Venezuela: ¿y ahora qué?

En Venezuela se cierra un ciclo. La desaparición de la controvertida figura del presidente Hugo Chávez, amado por unos, odiado por otros, así lo marca. Luego de catorce años de una exaltación épica signada por visos autoritarios, notas pintorescas y crispación, el país se rehúsa a desperezarse de su embeleso homérico. Pero lo hará.

El presidente encargado, Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, lloraron la partida de su líder.
El presidente encargado, Nicolás Maduro, y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, lloraron la partida de su líder.AFP

El equilibrio de las cargas

Si bien todo indica que la sucesión chavista ganará las elecciones tras capitalizar el sentimiento popular desbordándolo con el recuerdo de los bombásticos funerales y alargando el hiperbólico réquiem de un líder histórico cuyo principal mérito fue devolver la voz a las mayorías execradas por una élite negada a todo horizonte colectivo, la dirigencia oficialista no contará más con la bomba de neutrones que significaba la presencia del “comandante presidente”. Su fuerza telúrica, su inobjetable carisma, que arrobaba a tirios y troyanos, ya no estará ahí para restañar los efectos de una pavorosa crisis de gestión.

De buenas a primeras, el PSUV inicia el ciclo con confortables ventajas: hereda la chequera petrolera, el control del aparato del Estado (la Asamblea Nacional se convirtió en una estafeta del Ejecutivo, el Poder Judicial en su notaría), una fuerza armada politizada, una nada despreciable mayoría a su favor (Chávez ganó con el 55,07% de los votos, Capriles obtuvo el 44,31%), y los emblemas de una flamante religión laica que intentarán explotar ad infinitum.

El problema —coinciden soterradamente en los propios recovecos chavistas— radica en el nuevo liderazgo. La fe mueve montañas, pero es intransferible: lo que a la fecha han mostrado las dos nuevas caras del poder, un Nicolás Maduro, vicepresidente, líder de la facción civil ideologizada, sucesor ungido en los paneles secretos de La Habana, y un Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea y jefe de la facción militar, no se comparan con la marcha trepidante del extinto presidente, a quien buena parte del país de los pobres rubricara fervorosamente un cheque en blanco. El saldo —vaticinan— será el desmedro en la calidad del discurso, de la pegada, del delivery, dicen los expertos; de la eficacia de un mensaje y un empaque que fueron siempre claves a la hora de anunciar, aplicar o justificar políticas, ante un colectivo acostumbrado a la supremacía retórica del patriarca.

El diablo vestido de rojo

En el nuevo escenario caben las siguientes preguntas: ¿podrá solapar la nueva dupla psuvista los efectos de una política económica que ha mermado el aparato productivo nacional, condenando al país a depender de las importaciones? De acuerdo a las cifras divulgadas el año pasado por el Instituto Nacional de Estadística (INE), en mayo de 2002 en Venezuela había 611.803 empresas, y en mayo de 2012 quedaban 394.599, para una mortalidad en diez años del 35,5%. Los economistas coinciden en que el elemento que genera mayor presión sobre el alza de los precios junto a la expansión de la liquidez monetaria es la caída de la producción nacional.

¿Podrá sustentarse por más tiempo —sin la instigadora personalidad del presidente fallecido— un modelo que para no hacer aguas deberá realizar traumáticos ajustes a los que no está acostumbrado un colectivo habituado al programa clientelar, la transferencia del sector público y los subsidios?

Porque la crisis está cantada. Y parece haber llegado la hora de las decisiones difíciles. El momento apócrifo de los ajustes. El revés sin paternidad. El economista Ángel Alayón, editor del portal Prodavinci.com, sostuvo que “el Gobierno incrementó el gasto público en 2012 a niveles sin precedentes en la historia económica venezolana. El tamaño del Gobierno superó la mitad del valor de todos los bienes y servicios de la economía (PIB)”. Significa que el Estado gastó más de lo que entró y el año 2013 arrancó con un déficit de 16 puntos del PIB. Estamos hablando de un faltante de US$50.000 millones. Para paliarlo, y tras negarlo una y otra vez, el Gobierno devaluó el bolívar en 31,7% el pasado 8 de febrero. El bolívar “fuerte”, al que en 2008 le habían arrebatado tres ceros para conservar la cara, sufría un nuevo castigo. “La devaluación —afirma el también economista Asdrúbal Oliveros en el mismo portal— viene precedida de un año electoral en el que el gobierno venezolano gastó el equivalente a US$141.300 millones, y se importaron casi US$58.000 millones”.

