La verdad bajo la tierra

Esta es la historia de uno de los más cruentos genocidios de América Latina en el Siglo XX, ocurrido en Guatemala y rescatado del olvido por el fotoperiodista Miquel Dewever-Plana.

Más de 200 mil víctimas, la mayoría de ellos indígenas, dejó el conflicto armado guatemalteco entre 1960 y 1996. Algunos relatos, con fotos, están plasmados en el libro “La verdad bajo la tierra”. / Miquel Dewever-Plana

Ese día se emborracharon todos. Compraron alcohol por bidones y bebieron hasta el amanecer. Diego Tol Calel lo recuerda así: “Nos pusimos toditos a chupar día y noche, hombres y mujeres. Sólo bolos nos manteníamos, nadie aguantaba el dolor, sólo llorando pasábamos los días”. El miércoles 25 de agosto de 1982, el ejército llegó al pueblo de Panimache (Guatemala) buscando guerrilleros. Los hombres no estaban. Se habían ido a trabajar las plantaciones de maíz. Sólo hallaron mujeres y niños. Treinta y siete mujeres y niños. Los mataron a todos. Cuando Diego Tol Calel regresó a la aldea, encontró a su esposa colgando de un árbol, con un lazo alrededor del cuello. Su hijo pequeño, que había sido amacheteado, seguía aferrado a la espalda de su madre. Los dos sin vida.

Cuando era niño pasaba la temporada estival en Catalunya, la tierra de su madre. Así fue como Miquel Dewever-Plana aprendió a masticar el catalán. Aunque lo pone en duda, se expresa bastante bien en español. Tiene formas de decir que la gente nacida y criada en este pedazo del mundo no suele usar. Dewever-Plana nació y creció en París pero a veces dice: vos, en lugar de tú, o dice: sos, en lugar de eres. Siendo un joven estudiante de bioquímica, empezó a tener dudas sobre su futuro. Decidió tomarse un año sabático. Aquella era una buena excusa para satisfacer un sueño pretérito: conocer América Latina. Desde muy pequeño sintió fascinación por los pueblos nativos latinoamericanos. Después de su primer viaje –1986– Dewever-Plana regresó a Guatemala en 1991. “Se supone que iba a estar un año y estuve cinco. Durante el verano me iba a trabajar en un hotel restaurante de Nueva York y, con el dinero que ganaba en cuatro meses, regresaba a América Latina”.

En la Ciudad de Guatemala, Dewever-Plana conoció a Xuwin, una mujer maya-popti' que vivía en la capital con su esposo y que, por eso, tuvo mejor suerte que su familia. Hacía años que no sabía nada de ellos. A pesar de la incertidumbre, se aferraba a la posibilidad de que estuvieran refugiados en México. “Si quieres vamos a México y buscamos a tu familia”, le propuso el joven extranjero. Para él era una aventura, algo que no estaba escrito en las guías turísticas, algo totalmente diferente. Como Xuwin no tenía recursos para viajar a México, Dewever-Plana resolvió ayudarla. “Nosotros vemos el estado del mundo, en media hora, viendo las noticias en la tele. Luego nos olvidamos. De repente, estábamos en Chiapas (México), y yo estaba metido en una realidad que me permitía ver cómo era la vida de los refugiados”.

No era una vida placentera. Xuwin logró reencontrarse con su familia. Habían escapado de las masacres ejecutadas por el ejército guatemalteco a principios de los años ochenta. Fueron ellos –la familia Montejo Camposeco– los que le contaron a Dewever-Plana lo que ocurría en Guatemala. “Sentí vergüenza de mí mismo. Lo único que yo sabía es que había un conflicto. Había notado que la gente tenía miedo pero la represión de la capital no era comparable a la de las comunidades.” Le pregunto cuál es el motivo de su vergüenza. Dewever-Plana se queda pensativo durante un instante brevísimo. “Sentí vergüenza por querer viajar a un lugar del que no conocía nada, ni siquiera su historia. Yo sólo quería conocer sus bellezas naturales; iba con una visión muy turística, sin tomarme el tiempo de interesarme a fondo en este país.”

El conflicto armado, provocado por la inestabilidad política, llevó al exilio a comunidades mayas que vivían en las zonas próximas a la frontera que separa México y Guatemala. Conforme iban pasando los días, decenas de refugiados se acercaban a Dewever-Plana para

contarle su testimonio y para hacerle la misma encomienda que le hizo doña Catarina. Una encomienda que cambió drásticamente, y para siempre, el rumbo de su vida: “Cuando regreses a tu país, por favor, llévate mis palabras y cuéntalo.”

