Las vidas perdidas en Afganistán e Irak

Tal vez nunca se sepa el número total de víctimas civiles en Afganistán e Irak, las dos áreas con más disturbios y violencia persistente posteriores al 9/11. Estos son ocho casos conocidos.

Durante los últimos 10 años he viajado y vivido en Afganistán, Irak y muchas tierras donde “la guerra contra el terrorismo” se ha convertido en una parte mortal de la vida cotidiana. Quería compartir la vida real de las personas a las que queremos llevar la “democracia”, intentando entender lo que eso significa para ellas.

Viajo sola, vestida como las mujeres locales, sin guardaespaldas ni guardias, porque quiero experimentar la vida como los demás. Quiero mantener un perfil bajo para informar más allá de lo que dicen las noticias y dar voz a los que no la tienen.

Me han acogido familias de pueblos polvorosos de Afganistán, de campos de refugiados de la frontera paquistaní y de áreas remotas de la provincia iraquí particularmente hostiles con los extranjeros. Debo haber conocido a más de mil personas en los años que llevo viajando, desde imanes fuertemente antioccidentales y productores de opio hasta maestros de inglés. Casi todos tienen alguna pérdida que cargarán siempre.

Es imposible saber con precisión cuántos civiles han sido asesinados en Irak y Afganistán durante los últimos 10 años. El conteo es irregular. La mayoría de las muertes no ocurren como resultado del combate, sino como consecuencia de ataques insurgentes o causas indirectas. Un informe reciente del Instituto Watson de la Universidad Brown presenta un cálculo “conservador” de 137.000 muertes de civiles relacionadas con la violencia en Afganistán, Irak y Paquistán durante la última década. Los autores señalan que es probable que la cifra real sea marcadamente mayor.

Cuando me pidieron que hiciera un perfil de los iraquíes y afganos asesinados, me enfrenté a una tarea monumental: casi todas las personas que conocí en esos países tenían relaciones cercanas con alguien que había muerto. El principal reto era escoger entre las muchas historias angustiosas.

A continuación presento algunos casos, narrados por amigos y familiares, gente cuya vida cambiaría para siempre, aunque a veces indirectamente, por los acontecimientos ocurridos en la lejana tierra de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.

Anne Nivat
Periodista y escritora. Cubrió la guerra chechena para ‘Liberation’ y su base fue Moscú hasta 2005. Su libro, “Chienne de Guerre: A Woman Reporter Behind the Lines of the War in Chechnya”, ganó el Premio Albert Londres en 2000. Nivat ha escrito para ‘The New York Times’, ‘The Washington Post’, ‘The International Herald Tribune’ y numerosas publicaciones de Europa y Norteamérica. Vive en París y viaja frecuentemente. El 11 de septiembre de 2001 estaba de camino a Nueva York. Su avión fue desviado a Halifax, Nueva Escocia. Tres días después aterrizó en el aeropuerto JFK.

Sarem Mahdi Saleh
Sarem Mahdi Saleh, de 46 años, soñaba con un Bagdad pacífico. Anhelaba una ciudad donde la disponibilidad de electricidad fuera continua, de día y de noche, para ver televisión en la parte de atrás de su negocio de artículos para el hogar. Le fascinaban los programas de noticias, pero sentía especial adoración por los partidos de fútbol, pasión que compartía con su hijo mayor, Saif, de 16 años. Ambos hinchas del Barcelona, un equipo muy popular en Irak.Sarem había sido taxista más de 20 años, pero optó por hacerse cargo de la tienda luego de que cayera el régimen de Saddam Hussein y se dejaran de usar los taxis estatales. Aun así, seguía ofreciendo el servicio como ingreso adicional.Asseel Assy, una doctora de urgencias que ahora tiene 29 años y que lleva dos exiliada en Francia, contrató a Sarem como chofer privado en 2005. “Nunca dejaba de hablar de fútbol”, dijo Assy.El puesto callejero de Sarem, situado en Al-Qahira, un vecindario de gente trabajadora, abría desde muy temprano hasta muy tarde. Vendía un poco de todo, pero especialmente mobiliario para el hogar. Al salir de la escuela Saif ayudaba a su padre a atender la tienda.El 8 de junio de 2006, Sarem y Saif explotaron en pedazos por una bomba colocada en la calle. La tienda se destruyó por completo. Una joven novia que compraba muebles para su nueva casa también explotó. Iman Yousef, la viuda de Sarem, jubilada del Ministerio de Comercio, lucha por sobrevivir con otros cuatro hijos.