Consumada la devaluación, se espera ahora el segundo ingrediente de la receta. La implementación del ajuste fiscal: incremento del IVA, impuesto al débito bancario y (el tema tabú) el incremento del precio de la gasolina, el cual no se ajusta desde 1996. Y del ingrediente número tres: el recorte del gasto público. Algo dolorosísimo, si se toma en cuenta que, junto a sus características de líder religioso, los cuadros de popularidad del presidente Chávez han ido de la mano, como en un vals, con los del gasto público. Y el cuarto: el endeudamiento. Sobre esta materia hay incertidumbre. China es su principal banco. Se rumorea que a cambio de más empréstitos, el país asiático estaría exigiendo un paquete muy similar al del Fondo Monetario Internacional. El Gobierno lo desmiente. Lo que sí es un hecho es que la “Revolución” encontró el país con una deuda externa de alrededor de US$20.000 millones. Hoy sobrepasa los US$100.000 millones. Y la bestia —el gasto— sigue demandando fondos.

En el pueblo llano, aparte del problema de la inseguridad, los secuestros y homicidios (21.600 homicidios se registraron en Venezuela en 2012, para una tasa de 73 muertes por cada 100.000 habitantes), la inflación y la escasez de productos de primera necesidad se han convertido en un martirio. El Banco Central de Venezuela ubicó el índice de escasez en 20,4% en enero —el nivel “normal” es de 5%—, habiendo alcanzado el país el nivel más alto desde el año 2008.

En 2010 se reportó una tasa de inflación de 27,2%. En 2011 cerró en 27,6% y 2012, año electoral, los capitostes del Gobierno cuidaron obstinadamente que la cifra no se disparara para no perder votos, y sin embargo cerró en 19,9%, tres veces por encima de la tasa promedio de América Latina, que fue de 6,5%, según cifras de la Cepal.

En este escenario, una crisis parece haber estado incoándose.

Y vuelve la terca pregunta: ¿podrá el equipo sucesor suplir el vilo constante y la crispación de un enfrentamiento tras otro, robustecido con el formidable aparato de propaganda a que nos tenía acostumbrado el presidente Chávez, que hacía a una sociedad completa volver los ojos de los hechos a su gesta redentora? ¿Empleará los mismos métodos que, al decir de muchos, sólo a él le funcionaban, o viene un nuevo marco, un nuevo pacto social?

Profundizar, estabilizar o revertir

Para analistas como Luis García Mora, tras la ausencia del presidente Chávez, a sus legatarios no les quedan más que tres opciones: profundizar, estabilizar o revertir. Profundizar sería ponerse una venda en los ojos. Dar por exitoso un modelo que no parece sustentable en el tiempo y extremarlo a troche y moche, por encima de una crisis que podría estallarles en las manos. A veces, el lenguaje empleado, la agresividad demostrada parecieran apuntar a esta vía. Revertir sería absurdo. Significaría desmantelar políticas y programas bandera, y eso resulta inverosímil. Estabilizar sería lo más sensato. Representaría evaluar lo positivo e iniciar por fin un proceso de acercamiento al resto de la sociedad. A la mitad del país que los adversa y ante la que han vivido de espaldas. Una iniciativa de este corte encarnaría el reconocimiento expreso de que los venezolanos se necesitan todos, sin exclusiones. Esta, a todas luces, constituiría la opción más lúcida. Ahora todo parece fácil. La victoria, la continuidad, como quitarle el dulce a un niño. Sólo hay que hacer acopio de la marea de sentimientos de un pueblo por su líder. ¿Pero y mañana? Pronto, cuando recrudezcan los desequilibrios, habrán de reconocer que sin aquél sus acólitos carecen de la influencia necesaria para imponer el proyecto en el largo plazo. Hoy la emotividad ronda picos históricos. La aflicción por la muerte de Hugo Chávez adquiere visos insospechados. Pero es sabido que el tiempo sosiega. Cura. Y con él llueven las arenas del olvido. Aclaradas las aguas, el péndulo demanda racionalidad.

Óscar Marcano* Escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Internacional Jorge Luis Borges en Argentina (1999). Autor de novelas y libros de cuentos editados por los sellos Seix Barral y Alfaguara.

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