El día que Jacobo Árbenz tomó posesión de la presidencia de Guatemala –15 de marzo 1951– un sector de la alta sociedad guatemalteca empezó a temer lo peor. En su discurso, Árbenz expresó sus intenciones: "Nuestro gobierno se propone iniciar el camino del desarrollo económico de Guatemala, tendiendo hacia los tres objetivos fundamentales siguientes: convertir nuestro país, de una nación dependiente y de economía semicolonial en un país económicamente independiente; convertir a Guatemala, de un país atrasado y de economía predominantemente feudal en un país moderno y capitalista; y hacer que esta transformación se lleve a cabo en forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo". Las aspiraciones de Árbenz representaban un duro golpe para la estructura de poder tradicional. Los terratenientes guatemaltecos y los inversionistas extranjeros no formaban parte de las grandes masas. Con la implementación de la ley de La Reforma Agraria, promulgada el 18 de junio de 1952, Árbenz modificó el sistema de posesión de tierras en Guatemala y se convirtió en la diana del poder oligárquico. La ley impulsaba la expropiación de las tierras improductivas que estaban en manos de empresas internacionales y poderosos terratenientes y las repartía entre los campesinos. La mayoría de las familias beneficiadas por esta reforma pertenecían a la etnia maya. A cambio de las tierras expropiadas, los afectados recibían bonos del Estado, pero los representantes del poder económico –especialmente la multinacional United Fruit Company (UFCO)– no estaban dispuestos a sacrificar sus privilegios en favor de las comunidades empobrecidas. La multinacional frutera fue una de las empresas más perjudicadas por la reforma. También hubo reacciones contrarias a los objetivos planteados por el gobierno: algunos terrenos fueron intervenidos con violencia por colectivos campesinos que malinterpretaron la ley. El gobierno de Árbenz fue acusado de comunista y derrocado –27 de junio de 1954– por un grupo de militares encabezado por el teniente coronel Castillo Armas. Detrás del éxito de los golpistas había una estrategia: la operación PBFORTUNE, un plan elaborado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que contó con el apoyo de la multinacional estadounidense UFCO y con el beneplácito de la cúpula conservadora de la iglesia católica.

A la destitución de Árbenz le sucedieron diferentes dictaduras civiles y militares, y el posterior levantamiento de grupos guerrilleros que fueron eliminados por las fuerzas del estado. A finales de los años setenta, nuevos grupos armados penetraron en las zonas rurales, habitadas en su gran mayoría por comunidades mayas. Y se hizo el terror. Con el pretexto de contener la rebelión, las dictaduras implementaron una crueldad desenfrenada. Más de doscientos mil muertos: campesinos, indígenas, periodistas, estudiantes, intelectuales, políticos, líderes sindicalistas y religiosos. Miles de desplazados, de viudas, de huérfanos y de desaparecidos.

La conmemoración del día de los difuntos tiene un significado especial para el pueblo maya. Ese día las familias visitan el cementerio y disponen todo para honrar el regreso de las ánimas: las casas se pintan y se limpian a fondo, se preparan las candelas, los manteles bordados para vestir los altares, las flores de colores, la comida, el licor. El 2 de noviembre de 1995, un helicóptero aterrizó en Todos Santos, territorio maya-mam de los Cuchumatanes. Dewever-Plana estaba ahí y, como todos, sintió curiosidad por los visitantes. Uno de ellos era el ministro

de la iglesia pentecostal de la palabra: José Efraín Ríos Montt. General retirado, jefe de estado de Guatemala entre marzo de 1982 y agosto de 1983. Su dictadura es recordada por muchos como una de las más sanguinarias de aquellos años de terror. Ríos Montt, juzgado por un tribunal de su país por los delitos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, no fue a orar por el alma de los difuntos ni a predicar la palabra de Dios. Fue en compañía de Alfonso Portillo, entonces candidato a la presidencia. Fue a pronunciar un discurso político. “Un discurso populista y moralista”, afirma Dewever-Plana, que no quiso desaprovechar la ocasión: “Levanté la mano y le dije: perdón, señor Ríos Montt. ¿Usted nos podría decir, explicarnos, la razón de su visita? ¿Por qué escogió un dos de noviembre para venir a hacer su discurso político en esta comunidad, que ha sido muy golpeada por la represión militar y que hoy está rezando a sus muertos? (se lo dije en doble sentido: sus, muertos). Entonces él bajó de la tarima, me rodeó con uno de sus brazos (como si me abrazara) y sonriendo, me dijo al oído: Vos eres un comunista asqueroso, como todos los periodistas que vienen aquí. Y como todos los periodistas, estás aquí para desprestigiar a mi país. Mire, –le dije– de parte suya, lo de comunista asqueroso lo estoy tomando como un cumplido. Creo que usted desprestigió mucho más a su país que nosotros. Entonces volvió a rodearme con su brazo, volvió a sonreír, y me dijo: No tengas pena. Te hemos filmado, hemos tomado fotos. Sabemos quién eres. Cuídate mucho en el camino. Y se fue en su carro, y después se subió a su helicóptero.”

