Víctimas del antihumor

Los cinco dibujantes franceses del semanario ‘Charlie Hebdo’ engrosan la lista de caricaturistas y humoristas políticos cuya obra acabó manchada de sangre en los últimos años.

Charb, Tignous, Cabú, Honoré y Wolinski perdieron la vida el miércoles en el atentado perpetrado en París contra el satírico semanario Charlie Hebdo por publicar caricaturas del profeta Mahoma, consideradas blasfemas por tres extremistas islámicos armados con fusiles. El caso de estos dibujantes se sumó a los de otros humoristas y caricaturistas muertos o amenazados por ejercer su profesión.

Francia tiene una tradición importante de cara al dibujo como elemento crítico y contestatario. Durante la Revolución francesa, los dibujos que se mofaban de la monarquía eran tan comunes como los que se burlaban de los mismos revolucionarios. “Los grabados o litografías actúan inmediatamente en la imaginación de las personas, como un libro que se lee con la velocidad de la luz; si hiere la modestia o decencia pública, el daño es rápido e irremediable”, decía François Régis de la Bourdonnaye, ministro del Interior francés en la década de los 20 del siglo XIX. Durante esos mismos años se promulgó una ley que prohibió dibujar al rey o burlarse de él.

Charles Philipon (1800-1861), dibujante francés, fue condenado por hacer un dibujo en el que el rey se convertía en una pera, y Honoré Daumier (1808-1879) fue encarcelado por hacer un dibujo del rey devorando la comida de los pobres para entregarles más riquezas a los ricos.

Ha habido otros dibujantes amenazados en la historia. El estadounidense Robert Crumb (1943) tocaba temas sensibles como el racismo, el feminismo y la religión, burlándose de los judíos. Se convirtió en una figura icónica pero perseguida en su país.

El caricaturista danés Kurt Westergaard, de 79 años, autor de una famosa caricatura de Mahoma con un turbante-bomba publicada en el semanario Jyllands-Posten en 2005, sufrió un atentado hace cuatro años. Un somalí residente en Dinamarca y vinculado a grupos yihadistas, condenado posteriormente a diez años de prisión, entró con un hacha y un cuchillo a la casa del dibujante en Viby, la noche del 1º de enero de 2010. El dibujante alcanzó a refugiarse en su baño y llamar a la policía.

Aunque su muerte se achacó a un acto de delincuencia común, el 12 de marzo de 2010, el caricaturista brasileño Glauco Villas Boas, de 53 años, y su hijo Raoni, de 25, fueron asesinados a tiros. Ambos murieron al intentar evitar el asalto de su residencia en el municipio de Osasco. En 1984, Glauco había comenzado a publicar sus dibujos en el diario Folha de São Paulo, el de mayor circulación nacional. Su libro Política Zero, con 64 caricaturas de crítica política al gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, fue publicado en 2006.

También el dibujante argelino Alí Dilem ha sido víctima de amenazas por su trabajo. Los asesinatos de periodistas o humoristas fueron moneda corriente en la Argelia de la Guerra Civil (2000-2008), y aunque Dilem sigue con vida, un edicto religioso ordena su muerte y ha sido condenado también por ofensas al jefe de Estado, Abdelaziz Buteflika.

En 2012, el dibujante argentino Gustavo Sala publicó un cómic por el que le llovieron calumnias, amenazas y censuras en Argentina. El año pasado la revista española El Jueves sufrió un incómodo proceso de censura por una portada. Jesús Cossio, el dibujante peruano que trabajó en dos novelas gráficas dedicadas a los crímenes políticos en el Perú de los años 80 del siglo pasado, también recibió amenazas. Y un caso emblemático es el de H.G. Oesterheld, uno de los grandes del cómic argentino, guionista de El eternauta, quien murió en 1978 por cuenta de la dictadura argentina. Antes de entrar a la lista de desaparecidos fue militante de Montoneros. Sus cómics y escritos influenciaron los movimientos de izquierda de su país.

En nuestro contexto ha habido amenazas hacia caricaturistas como Ricardo Rendón (quien trabajó para los periódicos La República, El Espectador y El Tiempo a principios del siglo XX) y Vladdo. Finalmente, aún hoy Colombia recuerda con dolor el asesinato de Jaime Garzón, ocurrido el 13 de agosto de 1999. El humorista, que se burlaba sin reparos de los políticos del país a través de sus personajes, también procuraba la liberación de personas secuestradas por los grupos armados.

* Con la colaboración de Daniel Jiménez-Revista Larva-Festival Entreviñetas

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