La vida después del 'gracias por haber servido a su país'

Este es el destino de los soldados que regresan a EE. UU. después de las guerras de Irak y Afganistán. Historias de alegrías y tristezas.

La primera ronda de morteros cayó cuando el sol se levantaba en Faluya, Irak.

No tengo el recuerdo de cuando detonó el camión bomba suicida. Las luces se apagaron. El polvo y el humo llenaron el aire. Escuché a los hombres toser, el aire estaba denso por el polvo. Después empezó el ardor. Sentí como si me hubieran metido un encendedor en la boca, las llamas quemándome la garganta y los pulmones.

Los insurgentes habían puesto cloro en la bomba del camión para lanzar un ataque químico. Salí del edificio mientras las armas de fuego atronaban los aires y caí detrás de una barrera de tierra. A gatas, empecé a aspirar cloro y a escupir saliva.

Miré hacia abajo y me vi una oscura mancha roja en la camisa y más sangre en los pantalones. No sentía dolor, pero sabía que la adrenalina a veces oculta el dolor de la herida. Después me di cuenta de que no era mi sangre. Llevaba la sangre de mi amigo. Yo estaba bien, pero a mi alrededor los demás estaban mucho más heridos que yo, ese día, el 28 de marzo de 2007.

Desde los ataques en Nueva York y Washington del 11 de septiembre de 2001, más de dos millones de estadounidenses han sido desplegados en Irak y Afganistán. Han estado acompañados por tropas de 47 naciones aliadas.

Ahora, con la retirada de las fuerzas armadas de Estados Unidos de Irak y la reducción de la presencia militar en Afganistán, miles de soldados están regresando a casa desde lugares de todo el mundo. Como veteranos, muchos se enfrentarán a otra lucha en un frente muy diferente: la batalla por reintegrarse a la vida civil. Algunos de ellos, como mis amigos heridos en Faluya, llevarán la carga adicional de recuperarse de heridas graves.

En los cuatro años y medio desde que regresé de Irak, he aprendido muchas cosas a través de La Misión Continúa, la organización que fundé para trabajar con veteranos como yo, especialmente con los heridos y discapacitados. Hay una cosa que destaca muy claramente: los veteranos pueden sobrevivir a la pérdida de la vista o a la del oído. Pueden sobrevivir a la pérdida de las extremidades. Éstas no son las lesiones más graves. La herida más grave se produce cuando pierden el propósito en la vida.

El 11 de septiembre de 2001 yo estaba en el entrenamiento del equipo de mar, aire y tierra de la Armada, conocido como SEAL. Cuando mi grupo terminó un recorrido a nado de tres kilómetros en el océano, cerca de San Diego, California, mis compañeros y yo empezamos a quitarnos los trajes de rana y a ponernos botas y uniformes de camuflaje. Empezó a correr el rumor en el grupo: un avión se había estrellado en una de las Torres Gemelas. No, fueron dos aviones. Uno de los edificios se derrumbó. Los dos edificios se derrumbaron. Murieron miles de personas.

Quince minutos después, nos sentamos a desayunar pensando que éramos miembros de unas fuerzas armadas en tiempos de paz. Cuando nos levantamos de la mesa, sabíamos que nuestra generación iba a ir a la guerra.

Íbamos a desplegarnos en Afganistán e Irak, pero también en puestos menos conocidos: el Cuerno de África y el sureste de Asia. Suele decirse que la campaña contra el terrorismo es global y, en mi experiencia, ciertamente así ha sido. Yo he servido con iraquíes, afganos, kenianos, tailandeses, filipinos y singapurenses. Mis compañeros han servido al lado de soldados polacos, franceses, holandeses y alemanes.

Cuando estos hombres y mujeres regresan a casa, la gente que simpatiza con ellos les dice: “Gracias por su servicio y su sacrificio”. Los veteranos lo aprecian. Empero, esas gracias es por lo que han hecho. El desafío para esta generación de veteranos —tanto en Estados Unidos como en otros países— es determinar lo que van a hacer.