Pary Abdul Bary
Pary Abdul Bary era una esposa modelo. Como casi todas las mujeres de las remotas villas pashtún del sur de Afganistán, raras veces abandonaba los altos muros de tierra apelmazada que rodeaban la humilde casa de su familia, ni siquiera vestida con burqa.En la villa de Siya Choy, su lugar de nacimiento y residencia, prevalecen valores extremadamente conservadores, parecidos a los del talibán. Pary, de 39 años y madre de cinco niños y dos niñas, casi siempre dejaba que su marido hiciera las compras en el bazar. Lo esperaba en casa pacientemente. Su única pasión eran los niños, quienes le daban inmenso placer viéndolos jugar y crecer.Aunque era analfabeta, muy internamente Pary deseaba un futuro donde todos sus hijos pudieran educarse, incluso sus dos hijas.”Si mis hijos están educados, todas las puertas se les abrirán, aun en nuestra capital, en Kabul”, le dijo una vez a su esposo, Abdul Nafia. “¡Me encantaría que empezaran una vida ahí e irlos a visitar!”, acotó.Por el momento los niños no podían ir a la escuela, ni siquiera si hubieran podido enviarlos, porque no se estaban construyendo escuelas exclusivas para niñas ni había maestros dispuestos a educarlas en una región donde el talibán seguía negándose a tolerar las escuelas para mujeres.Después, cuando la guerra terminara y la región (conocida como bastión del talibán) volviera a la calma, Pary tenía toda la intención de enviar a la escuela a sus hijos. Ahora era mejor estar en lo seguro y mantenerlos en casa. “Cuando se vayan las tropas extranjeras, tal vez finalmente nos dejen en paz”, decía una y otra vez Abdul Nafie, un agricultor. Aun entonces, empero, añadía: “Pera no es algo seguro”.Los primeros días de diciembre de 2010 —el hermano del esposo de Pary ya no recuerda la fecha exacta— los soldados estadounidenses patrullaban la villa cuando empezó un tiroteo con guerrilleros talibanes. Veinte minutos después la sombra de un avión aliado oscureció el cielo. El avión lanzó sus bombas. Pary y sus dos hijos más chicos murieron instantáneamente cuando la casa les cayó encima.

Amira Hatem
Casi todos conocían a Amira Hatem como “Um Haithem —que en árabe significa “mamá de Haithem”—. Siempre estaba procurando el bienestar de los empleados de la oficina en Bagdad de la cadena de televisión satelital Al-Arabiya, particularmente el de sus estómagos. Era como la mamá de todos.Um Haithem, de 51 años, estaba a cargo de la cafetería y limpieza de las oficinas, además trabajaba desde la mañana hasta la tarde en el canal de 24 horas de noticias, considerado prooccidental y principal competidor de Al-Jazeera. Un vecino del empobrecido y violento barrio de Ciudad Sadr era camarógrafo del canal y fue él quien le consiguió el trabajo.Madre de cinco hijos propios, Um Haithem había trabajado 10 años para mantenerlos, desde que a su esposo le diagnosticaron el cáncer que le impidió conservar un empleo. Conmovido por el suplicio que el destino le había reservado a esta familia, el camarógrafo había suplicado por ella ante la gerencia de la estación.La mañana del 26 de julio de 2010, Um Haithem llegó muy temprano a la oficina para preparar un buen desayuno para los empleados. Nunca pudo terminarlo. Una bomba detonada por un suicida la hizo pedazos, llevándose también a tres guardias.“El principal propósito de Um Haithem era ganar un salario mínimo para mantener a los suyos”, recuerda Hamoudi Saffar, experiodista de la cadena que desde entonces emigró a Suecia. “Todos los meses nos pedía un adelanto para comprar comida para sus hijos y medicinas para su esposo. No nos podíamos negar”, señala.Um Haithem había sobrevivido a un atentado previo contra Al-Arabiya en octubre de 2004, cuando cinco personas murieron. Actualmente su familia lucha por sobrevivir.

