Vientos de guerra en Ucrania

Estados Unidos y Europa necesitan a los rusos en diferentes escenarios internacionales. ¿Cómo afecta esto el conflicto ucraniano?

Residentes de Donetsk después de un ataque de artillería de las fuerzas ucranianas. / AFP

Si quedaban dudas acerca de la seriedad de las amenazas tanto de Occidente como de Rusia, se han despejado en las últimas semanas por cuenta de la confrontación que ha venido escalando de forma inédita desde el fin de la Guerra Fría, llegando incluso a niveles de insólitas provocaciones.

Desde la década de los 90, Estados Unidos, acompañado por Europa occidental, se ha equivocado al asumir que podía edificar un nuevo mapa político en esa zona sin el concurso de Moscú. Vale recordar que bajo la tutela del gobierno de Bill Clinton, tal vez el más efectivo en cuanto a política exterior de los últimos años en Estados Unidos, se reconfiguró la región de los Balcanes occidentales luego de la violenta desintegración del experimento yugoslavo. Los acuerdos de Dayton de 1995 que marcaron el nuevo orden regional y el nacimiento de Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro y Macedonia dejaban entrever una cadena de humillaciones para el gobierno ruso visible hasta la actualidad. Moscú jamás se acostumbró a que se dispusiera de cualquier tipo de orden regional sin su presencia.

La insignificancia de Rusia se confirmó cuando la OTAN decidió el bombardeo de Serbia en la primavera de 1999, ante el fracaso de la diplomacia para convencer a Slobodan Milosevic de detener la ofensiva en Kosovo. Para confirmar el avance occidental, ese mismo año esa organización aceptó la entrada de tres ex aliados de Moscú, la República Checa, Hungría y Polonia. El desbalance era innegable, pero como para no dejar dudas acerca de la supremacía occidental, Europa decidió apoyar los levantamientos populares en Georgia y Ucrania en 2003 y 2004 respectivamente. Ambos buscaban sacudirse de la influencia rusa.

Washington y Bruselas sabían muy poco del error que estaban cometiendo. No tanto por apoyar procesos democratizadores, porque en eso ha radicado su talante histórico. Es más, aquello fue esencial para liberar a Europa del totalitarismo que había sometido buena parte del continente durante la segunda mitad del siglo XX. El desacierto consiste en haber ignorado la importancia de Rusia como potencia estabilizadora en esa idea de formar una nueva Europa. Cuando Occidente apoyó a Mijail Saakashvili en Georgia importaba poco quien fuera, sólo bastaba con que se sumara a aquellos Estados con vocación pro-europeísta que abandonaban años de cercanía con Rusia. En Ucrania sucedió algo similar con la llamada Revolución Naranja. Europa y Estados Unidos denunciaron el fraude en las elecciones presidenciales en favor de Víctor Yanukovich, y salieron en defensa de Víctor Yúshchenko, simpatizante del modelo europeo y promotor de la entrada de Ucrania a la OTAN.

Empero, los dos procesos rompieron un equilibrio por el efecto del avance feroz de Europa Occidental y el repliegue de Rusia. Este terminó cuando arrogantemente el gobierno Sakaashvili decidió intervenir militarmente en Osetia del Sur, a pesar de un compromiso de paz pactado a comienzos de los 90 y siendo Moscú garante del mismo. Lo que muchos omiten es que desde Rusia se aseguraba que el gobierno georgiano había intentado un genocidio en contra de los osetios. Jamás se vio un intento serio por parte ni de la Unión Europea ni de Naciones Unidas por entablar una investigación por algunos de los crímenes que habrían sido cometidos por el ejército georgiano en contra de ciudadanos de Osetia.

La situación reciente de tensión a propósito de Ucrania vuelve a poner en evidencia una estrategia torpe de Estados Unidos y Europa para reestablecer el orden en la antigua república soviética. Primero, las sanciones contra Rusia son un contrasentido, y reflejan un anacronismo. Washington y sus aliados europeos repiten los esquemas de aislamiento que sólo provocan mayor radicalización por parte de quienes enfrentan las puniciones.

El descrédito de las sanciones económicas se explica porque se golpea a la ciudadanía que en nada tiene que ver con decisiones políticas. A esto habría que sumar el hecho de haber demostrado poquísima efectividad para forjar cambios en regímenes como Birmania, Irak, Irán, y Cuba. Allí las transformaciones (por pálidas que puedan ser juzgadas), han provenido de estímulos internos y exteriores y no por al afán de evitar las sanciones impuestas. Es más, este tipo de medidas fortalecen la unidad nacional y facilitan que los gobiernos identifiquen a la comunidad internacional como la principal enemiga de la nación.

Segundo, se equivocan porque sin pruebas concretas señalan a Moscú como responsable del ataque contra el avión comercial malayo y hoy son presos de esa retórica. Si llegara a conocerse que Rusia no tuvo nada que ver, el escándalo que enfrentarían esos gobiernos alcanzaría dimensiones monumentales. En la medida en que pasa el tiempo y no se revelan las pruebas sobre la responsabilidad del gobierno de Putin, queda en evidencia una confrontación que pudo ser evitada. Aún no se entiende por qué si las tropas de Kiev habían avanzado en territorio rebelde, y se había reconocido que los insurgentes se encontraban replegados, ¿cómo habrían podido impactar el avión comercial malayo los rebeldes prorusos que estaban en franca retirada?

En el mediano plazo, Washington y Bruselas dependen del inestable gobierno de Petro Poroshenko que deberá garantizar la inclusión de la población ruso parlante en el proyecto político ucraniano. De lo contrario, Rusia siempre tendrá una justificación para entrar en ese territorio, sin que la UE o la OTAN puedan hacer algo para detenerla.

¿Por qué Europa y Estados Unidos necesitan a Rusia? Por una razón muy simple: la salida de muchas de las crisis más incidentes de la seguridad internacional depende de Moscú. Sin su participación resulta casi que imposible ver una solución definitiva para la destrucción de armas químicas en Siria. El avance en la negociación con Irán también requiere del apoyo de Rusia. Vale recordar un giro en la diplomacia de ese país. Moscú decidió abandonar su postura de no apoyar el consenso de los miembros de Consejo de Seguridad para sancionar a Teherán, y desde ese entonces se ha mostrado del lado de Occidente. A su vez, Rusia acompaña los Diálogos a Seis Bandas junto con Corea del Sur, Japón, Estados Unidos y China para destrabar las negociaciones con miras a poner punto final al programa nuclear norcoreano.

La incursión reciente de Rusia en Ucrania tiene un objetivo fundamental: reestablecer el equilibrio perdido entre las dos comunidades ante el avance del ejército regular ucraniano. A Moscú le urge que cuando se dé la negociación con miras al establecimiento de un gobierno definitivo que represente a las dos Ucranias, los rebeldes tengan suficiente margen como para que la población ruso parlante no sea sometida por quienes hasta ahora han liderado el proceso político de transición.

Vienen para Europa tiempos de máxima tensión, en una coyuntura marcada por la polarización y por una debilidad inocultable en el proyecto exterior de la UE. Se sabe de antemano que la política de vecindad del bloque no alcanza para incluir a Ucrania como miembro. La OTAN también es consciente de que una confrontación con Rusia tendría un costo económico y político altísimo en momentos en que se necesitan consensos con Moscú para luchar contra el terrorismo global. Por ende, y aunque la retórica de la guerra se imponga, terminará pesando la urgencia de una salida política. Con ello, el proyecto de una Ucrania federal probablemente se termine consolidando.

 

* Profesor U. Rosario

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