Dewever-Plana dice que se tomó su conversación con Ríos Montt a la ligera. Pero para los Cuchumatanes no se trató de un hecho sin importancia. Se lo dijeron sin paños tibios: “Estás loco”. Ocultaron al fotógrafo durante dos días. Luego reflexionó: “¿Qué estoy haciendo? Estoy cayendo en la misma trampa, la misma trampa en la que ha caído el pueblo guatemalteco.” Y salió de su escondite.

Los muertos no hablan, pero sus huesos sí.

Rosalina Tuyuc –líder maya-kaqchikel– demanda respuestas: “¿Dónde están los desaparecidos, dónde los dejaron, dónde los tiraron, dónde los enterraron, y por qué los sacaron de sus hogares, por qué los arrebataron de su hogar, dónde quedaron los papás, las mamás, los hijos, los abuelos y los conocidos?” Debajo de los campos de fútbol, de vertederos de basura, de pozos y de edificios públicos. Debajo de iglesias y también en los barrancos. Los familiares de las víctimas y los antropólogos forenses removieron la tierra. Buscaron por todas partes. A veces no encontraban nada, a veces sí. La líder maya-kaqchikel, que perdió a su padre y a su marido en el conflicto, lo revive con amargura: “Sus cuerpos fueron torturados cruelmente, amarrados de pies y manos con alambre de púa, de amarre o lazos, sus ojos y su boca vendados, o decapitados (…) Estas imágenes muestran la forma en que aparecieron nuestros seres queridos, algunos completamente desnudos, otros con su ropa y otros sin ningún objeto para identificarlos.” Rosalina Tuyuc se refiere a las imágenes que tomó Dewever-Plana mientras acompañaba a los familiares y a los antropólogos forenses en el proceso de exhumación, realizado en los cementerios clandestinos.

“Los mayas hicieron de mí un fotógrafo. Lo curioso es que yo quería estudiar bioquímica porque cuando era niño vi un reportaje de un fotógrafo norteamericano. Era un fotógrafo de la agencia Mágnum que hizo un reportaje sobre un doctor francés que obtuvo el Premio Nobel porque construyó un hospital en un país africano. En el reportaje, el doctor salía siempre con

su bata blanca. Yo también quería usar una bata blanca. Porque yo también quería salvar el mundo. En ese momento no me daba cuenta de lo potente que puede ser un trabajo fotográfico. Me di cuenta después.”

Después de su estancia en México y Guatemala, Dewever-Plana regresó a París con las ideas diáfanas: se olvidó para siempre de la bioquímica, y empezó a estudiar fotoperiodismo. Al finalizar los estudios regresó a Guatemala y concentró todos sus esfuerzos, y todo su tiempo, en cumplir su promesa de contar lo que vio y lo que escuchó. Pero consideró que esto no era suficiente. Debía hacer algo más con esta historia que ahora formaba parte de su vida: “Tengo la sensación de que esta historia es mía también. Ha sido muy duro psicológicamente porque hay un momento en que no puedes mantener una distancia entre ellos y tú. Cuando te cuentan sus testimonios y se ponen a llorar, tú también te pones a llorar. Yo no puedo trabajar de otra manera.” El pueblo maya-guatemalteco sentía la necesidad de contar su propia historia. ¿Pero cómo contar algo en un país donde la mayor parte de su población es analfabeta, donde hay más de veintiún idiomas maya? ¿Cómo unir todo eso, cuando ni siquiera hay traductores profesionales de estos idiomas? Para garantizar la fidelidad del contenido, Dewever-Plana necesitaba que cada testimonio fuera traducido por dos o tres personas. Necesitaba preguntar a la gente si estaba conforme con el resultado. Necesitaba emplear un lenguaje con el que cada uno pudiera entender e interpretar lo ocurrido, empleando sus propios recursos, su cultura y sus vivencias. Necesitaba un lenguaje universal: la fotografía. Dewever-Plana creó un álbum fotográfico, que también recoge los testimonios de miembros de comunidades que fueron golpeadas por el conflicto: La verdad bajo la tierra. Guatemala, el genocidio silenciado (Blume, 2006).