Kamel Shia Abdullah
“Nuestra vida no necesariamente debe ser segura, pero siempre debe satisfacer nuestro deseo de existir”. Eso solía decir Kamel Shia Abdullah. Al igual que muchos otros iraquíes, escapó de su país en 1979. Regresó más de 25 años después, luego de la caída del régimen de Saddam Hussein, aun cuando desaprobaba los planes de Estados Unidos para Irak. Formado como profesor de inglés, siempre educado y sonriente, Kamel se había adaptado a la vida en el exilio en Leuwen, Bélgica, donde enseñaba árabe.Pese a los largos años que pasó fuera de su país, Kamel seguía siendo devoto de una obsesión: volver a Irak para contribuir a la renovación de la sociedad iraquí. Quería llevar un poco de razón al discurso público. Desoyó a sus muchos amigos y familiares que le desaconsejaron regresar. En 2003, Kamel aceptó gustosamente un cargo como consejero en el Ministerio de Cultura.Moldeado por su pasión por la filosofía, el teatro, la pintura y el cine, Kamel consideraba que los libros eran un tesoro invaluable. De vuelta en Bagdad otra vez, le encantaba pasar horas interminables en el laberinto de la Calle Mutannabi, recorriendo puestos callejeros de venta de libros. El 23 de agosto de 2008 volvía de una de esas salidas antes de reunirse con su madre para almorzar. Al subirse a su auto recibió un tiro mortal en la cabeza. Tenía 54 años.Simpatizante del Partido Comunista, Kamel indudablemente había molestado a algunos porque era un abierto militante secular en un país donde la religión había empezado a ocupar un espacio cada vez más importante en la sociedad y la vida política.

Hayatullah Salarzai
Hayatullah Salarzai simplemente amaba las ciencias políticas. Leía todos los periódicos que encontraba y, en un país rebosante de vida política, este afgano de 25 años tenía mucho para pensar. “Mi hermano detestaba a los caciques de guerra que nos gobiernan; estaba a favor de un gobierno democrático que ofreciera oportunidades para todos”, recordó Ahmadullah Archiwal, uno de sus hermanos mayores.El 18 de mayo de 2005, Hayatullah y tres amigos viajaban de Kabul a Kandahar con el cuerpo de Khair Muhammad Miakhel, otro amigo asesinado esa misma mañana. Estaban dentro de una ambulancia marcada con un logo de organización no gubernamental. Un grupo de desconocidos los pararon en el distrito de Zabul, controlado por el talibán, a pocos kilómetros del norte de Kandahar, sobre la autopista Kandahar-Kabul. Los tres fueron ejecutados.Como miles de afganos, la familia de Hayatullah había emigrado a Pakistán en la década de 1980, durante la guerra con el Ejército Rojo soviético. Dado que su padre había muerto en combate, los cinco hermanos y cuatro hermanas estaban solos. Hayatullah, uno de los más chicos, tuvo una carrera académica ejemplar. Fue el primero de su clase en la secundaria, un raro logro para un refugiado. Continuó sus estudios en la Universidad Agrícola de Faisalabad.Tres meses después de la muerte de Hayatullah llegó por correo el informe de calificaciones: fueron excelentes. Su esposa e hijos, de 8 y 5 años, siguen viviendo con su familia.

Khair Muhammad Miakhel
Khair Muhammad Miakhel, un destacado estudiante de 23 años, el segundo de una familia de 10 hijos —tres hombres y siete mujeres—, había reconciliado con éxito las exigencias muchas veces encontradas de la vida como estudiante en Pakistán —país al que emigró su familia afgana en 1984 durante la guerra con los soviéticos— y como imán de la pequeña mezquita de su dormitorio, en la Universidad Agrícola de Faisalabad.Khair Muhammad venía de una familia profundamente religiosa arraigada en la provincial de Paktia, en el este de Afganistán; uno de sus ancestros, Haji Bahadar Baba, fue un santo muy reverenciado cuya tumba sigue marcando las colinas de Kohat, cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán.Khair Muhammad se tomó en serio su respetada posición y honrarla se convirtió en una cuestión de honor. Alentaba a cualquiera que tuviera cerca a defender los deseos del Todopoderoso y a rechazar las "malas actividades" que tanto abundaban en su país, despedazado por años de guerras.En 2003, luego de concluir brillantemente sus estudios en horticultura, financiados con una beca de un programa afiliado al Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas, Khair Muhammad decidió volver a su tierra nativa, que apenas conocía. Pronto encontró trabajo con una organización no gubernamental local y después se unió a Chemonics International, una firma consultora basada en Washington que trabajaba en proyectos humanitarios, como funcionario de monitoreo y evaluación.La mañana del 18 de mayo de 2005, Khair Muhammad visitó una obra acompañado de su chofer, su guardaespaldas y un ingeniero. Cuando regresaba a Kandahar, la ciudad más grande del sur, su auto recibió un baño de balas, matando a todos. El talibán reclamó la autoría del ataque.Khair Muhammad se había casado a los 15 años con una prima materna que le había dado dos hijos: un niño y una niña, que ahora tienen 13 y 9 años, respectivamente."Su muerte me envejeció y el impacto de perderlo me hizo encanecer el cabello", dijo Iqbal Miakhel, uno de sus hermanos menores. Khair Muhammad, afirmó, es su héroe.

