La Venezuela del comandante

El presidente deja un país que continúa siendo tan dependiente de la renta petrolera como históricamente lo ha sido. No se ha avanzado en estos años en lograr una mayor diversificación de las bases que sustentan el modelo de desarrollo. Es el ingreso petrolero el que ha permitido la financiacion del proyecto bolivariano.

Recorrido de despedida en Carcacas, Venezuela. / AFP
Recorrido de despedida en Carcacas, Venezuela. / AFP

La mayoría de los analistas coinciden en dividir los 14 años que transcurren entre diciembre de 1998 y octubre de 2012, fechas que corresponden a la primera y última victoria en elecciones presidenciales de Chávez, en tres periodos.

El primero de ellos (1998-2002) arranca en medio de una intensa crisis social heredada tras el colapso que la década de los noventa trajo al status quo que desde el Pacto de Punto Fijo, suscrito en 1958 por los dos partidos tradicionales AD y COPEI , había regido los destinos de Venezuela. Es el momento en el que proyecto bolivariano da sus primeros pasos en medio de una coyuntura económica en la que los precios del petróleo sufren oscilaciones y caídas para finalmente y tras la fuerte recensión de 1999 experimentar un alza que abriría la senda del crecimiento. En estos inicios, la política económica del chavismo es una mezcla de medidas ortodoxas combinadas con otras de carácter más popular.

Políticamente el acontecimiento más relevante del periodo es la aprobación de una nueva constitución en el referendum celebrado en diciembre de 1999. La nueva carta magna certificaba el fin de una etapa y sentaba las bases del nuevo diseño del país que para visualizar esta voluntad de romper con el pasado cambiaba su nombre por el de República Bolivariana de Venezuela. La respuesta de los sectores conservadores no se hizo esperar y en abril de 2002, el empresario Pedro Carmona encabeza un golpe de estado que desaloja del poder al presidente constitucional durante cuarenta y ocho horas para finalmente fracasar. El efecto colateral de esta intentona golpista paradójicamente fue el de reforzar la autoridad de Chávez y despejar el camino para la consolidación de su proyecto de cambio.

Se abre así el segundo periodo (2003-2008) que comienza en 2003, año en el que como consecuencia de la inestabilidad política motivada por el golpe de estado sumado a una alta confictividad social especialmente debida al paro petrolero, se produce una caída del PIB. La reacción gubernamental frente al pulso lanzado desde la estratégica empresa Petroleos de Venezuela (PDVSA) se saldó con la nacionalización de la misma. A partir de ese momento el control gubernamental de este poderoso recurso puso a disposición del ejecutivo el instrumento sobre el que se basaría la capacidad de maniobra para sostener las políticas públicas. Con unos precios del petróleo en ascenso y un presidente reforzado con su victoria en el Referendum revocatorio, celebrado en agosto de 2004, la estabilidad política y los altos precios del crudo se combinaron para recuperar la senda del crecimiento para el resto del periodo. El estado aumentó su capacidad recaudatoria lo que posibilitó la puesta en marcha de una política económica de signo expansivo. Se ampliaron las regulaciones estatales sobre la economía y se impulsaron cambios estructurales económicos y sociales. Así, se ha generado una nueva estructura impositiva de carácter más progresivo aunque la presión fiscal está por debajo de la media latinoamericana. Entre 2004 y 2008 se redujo sustancialmente el desempleo, creciendo el empleo tanto en el sector público como en el privado, siendo mayor la tasa de crecimiento en el primero. Para este mismo periodo los salarios de los trabajadores del sector público crecieron un 197% y los de los trabajadores del sector privado un 86% con una inflación del 95%. El nivel de vida de los sectores populares mejoró como lo pone de manifiesto la reducción en las cifras de pobreza y la puesta en marcha de un ambicioso programa de políticas sociales en educación, sanidad y alimentación: las misiones.

La crisis financiera que comienza en 2008 en los USA y pronto se traslada a Europa marca el comienzo del último periodo (2008-2012). La consecuencia inmediata fue una fuerte caída de los precios del petróleo y consiguientemente una desaceleración de la economía. Durante los años 2009 y 2010 el crecimiento arrojó cifras negativas y la inflación se disparó hasta los niveles más altos de la región. Pero tras este impacto inicial se logró sortear el contagio de la crisis y los últimos dos años del periodo se cerraron con crecimiento del PIB y con una mejora de los indicadores sociales: tasa de empleo, índice de desarrollo humano o indicadores de pobreza. El gran motor de la economía durante este periodo ha sido la política pública de construcción de viviendas populares. Durante el año 2012 la inflación se redujo aunque continúa siendo el país latinoamericano con la inflación más elevada.

En términos políticos, el proyecto bolivariano ha mostrado su voluntad de crear una democracia participativa de nuevo tipo. En la práctica, la democracia venezolana durante estos catorce años se ha constituído como un modelo mixto con mecanismos propios de la democracia representativa junto con otros de democracia directa. Se han celebrado 13 eventos electorales entre elecciones en los distintos niveles del sistema político (presidenciales, regionales y locales) y referenda. Los consejos comunales se han erigido como un novedoso mecanismo que ha permitido la descentralización de la toma de decisiones y la participación de los sectores populares. Esta ha sido sin duda una de las características más sobresalientes de estos años: el empoderamiento de las grandes mayorías.

En el imaginario social venezolano es clara la sensación de que durante esta casi década y media, los que antes habían sido ignorados ahora son los protagonistas. Y esto explica buena parte de la polarización de la sociedad venezolana entre quienes viven este cambio con satisfacción y quienes sienten que los nuevos detentadores del poder amenazan su identidad, largamente construída en el derecho exclusivo a monopolizar el poder y la visibilidad en la arena pública. Y todo este proceso se ha producido bajo la figura omnipresente de Chávez. Con un estilo histriónico y desmesurado, su hiperliderazgo consiguió dotar de organicidad y unidad a una coalición de fuerzas que siempre tuvo más claro lo que no quería que la definición en positivo del proyecto a realizar.

En un proceso cuyo guión se fue construyendo a golpe de coyuntura, su figura se convertía en el galvanizador que lograba la superación de las contradicciones. Por eso el legado de Chávez deja certezas e interrogantes. La certidumbre de que las grandes mayorías hoy viven mejor que en 1998. Los fríos datos estadísticos así como la cálida y vehemente expresión de la opinión de los sectores populares así lo atestiguan. También nos deja una Venezuela que continúa siendo tan dependiente de la renta petrolera como históricamente lo ha sido. No se ha avanzado en estos años en lograr una mayor diversificación de las bases que sustentan el modelo de desarrollo. Ha sido precisamente el ingreso petrolero el que ha permitido en buena medida la financiacion del proyecto bolivariano tanto al interior de las fronteras como en su proyección como potencia regional. Iniciativas como el ALBA han convertido en estos años a Venezuela en un actor con un peso en América Latina como nunca antes había tenido.

Entre los interrogantes que en el futuro habrá que responder están los siguientes: ¿Es el modelo bolivariano una suerte de capitalismo de estado con políticas redistributivas? ¿Es un proyecto nacionalista? ¿Es un proyecto socialista de nuevo tipo?. Tras la desaparición del fundador del proyecto serán sus sucesores los que tengan que abrir el debate para caracterizar un proceso tan novedoso como difícil de catalogar.

**Fernando Harto de Vera, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid