La vida al otro lado del muro

Como los cerca de 25 mil habitantes de Ramala, Cisjordania, Shaher Hammad es un joven cuyas aspiraciones se han visto bloqueadas por la ocupación del ejército israelí.

“El muro no es una pared. Es el límite que le han puesto a nuestras aspiraciones, es la manera en que han hecho de nuestras vidas algo pequeño, insignificante, miserable y oculto. Nuestro máximo sueño no es la caída de un muro. Nuestro máximo sueño es volver a soñar”, dice Shaher Hammad, uno entre los miles de palestinos que viven tras las grises paredes levantadas por el gobierno israelí desde 2002. Para Shaher, como para muchos de los jóvenes palestinos, su vida tras las paredes es algo indeseable, sus días los entiende como “días en el infierno”.

Esos días empezaron el 29 de septiembre de 2000, cuando estalló la segunda Intifada palestina. Shaher tenía 16 años y vivía —aún vive— en el campo de refugiados de Al Jazalon, en Ramala, Cisjordania. Poco entendía del conflicto, pero al salir de clase iba con sus amigos a tirar piedras al ejército israelí, uno de los más poderosos del mundo.

“Vi morir decenas de palestinos cada día. Mujeres, niños, ancianos. A veces las balas pasaban junto a mí. En mi casa llorábamos viendo las noticias por la noche. Sentíamos miedo. Con el paso de los días ya eran demasiados los muertos y mi padre me prohibió salir a la calle. Decía que los soldados israelíes habían enloquecido. Yo lo confirmaba al verlos matar gente”.

Shaher sólo salía de su casa para ir a estudiar. Se destacaba en el Al Jazalon Boys School con las mejores notas, lo motivaba su sueño de ser ingeniero. “Y no era sólo mi sueño, era el sueño de mi familia… imaginaban que yo pagaría la universidad de mis hermanos, que estudiaría en el exterior, que llegaría muy lejos”.

Pero las consecuencias de la Intifada le pondrían un bloqueo a ese sueño. Los enfrentamientos duraron más de lo que Shaher, su familia y los cerca de 25 mil palestinos que viven en Ramala esperaban. El ejército israelí comenzó a bloquear los caminos alrededor de Al Jazalon por razones de seguridad, por lo tanto los refugiados ya no podían ir a sus trabajos. El dinero comenzó a escasear. La comida también. Debido al bloqueo de vías, Shaher tenía que caminar más de cinco kilómetros para llegar a su colegio. Su madre lo despedía con un beso, un abrazo, una lágrima: sabía que podían matarlo a la vuelta de la esquina.

Antes de la Intifada, Tayseer, el padre de Shaher, transportaba productos en un camión. Con el bloqueo de caminos se vio impedido para seguir trabajando. Vendió el vehículo en 2003 para suplir los gastos de su familia, pero los ahorros duraron poco. Tenía que mantener a su esposa y a sus ocho hijos. A finales del mismo año Shaher se graduó del colegio, todavía con el sueño de ser ingeniero y las mejores calificaciones. Pero la situación era evidente: no hubo dinero para su universidad.

Contra la voluntad de su padre, Shaher consiguió trabajo como mesero en un restaurante de Jericó, una ciudad ubicada a 50 km de Ramala. “Empecé a trabajar 14 horas diarias, convencido de que sería provisional, de que pronto se acabaría la ocupación, mi padre se recuperaría y yo podría ir a estudiar”.

Así llegó el final de la Intifada en 2005. Para entonces, dice Shaher, se culminó la construcción de un moderno asentamiento judío, Beit Eil, a 200 metros de Al Jazalon, el campo de refugiados donde vive. Este lugar fue en sus inicios un improvisado campo de tiendas de campaña a donde llegaron los palestinos —entre ellos Mohammed, el abuelo de Shaher— que huyeron de sus tierras durante la primera guerra con Israel en 1948. Ahora el campo ha devenido en un sucio, estrecho y laberíntico barrio, donde cientos de familias viven hacinadas. Shaher vive con su familia en una vivienda de menos de 50 metros cuadrados y sin baño.

La Intifada terminó, pero no los “días en el infierno”. El padre de Shaher no volvió a conseguir un empleo digno y Shaher siguió trabajando en el restaurante, esperando que todo volviera a la normalidad. En esas llegó el 10 de junio de 2007, día que jamás olvidará: “Estaba parado junto a mi mejor amigo, Mahran, viendo desde las afueras de Al Jazalon los enfrentamientos comunes entre tropas israelíes, que disparaban y tiraban granadas, y manifestantes palestinos, que tiraban piedras. De repente mi amigo suspiró y cayó al piso. Qué pasó, le pregunté. Pero no respondió, estaba muerto. Le habían disparado”.

Shaher enterró a su amigo, y con él sus esperanzas. “Ahora tengo 28 años y sigo siendo mesero. No ayudé a mi hermana a ir a la universidad, ni a mi padre a salir adelante. Comprendo una cosa: hasta ahora no he vivido como quería, sino como el ejército israelí lo determinó”.

Sin embargo, en los últimos días, cuenta Shaher, la esperanza ha vuelto a los ojos de los palestinos, que confían en que en la ONU sean reconocidos como Estado. “Hemos hecho manifestaciones, algunas pacíficas y otras violentas. Me he unido, he gritado la palabra libertad con suficiente fuerza como para que cruce el muro y llegue hasta Nueva York, hasta Colombia, hasta el mundo entero. Pero la esperanza de libertad ya no está en mí, la he depositado en mi hermano de diez años. Me pregunto si morirá como mi amigo, si vivirá encerrado como yo, o si tendrá la libertad de soñar y cumplir sus sueños”.

Temas relacionados
últimas noticias