En Estados Unidos, más de dos millones de hombres y mujeres han regresado de Irak y Afganistán. Es un número sorprendentemente pequeño pero a la vez intimidantemente grande. Pequeño, ya que si consideramos que el país ha estado en guerra desde hace diez años, ese número revela que menos del 1% de la población ha llevado la carga del combate. Y grande porque esos dos millones de hombres y mujeres representan algo que Estados Unidos no había visto desde la guerra de Vietnam: el regreso de una generación de veteranos.

Más de 40.000 estadounidenses han sido heridos por el enemigo en combate. Y ellos llevan consigo el recuerdo de los más de 6.000 hombres que han dado su vida. Los cálculos basados en estudios de la Administración de Veteranos y de RAND Corporation indican que hasta 600.000 soldados podrían sufrir de “heridas invisibles” causadas por el trastorno de la tensión postraumática o la depresión. Hoy en día, aproximadamente 10.000 veteranos de la campaña para combatir el terrorismo se encuentran sin hogar. El índice de suicidios en esta nueva generación de veteranos parece estar entre los más altos de cualquier generación de veteranos en la historia de Estados Unidos.

Estos son motivos de preocupación. Pero también son razones de esperanza. Muchos consideran que los hombres y mujeres que regresan del combate sin trastornos psicológicos tienen más probabilidades de votar, de hacer trabajo voluntario y de conseguir empleo que sus iguales no veteranos. A través de todo el espectro político, y en comunidades de todo el país, los veteranos dan un paso al frente para asumir el papel de dirigentes cívicos. Otro indicio de esperanza procede del pueblo estadounidense: sin importar su opinión sobre la guerra, puede decirse que los estadounidenses apoyan más a los veteranos que en cualquier otra época de la historia de Estados Unidos.

A muchos de los hombres y mujeres con los que serví les está yendo extraordinariamente bien como civiles. Son más fuertes por haber servido. Son valientes y empáticos, además de poseer un gran sentido del humor, al igual que mucha gente que ha vivido cerca de la tragedia.

Al mismo tiempo, miles de veteranos que se levantaron para defendernos, ahora apenas pueden levantarse de la cama. Pasan el día entero, este día, sin salir de su casa, entretenidos con juegos de video, automedicándose o bebiendo.

Con la reciente decisión del presidente Barack Obama de iniciar la reducción de tropas en Afganistán, esta generación de guerreros pronto será veterana de la guerra de ayer. Empero, estos hombres y mujeres estarán con nosotros 60 o 70 años más. Nuestra disposición como nación de participar en futuras campañas militares dependerá en parte de cómo reintegremos a esta generación de veteranos.

La solución para ellos, y para nosotros también, es considerarlos valiosos a largo plazo, para nuestro país y para nuestra comunidad. Hay que hacer algo más que darles las gracias. Hay que decirles también que los seguimos necesitando.

En Estados Unidos hay grupos de veteranos que han tomado la delantera. La Misión Continúa ya ha comprometido a miles de veteranos en obras al servicio de su comunidad. Han dirigido proyectos para reconstruir escuelas, hospitales y parques de juego. Los veteranos ahora son entrenadores deportivos, profesores de biología, constructores de casas, enfermeras y asesores. Al servir de nuevo, han encontrado otra vez su propósito, transformando su vida e inspirando a sus vecinos.

Hay que comprometer a esta generación de veteranos para que, dentro de veinte años, primero se les pregunte: “¿Dónde serviste?”. Y después: “¿Cuál fue tu servicio posmilitar, al regresar a casa?”. Si los acogemos y los hacemos parte de nuestra comunidad, habrán hecho más que protegernos estos últimos diez años: nos habrán hecho más fuertes para los próximos diez años y los que sigan.

Eric Greitens

Pertenece al cuerpo SEAL de la armada de Estados Unidos, es fundador y director general de La Misión Continúa, y autor de "The Heart and The Fist: The Education of a Humanitarian, the Making of a Navy SEAL". Antes de entrar en las fuerzas armadas. Trabajó de voluntario e investigador con organizaciones asistenciales internacionales en Albania, Bolivia, Bosnia, Camboya, India, México y Ruanda. Cuando estaba en pleno entrenamiento SEAl, el 11 de septiembre de 2001, sus compañeros y él se dieron cuenta de que iban a servir a un país en guerra.

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