Ahmad Javed Barak
Ahmad Javed Barak, de 33 años, no tenía ganas de manejar desde la ciudad de Kandahar, en el sur de Afganistán, hasta una base militar aliada de la provincia de Helmand.Consciente de lo peligroso que era el camino de 322 kilómetros, a través de un área con presencia cada vez más fuerte del talibán, su hermano mayor Ahmed Shah le imploró que no fuera. Sus ruegos no sirvieron de nada. Javed sabía que sus clientes, las tropas estadounidenses, preferían que él y su equipo estuvieran presentes cuando se entregaran los nuevos vehículos de doble tracción que manejaban para ellas. Así, Javed salió a primeras horas de la mañana del 15 de octubre de 2009.Javed había regresado a Afganistán en 2005 después de vivir 12 años en Holanda. En julio empezó a trabajar para las fuerzas aliadas como traductor e intérprete pashtún para las tropas estadounidenses del Campo Aéreo Kandahar, una de las bases militares más grandes de la OTAN en Afganistán.Al regresar de la base en la provincia de Helmand, Javed, apodado “Shrek” por las tropas, porque les recordaba al personaje de la película de dibujos animados, condujo rápido. Encabezaba un convoy de tres vehículos de doble tracción fuertemente armados. Cuando se presentó la emboscada del talibán, con disparos desde ambos lados de la carretera, contestó el fuego y siguió manejando, ileso. Después, abruptamente dio vuelta en U y circuló hacia los atacantes.Su hermano piensa que Javed quería enfrentar al talibán cara a cara. Sus colegas —otros afganos que trabajaban para la compañía de Javed— se tiraron al piso. Javed, pensando que su chaleco antibalas lo hacía invencible, salió de su vehículo. Cayó al piso con un grito ronco, herido mortalmente en el cuello.Luego de la muerte de Javed, respetando la tradición pashtún, su esposa búlgara se casó con el menor de la familia, Ahmad Fawad Barak, para que los dos hijos de Javed, Dorina (de 8 años) y Hamza (de 4 años) pudieran crecer en familia.“Mi hermano volvió para aportar a la reconstrucción de su país”, afirmó Ahmed Shah, “¡y así se lo agradecieron!”.

Víctimas Irak-Afganistán

Pary Abdul Bary, de 39 años y madre de cinco niños y dos niñas, era una esposa ejemplar. No salía de su casa “por seguridad”. En 2010 dos bombas cayeron en su casa. Ella y dos hijos murieron.

Kamel Shia Abdullah vivió 25 años en Leuwen, Bélgica, donde enseñaba árabe. En 2003 volvió a Irak para trabajar en el Ministerio de Cultura. Un día al subirse a su carro recibió un tiro mortal.

Ahmad Javed Barak, de 33 años, había regresado a Afganistán en 2005 después de vivir 12 años en Holanda. Trabajó para los aliados como intérprete. Murió durante un ataque de los talibanes.

Hayatullah Salarzai era un estudiante de Ciencias Políticas. Este afgano de 25 años tenía dos hijos, de 8 y 5 años. Fue ejecutado por los talibanes junto con tres amigos, el 18 de mayo de 2005.

En cifras

50 mil civiles, aproximadamente, han muerto durante la guerra en Afganistán, según la Cruz Roja.

45% de esos civiles cayeron durante ataques de grupos talibanes que todavía actúan en el país.

12% de las bajas civiles afganas han caído por fuego de soldados de la Coalición Internacional.

1 de cada tres afganos vive en la pobreza absoluta y no satisface sus necesidades básicas, según el gobierno afgano.