Venezuela, una encrucijada

La Unión Europea y Estados Unidos le piden al gobierno respetar los derechos humanos.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante la instalación del diálogo de paz en Miraflores. Ayer volvió a invitar a los sectores que no acudieron. / AFP

A pesar de que las protestas (que se presentaron en el 5% del territorio venezolano: 14 de los 335 municipios) están bajando su intensidad, del diálogo de paz que instaló el presidente Nicolás Maduro (con ausencia de la Mesa de Unidad Democrática, que representa a la oposición) y de los carnavales (que irán hasta el próximo martes), no se puede ocultar el sol con un dedo. Venezuela está atravesando por una delicada situación. Las protestas estudiantiles y los actos de violencia de las últimas tres semanas, que dejaron 14 muertos, más de 140 heridos y 13 investigaciones en curso por violación de derechos fundamentales, evidencian la polarización del país. El chavismo sin Chávez profundizó el abismo entre las dos Venezuelas —la mitad apoya a Maduro y el resto quiere que se vaya— e hizo imposible la reconciliación nacional.

El presidente Maduro ha intentado defender el legado del chavismo. Le sobra audacia, pero le faltan liderazgo y carisma. La revolución bolivariana ha perdido su aliento y los enfrentamientos diarios entre chavistas y no chavistas hacen trascender a la región y al mundo el grado de inestabilidad de Venezuela. Además, el país está armado, como si durante toda la existencia del socialismo bolivariano se hubieran preparado para el enfrentamiento.

La Venezuela de Chávez fue un desafío para la región y principalmente para Estados Unidos. Miles de esfuerzos regionales y extrarregionales, de conductas aparentemente diplomáticas y una guerra mediática incesante, intentaron desaparecerla, sin éxito. Se levantó una y otra vez más fortalecida, soberana, solidaria y autónoma, y también más autoritaria. Los venezolanos cayeron en la trampa y Venezuela se está derrumbando desde adentro.

Ya no se necesita intervención militar, la experiencia en otras partes del mundo ha sido política y financieramente muy costosa, sobre todo en época de crisis. Lo que se ve ahora es que ninguno de los protagonistas, gobierno y oposición, ha luchado por Venezuela como un Estado. Cada uno defiende a capa y espada sus propios intereses. Los no chavistas luchan por recuperar la hegemonía perdida; los chavistas se empeñan en no perder los derechos conquistados por el pueblo. La campaña mediática persistente, la fragilidad del discurso del gobierno, el extremismo de ambos lados y la financiación externa indican la dimensión de la crisis.

La Venezuela de Chávez distribuyó riqueza, bajó los índices de pobreza, diversificó las relaciones internacionales del país, recuperó su soberanía petrolera, contribuyó al regreso de Cuba a la comunidad latinoamericana, se solidarizó con el Caribe, fortaleció la integración latinoamericana, puso en evidencia el anacronismo de la OEA, demostró autonomía, pero no pudo vencer la corrupción, el autoritarismo, la inseguridad; tampoco la actuación de sus opositores en el mercado negro, el desabastecimiento, la fuga de capitales y la migración de potentados empresarios venezolanos. Además, se reiteró la ausencia de políticas públicas a largo plazo y el país, aun con el socialismo bolivariano, no ha logrado superar la economía rentista que siempre lo caracterizó.

Se ve a un Maduro solitario, a un chavismo que se fragmenta y a una oposición más dividida que nunca. Desde el ajustado resultado de las últimas elecciones presidenciales, no era posible desconocer el liderazgo de Henrique Capriles y lo difícil que sería mantener el chavismo sin el presidente Chávez. Tan pronto se concretó la derrota de la oposición, se inició una cruzada mediática en contra del chavismo. Con todo, la entrega de Leopoldo López provocará un reposicionamiento de la oposición, que podría abrir la puerta a la “intervención” extrarregional debido a la sutil actuación de la diplomacia latinoamericana, la cual se ha portado como una espectadora más en pro de la conciliación nacional. Los potenciales líderes regionales no han aparecido. Vale recordar que en año electoral, valen más los votos que toma de posiciones frente a situaciones complejas como la de Venezuela. Una oportunidad histórica perdida para América Latina. El mapa político regional de las últimas décadas, en donde han surgido varios gobiernos de izquierda, se enfrenta a una contraofensiva de una derecha mucho más pragmática y mucho más organizada. Venezuela, la punta del iceberg, está debilitada. Pero el efecto dominó podrá ser más fuerte de lo que se imagina.

Mujica, mediador

El presidente uruguayo, José Mujica, estaría dispuesto a mediar en el conflicto de Venezuela y a hacer todo lo que esté a su alcance para lograr la paz si ambas partes se lo piden, informó el semanario ‘Búsqueda’, citando al mandatario. “Para evitar que se profundice un conflicto de esa naturaleza, yo voy a cualquier lado si es necesario”, dijo Mujica. Subrayó, no obstante, que su intención es “no entrometerse” en el asunto si no lo llaman. Un grupo de la oposición le había pedido a Mujica mediar, por el respeto internacional del que goza.

 

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