que fundó la cátedra de bacteriología de la Universidad Central en 1899 y a quien el Vaticano se niega obstinadamente a canonizar: el doctor José Gregorio Hernández. Se afirma que el piadoso doctor sólo ha llegado al muy modesto grado de “venerable” porque el expediente de postulación lo elaboraron desmañadamente, haciendo alarde de incuria, unos sacerdotes venezolanos en extremo chambones y desaprensivos.

Sin embargo, su pueblo tiene al doctor por muy milagroso y por eso José Gregorio —como a secas le llamamos aquí— ha logrado colarse en altares que los antropólogos llaman sincréticos, donde desde hace años se codea con deidades del panteón yorubas como Changó u Obatalá, con el Simón Bolívar afrodescendiente, con María Lionza —una divinidad que vaga por la selva en las noches cabalgando en pelo sobre un tapir—, con el “ánima de Taguapire” —alma en pena—, con el llamado “Negro Felipe”, con el mismísimo Carlos Gardel, con la virgen de Coromoto —advocación venezolana de la madre de Dios, patrona oficial del país— y, últimamente, con los santos sicarios de la llamada “corte malandra” que preside “San Ismaelito” —un violento atracador caraqueño abatido por la policía, junto a su novia, hace pocos años—.

A esos altares se acercan hoy centenares de miles de venezolanos a impetrar la recuperación completa del presidente Hugo Chávez, quien lucha tan resuelta como aspaventosamente contra el cáncer que le fue diagnosticado en junio pasado.

El vendaval de religiosidad que el anuncio ha desatado en el complejo campo chavista es digno de atención, pues dice mucho de los cambios profundos que ha experimentado el alma de nuestro país en el último medio siglo.

En efecto, las manifestaciones de solidaridad y simpatía con el mandatario enfermo dejan ver el ancho espectro de cultos que han venido restando en Venezuela el predicamento casi absoluto que otrora tuvo la Iglesia Católica.

Desde las hoy ya muy nutridas denominaciones pentecostalistas que animan la vida religiosa en las favelas marginadas de nuestras ciudades, en nuestros campos y en nuestras prisiones, hasta las muchas variedades de cultos afroamericanos que desde hace décadas nos llegan de Cuba y el Caribe, pasando por la Iglesia Ortodoxa griega y la Iglesia Católica de rito oriental, sin olvidar los ritos chamánicos de las etnias indígenas, casi todas las creencias que han brotado en el país convocan a diario vigilias ante el “balcón del pueblo”, a bilongos donde se sacrifican aves de cabritos y aves de corral, a oficios religiosos teledifundidos; todos ellos explícitamente consagrados a pedir larga vida para Chávez.

Ahora bien, ¿en cuál, de entre tantos dioses, cree Chávez? En todos y en ninguno, me apresuro a decir.

Ha sido este uno de los rasgos singularizadores de Chávez como caudillo militar populista latinoamericano: su ambigüedad, para muchos astutamente calculada, ante el hecho religioso, pero muy especialmente manifiesto cuando de católicos se trata.

Ambigüedad que, sin duda, ha infundido fuerza a su soberbio manejo del vínculo emocional que le une a millones de venezolanos desposeídos que, pese a todos los pesares, todavía le brindan un apoyo que las encuestadoras más serias colocan en el tramo del cincuenta por ciento del electorado.

No en balde la efigie de Chávez hace tiempo, casi veinte años, que fue elevada a los altares sincréticos.

II En el curso de estos catorce años hemos visto a Chávez santiguarse ante las cámaras inmediatamente antes de citar, por ejemplo, un descreído aforismo de Nietszche o reclamar la mediación de los obispos católicos durante el golpe que lo derrocó por veinticuatro horas en abril de 2002.

Chávez llegó a decir que gracias a esa mediación salvó la vida, sin que ello le haya impedido luego, una vez restituido en el cargo, escarnecer a esos mismos obispos diciendo que son el diablo “pitiyanquis”, pedófilos y proimperialistas en sotana.

Sin embargo, por debajo de esa ambigüedad que, durante mucho tiempo, mantuvo a la Conferencia Episcopal venezolana divida entre obispos partidarios de no antagonizar francamente al mandatario desde el púlpito y quienes han preferido denunciarlo a cielo abierto como comunista, puede decirse que Chávez ha sido muy consistente en su anticlericalismo.

En esto, se dirá, no se diferencia de los muchos caudillos que el continente ha parido. Mas lo distintivo del caso presente es que, en un pasado no muy lejano, las descomedidas expresiones de Chávez y los suyos contra la curia no habrían dejado de tener consecuencias electorales. El hecho inocultable de que el púlpito ya no pueda inclinar en un sentido u otro la balanza electoral venezolana es congruente con el declinar de una especial cepa del catolicismo que el editor Teodoro Petkoff describe como “caribe, realengo y viva-la-pepa”.

Y con el auge de las denominaciones pentecostales —añadiría yo— a las que muchos adscriben a Chávez, señalando al afamado “televangelismo” del mandatario como prueba reina de que, en el fondo, nunca fue católico.

Ciertamente, Chávez ha sabido hacer “machaconamente” la distinción entre la curia y los creyentes, como si de un cristiano reformado se tratase. Así, con frecuencia ha invitado a su programa a estrafalarios curas “disidentes” de provincias —curas que, por cierto, nunca han escaseado en nuestros pagos— al tiempo que, vagamente y sin demasiado énfasis, se declara “cristiano”.

Tan disminuido anda el ascendiente de los obispos en Venezuela, y tan bien aprendida por los suyos la lección de Chávez, que el canciller Nicolás Maduro, en el curso de la Asamblea General de la ONU, asistió devotamente a una misa en el Bronx neoyorquino, oficiada por un sacerdote simpatizante de Chávez. Aún se recuerda cómo Maduro y el ministro de Interior, Tarek El Assami, anunciaron en 2008 la ruptura diplomática con Israel desde la mayor mezquita caraqueña, tocados con sendos kufiyas.

III La opinión opositora venezolana no ha ido más allá de repudiar lo que entiende por mal gusto de Chávez al convertir su calvario de las biopsias y sesiones de quimioterapia en metáforas palpitantes de las batallas que nuestros pueblos han de librar contra el imperialismo y las fuerzas de la reacción oligarca.

Quienes se molestan en elaborar un poco más sus análisis recurren invariablemente al modelo sicodinámico de Kübler-Ross que describe las fases emocionales que atraviesa el enfermo diagnosticado con una enfermedad terminal. Según este modelo, el turbión de religiosidad que atraviesa Chávez y que ha infundido en su electorado, correspondería a la primera fase: la de negación eufórica, que pasará más temprano que tarde.

Otros ironizan con el hecho de que el hombre que ha torcido innúmeras veces la Constitución para hacerse reelegir indefinidamente, acaso no alcance a vivir para gozar de esa prerrogativa personal que le otorgaron sus obsecuentes “parlamentarios”.

Tengo para mí, sin embargo, que desde su posición Chávez hace bien en trocar el infausto eslogan “patria, socialismo o muerte” por el más piadoso de “viviremos y venceremos”: los efectos no han tardado en reflejarse en las encuestas. Al cabo, estamos a sólo un año justo de las presidenciales.

La oposición no elige todavía candidato —las primarias están convocadas para febrero de 2012— y ya Chávez anda en plan Cid Campeador, avivando las emociones de quienes ven en él a su único formidable valedor dispuesto a gobernar para ellos aun después de morir.

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