Dos comisiones de la verdad dan cuenta de lo ocurrido en sus informes: “Guatemala: Nunca Más”, presentado por la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, el 24 de abril de 1998, y “Guatemala: Memoria del Silencio”, de la Comisión de Esclarecimiento histórico (CEH); a cargo de las Naciones Unidas, que en su informe presentado el 25 de febrero de 1999 denunció que hubo cerca de 250,000 víctimas, 430 aldeas completamente arrasadas, 667 masacres (el 93% ejecutadas por agentes del estado) y cerca de un millón y medio de desplazados. El informe señala al ejército guatemalteco como principal responsable de los actos de genocidio perpetrados durante más de tres décadas de guerra.

El tiempo es circular. Así lo dispone la cosmovisión maya. Para los mayas no existe una línea real o imaginaria que separe el pasado del presente. Si contribuir con el rescate de la memoria es una manera de salvar el mundo, Dewever-Plana encontró su camino en la fotografía. También encontró indignación: “¿Por qué la mayoría de los medios de comunicación silenciaron durante tanto tiempo el peor genocidio del siglo XX en América? ¿Será porque los mayas no tienen ni el poder político ni el poder económico para llamar la atención del mundo? ¿O porque la lucha maya no correspondía al discurso de las revoluciones latinoamericanas de aquellos momentos, apoyados por la izquierda occidental? Las autoridades siempre negaron los hechos. Dijeron que era culpa de ellos, y ellos lo creyeron. Los papás o los abuelos nunca hablaron de lo que habían vivido. No sabían cómo contarlo. No entendían por qué les había pasado algo tan terrible. Les hicieron creer que algo habían hecho para merecer lo que les había ocurrido. Esa es una de las razones por las que quise hacer este libro, para que los jóvenes conozcan esta historia reciente; porque no lo han vivido, no lo han sufrido, pero están

padeciendo las secuelas de este genocidio. Hay toda una generación que está psicológicamente enferma. Y lo peor es que no saben por qué. Este libro es para ellos. Para los protagonistas y para las asociaciones y las personas que me ayudaron.” Con el apoyo del Centro de Análisis Forense y Ciencias Aplicadas de Guatemala (CAFCA), Editorial Blume, Casa América Catalunya, la Fundación Photographic Social Visión y otras entidades, Dewever-Plana dedicó un año de su vida a distribuir –gratuitamente– 5,000 ejemplares de este libro testimonial por las comunidades mayas. “Para mí era un deber hacer esto. Es parte de mi trabajo como fotoperiodista. Publicar un trabajo en una revista es secundario. Es lo que me permite sobrevivir económicamente, pero tenemos la memoria muy corta. Leemos un artículo y nos olvidamos muy rápido.”

Está escrito en la página 17 del libro. En el último párrafo, Dewever-Plana reserva unas palabras para los que eligieron callar: “Se acaba el silencio, se desentierra la verdad y se reivindica la dignidad de cada una de las víctimas, pero queda otro silencio aún peor: el de los criminales. Todos saben quiénes son los verdugos y ellos también tienen rostros, nombres y apellidos: son los de Romeo y Benedicto Lucas García, Ríos Montt, Mejía Víctores y también los de policías, comisionados militares, patrulleros, diputados, finqueros, empresarios, jueces, abogados, muchos de los cuales continúan manejando el poder político y económico , y los “pequeños”, los sin grado que se aprovecharon de la situación por miedo o por ambición, muchos de los cuales siguen viviendo en sus comunidades amenazando a los sobrevivientes”.

Según la tradición maya, todas las cosas tienen su misterio y su ajaw (su tiempo). La tierra que los mayas honran, la que respetan y cuidan; la tierra que nutre la milpa que los alimenta; la tierra que acoge a sus antepasados, a sus seres más queridos, abrió sus entrañas. La tierra gritó y alumbró su verdad de dolor y muerte. Pero el tiempo de los que esperan que por fin se cierren los ojos de los enterrados no llega todavía. Pues como sentenció el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias: “Los ojos de los enterrados se cerrarán juntos el día de la justicia, o no los cerrarán.”

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*Los testimonios de Diego Tol Calel y de Rosalina Tuyuc, incluidos en este artículo, forman parte de las historias recogidas en el libro ‘La verdad bajo la tierra. Guatemala, el genocidio silenciado’.

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