Viaje sin final

Cientos de inmigrantes que lograron salir con vida de una travesía por el Mediterráneo esperan bajo un puente de París la oportunidad de continuar hacia Inglaterra.

Cerca de cien carpas están instaladas bajo un puente en París, llenas de inmigrantes africanos que lograron sobrevivir al Mediterráneo. / Ricardo Abdahllah

Esa parte de las vías elevadas del metro une las estaciones de Barbès-Rochechuart y La Chapelle. Barbès está en el límite del barrio argelino y varias comunidades de las antiguas colonias francesas en África. En las calles al sur de la estación de La Chapelle vive la comunidad tamul; en las calle hacia el norte hay turcos y kurdos. Los que viven bajo ese paso elevado son los nuevos. En su mayoría vienen de países sin tradición de inmigración en Francia, principalmente Sudán, Eritrea y Etiopía.

“Había algunos ucranianos, pero hace rato no los vemos. En las carpas del final hay unos tunecinos”, dice Abdelramén. A diferencia de la mayoría de los habitantes del campamento se defiende en francés. Algunos hablan inglés. El árabe es la lengua franca.

Las primeras familias en instalarse en el espacio bajo las vías del metro elevado y sobre las de los trenes que van hacia el norte estaban compuestas por rumanos y albaneses, que se quedaban por un par de meses antes del acostumbrado desalojo policial.

Antes había máximo diez carpas. Hoy superan las cien. No hay mujeres ni niños. “Lo que pasa es que el viaje es demasiado peligroso. Hay mujeres a las que, en lugar de embarcarlas, las violan y las dejan en la playa”, explica Abdelramén. En las carpas duermen en grupos de tres o cuatro. Casi todas las carpas son del mismo modelo, marca Quechua. Las donaron algunas asociaciones. Otras pasan a repartir comida o ropa. Ninguno de los más de trescientos inmigrantes lleva la ropa sucia o desgastada. Hay también particulares que traen cajas de frutas o costales con pan.

Como el ruido del metro que pasa por arriba y los trenes que pasan por abajo no deja dormir a nadie en la noche, el día comienza despacio. Conforme pasan las horas, algunos se instalan en los andenes cercanos o van a jugar ping-pong en el parque vecino. Algunos pasan la tarde fumando o jugando cartas o llegan a conseguir una cerveza. Les ha costado mucho cruzar el Mediterráneo, pero muchos tienen la ilusión de llegar a otro país. Seguir en un viaje que no saben cuándo termina.

Primero estaba el mar

“Mi nombre es Abdelramén, tengo 23 años. Nací en Sudán, en un pueblo sobre la carretera que va de Maraoui y Atbara. Siempre ha habido pobreza, pero mis padres dicen que antes había que comer. Ahora todo el mundo quiere irse y el que de verdad toma la decisión se va. Yo trabajaba como ayudante en un taller, no tenía ahorros, pero pude pedir prestado. Hay familias que venden todo para que un hijo pueda irse y más o menos un año después logre enviar algo de plata. Mi familia no vendió todo porque teníamos varios animales. Yo sé que no están pasando más hambre que antes. He podido llamarlos dos veces con tarjetas que me dio una señora. Pagué en total 2.000 euros.

De ciudades como Dongola salen camiones todas las noches. También puedes ir por Al Fashir, pero hay rutas que entran a Malí y allá es más peligroso. Hay gente que viaja días enteros escondida en tanques; nosotros lo hicimos en camiones. Es muy difícil esconder la plata, y uno sabe que si el tipo que está haciendo el viaje te pide el dinero, no hay opción. Cambiamos tres veces de camión. Siempre de día.

No sé cuál fue la ruta exacta. Hubo un momento en el que tuvimos que quedarnos en un pueblo casi una semana porque el camión siguiente no llegaba. Eso fue cerca de Aljawf, en Libia. Yo no me había dado cuenta de que ya habíamos pasado la frontera. Ahí no podíamos salir, se escuchaban tiros por la noche. A partir de ese pueblo rodamos un día entero y no cambiamos más de carro. Las últimas cuatro horas íbamos cerca del mar. Al final nos tocó esperar toda la noche. Se veían las luces de una ciudad. Algunos decían que era la ciudad libia de Misrata, pero nunca nos dijeron. Allí les avisaron por radio que venía un barco a recogernos”.

Un titanic cada tres meses

“Me llamo Alí. Vengo de Túnez. Tengo esposa y tres hijos. Allá trabajaba haciendo rejas para puertas y ventanas. Vivía cerca de Sfax. Me embarqué en Madhia, que es muy cerca de Lampedusa. Yo pagué en Madhia, en la playa directamente, unos mil euros. Al principio nos dieron agua suficiente, pero el calor y el olor a gasolina son muy duros. Con el movimiento todo el mundo vomita. Los primeros intentan hacerlo en un rincón. Luego da igual. A veces se escuchaban otros barcos de motor pasar muy cerca. Como al cuarto día nos dijeron que estábamos perdidos por un daño en la máquina y que ahí había que esperar otro barco. Dos días después llegamos a tierra. Nos dijeron ‘salten’... La playa parecía inalcanzable, pero las aguas no eran muy profundas, entonces se podía casi caminar. Nos dispersamos todos muy rápido. Llegué a un pueblo, Licata (Sicilia), en el que di con un tunecino en la calle. No supe de los otros. Quizás los detuvieron”.

Alí llegó a Italia hace tres años. Abdelramén desembarcó hace ocho meses cerca de Catania, unos cien kilómetros al noroccidente de Licata. Los reportes que circulan desde el año pasado indican que los “traficantes” que transportan inmigrantes no toman riesgos y en lugar de viajes de 30 o 60 “pasajeros” en embarcaciones pequeñas que pueden acercarse a la playa, recurren a pesqueros cargados con centenares de personas que dejan a la deriva en espera de que las autoridades los salven. Desde el año 2000 cerca de 22.000 personas se han ahogado tratando de atravesar el Mediterráneo. En lo que va de 2015 van casi 1.700.

El viaje continúa

Como medida para evitar una emergencia sanitaria, el ayuntamiento de París ha instalado baños químicos bajo las vías del puente. Una vez por semana se realizan operaciones policiales en las que se levantan todas las carpas, se realiza aseo y se entrega a cada “nuevo” una “orden de abandonar el territorio francés”. Por supuesto, ninguno de ellos cumple con el requerimiento.

La legislación europea exige que el asilo sea pedido en el país de entrada de la persona interesada, pero sólo quienes son detenidos de inmediato lo hacen en Italia y las autoridades de ese país prefieren “dejar seguir” a buena parte para evitar la carga administrativa que representa tramitar tal cantidad de solicitudes.

Para intentar obtener el asilo político al llegar a París, los inmigrantes deben llenar un expediente y esperar alrededor de tres semanas para tener una primera cita. Eso toma casi dos años. El 70% de las solicitudes son rechazadas. Si bien los tunecinos y marroquíes prefieren buscar un trabajo en Francia, la mayoría de los sudaneses, etíopes y eritreos prefieren irse a Inglaterra u otro país. Sin embargo, ni las condiciones meteorológicas ni la vigilancia policial hacen posible cruzar en lancha el canal de La Mancha. La solución es “acampar” en los alrededores de la ciudad y negociar con un nuevo traficante.

“Yo sí voy a intentar pasar por Calais. Pero no ahora. Están pidiendo mucha plata”, dice Abdelramén. “Y pedir a la familia da pena, porque, antes, ellos tienen la esperanza en uno”.

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